Ricardo Darín  nació en Jaén

De la ocurrencia y la broma a la distorsión: el pasado como molestia que más temprano que tarde podrá modificarse a gusto y conveniencia. | El ojo avizor de Leila Guerriero.

Por Jorgelina Áster para NLI

Una distorsión crea una leyenda que se repite al
infinito. Como la surgida en Jaén en torno a Ricardo Darín.
Leila Guerriero

Las imágenes acústicas de los nombres de ciudades y regiones pueden resultarnos seductoras al oído e, incluso, evocar versos como los de Machado en su poema Otro viaje: “Ya en los campos de Jaén / amanece, corre el tren”, o alimentar espejismos geográficos o de periplos a soñados paraísos. A veces los nombres le imponen su música a la racionalidad.

Sin embargo, este erotismo del significante y la nostalgia de lo que nunca jamás sucedió –diría Sabina- son humanas fantasías que muy poco tienen que ver con el oportunismo de mercado: están sencillamente ligados a lo más puro de nuestra sensibilidad, no pretenden torcer la historia ni buscan imponer un sentido común ideológico que perpetúe privilegios o favorezca intereses. Ni siquiera, o mucho menos, pueden relacionarse con la promoción turística.

Más o menos cerca de estas fantasías, lo cierto es que al actor argentino le agradaba el nombre Jaén.

Más allá de la motivación interior de Darín, de la crítica al oportunismo del Municipio de Jaén y de la anécdota en sí, Leila Guerriero profundiza y mete el dedo en la llaga: nos hacemos los burros ante una amenaza tan verosímil como inminente. O, peor: una realidad que ya muestra consecuencias que prometen multiplicarse.

Mientras los argentinos de a pie no dejamos de tropezar con la misma piedra de las restauraciones conservadoras ultraderechistas, del negacionismo y de idealizaciones de periodos históricos que la historia misma documenta como nefastos o de miseria espantosa para las mayorías, al amparo del olvido crece el riesgo de que las referencias del pasado pierdan toda veracidad o sean removidas con las misma facilidad con la que se remueven los molestos escombros que se juzgan obstáculos.

El tránsito del eufemismo posverdad a la naturalización de las noticias falsas y/o segadas en medios tradicionales y redes, el lawfare jurídico-mediático, la manipulación de campañas con el apoyo de empresas que se valen de algoritmos y bots más, en fin, todas las imposturas que se han convertido en remedo de información, confluyen para debilitar la ya comatosa resistencia del pasado a ser modificado a gusto y placer del interés más poderoso y minoritario.



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