
Las inquietudes artísticas del maestro sevillano proyectan desde el siglo XVII un conjunto de ideas tan innovador como sorprendente.
Por Silvina Belén para NLI •
―Piénsalo ―continuó―, utilizando un juego de espejos e introduciendo al espectador
en el cuadro, el espacio finito se hace infinito. (P. J. Fernández, Tela de Juicio)
Las meninas, obra maestra de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, la más recreada por otros maestros de la pintura, una de las más enigmáticas de todos los tiempos, investigada exhaustivamente por expertos desde hace siglos, permanece en la mítica Sala 12 del Museo del Prado como testimonio de supermodernidad precoz e inteligencia artística.
Originalmente titulado La familia o La familia de Felipe IV, el enorme cuadro a escala natural -320,3 cm de alto por 279,1 cm de ancho- que todos llamamos Las meninas, hoy por hoy, guarda pocos misterios referenciales aunque, debe decirse, hasta la fecha de composición[i] aún se cuestiona con razones fundamentadas.
Las certezas, sin embargo, se acaban allí, en lo referencial, en la identidad de los personajes que aparecen en el cuadro, en el detalle de ciertos objetos y en el contexto histórico general. Después, en esencia, la obra conserva su carácter enigmático e invita a la conjetura, atrae irresistiblemente. Y no excluye en el espectador la sensación de trascender la pasividad a través de la fantasía de integrarse al conjunto.

La manera de Velázquez de entender tiempo y espacio, su para la época insólito protagonismo en relación al aparentemente secundario reflejo de los monarcas y, además, la concepción, en pleno siglo XVII, de una obra abierta pero, a la vez, con halo hermético, son algunos de los tantos temas de fascinación que se han esgrimido para abrir interrogantes o propiciar teorías e interpretaciones.
El universo de especulaciones en torno a Las meninas es inabarcable, tanto como las fantasías o la obcecada intención de acotar la obra a la más pedestre de las racionalidades. Cualquier intento de reducción de la diversidad de miradas a inventario es vano.
Por eso centraremos la nuestra, aunque también su amplitud acobarde, en el tema de la virtualidad. Comenzaremos por los espejos, recurso caro a Velázquez, para llegar hasta la ficcionalización erudita que propuso Pedro Jesús Fernández en Tela de Juicio.

Veamos, primero, entonces, un fragmento significativo de un texto clásico de la crítica:


La conocida simbología de los espejos, su tradición mágica y potencial para construir infinito o alumbrar conocimiento, podrían haber llevado a Velázquez a dar una vuelta de tuerca para concebir un espacio virtual perenne, siempre disponible, logrado en Las meninas. De allí, quizá y entre otras razones, la inquietud fulminante que suele generar el cuadro con independencia del raciocinio.
Un espacio, claro está, no cristalizado en un momento sino eternizado en su dinamismo, disponible e “inmersivo”, como esa realidad virtual que varias centurias después nos asombrará como maravilla de híper-modernidad digital, como portento de la tecnología de punta que a la ligera juzgaríamos sin precedentes.
El de Velázquez podría ser, entonces, cómo no, un espacio siempre vivo, tan virtual como sutilmente realista para nuestra sensibilidad profunda. Una intuición temprana, un logro del artista que comprendió y consintió Felipe IV, un soberano nefasto para la administración imperial pero inteligente aliado de la genialidad creativa.
Por un camino de ideas análogas transita la novela de Pedro Jesús Fernández. A partir de las dudas sobre la autenticidad de un retrato que se pretende atribuir a Velázquez, y a caballo de una intriga cuasi policial, Gonzalo, protagonista de Tela de juicio, se adentra en lo profundo del arte del pintor andaluz con erudición de experto pero también con ansias de filosófica comprensión.

Lo azuza la urgencia de saber qué ha sido de su padre, restaurador del Museo del Prado que puso, para fastidio de los intereses de un oscuro funcionario de la institución, en duda la autenticidad del retrato antes de desaparecer sin dejar rastro, e intuye que en la obra de Velázquez hallará las claves para reencontrarse con su progenitor.
La pintura en cuestión, retrato del noble Luis Méndez de Haro, es el punto de partida de una investigación que conducirá a Gonzalo hasta los arcanos de Las meninas. Durante el último año del siglo XX, el protagonista explora lo que supone la realidad virtual pergeñada en el XVII por don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez a través antiguos documentos y, en contraste, de recursos digitales de virtualidad inmersiva.
La novela no es especialmente atractiva en sus aspectos estilísticos y de técnica narrativa, pero el autor consigue por intermedio de sus personajes poner en acto un despliegue de erudición que, sin duda, hará las delicias de los entusiastas de las artes del Barroco peninsular. Y de los muchos amantes de Velázquez.

[i] “Prácticamente todos los historiadores y conservadores de arte fechan «Las meninas» en el año 1656. […] Sin embargo, hay un elemento que distorsiona esta creencia. En el cuadro, Velázquez viste un elegante traje cortesano negro con una cruz roja de Santiago en el pecho. Este símbolo es indicativo del título de Caballero, que el rey Felipe IV otorgó a Velázquez… en 1659.” Beatriz Díez (@bbc_diez)
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