El analista financiero Salvador Di Stefano volvió a salir a respaldar el rumbo económico de Milei con una tesis que ya se convirtió en un clásico del discurso libertario: si cierran comercios, cae el empleo y se destruyen empresas, no sería consecuencia del ajuste sino una “reconversión estructural” inevitable hacia una economía supuestamente más moderna y eficiente.
Por Celina Fraticiangi para NLI

La idea parece sofisticada, pero detrás del lenguaje técnico hay una operación política evidente: transformar una crisis recesiva generada por el propio programa económico en una supuesta etapa natural del progreso. En otras palabras, presentar como “adaptación” lo que en realidad es una combinación de caída del consumo, atraso cambiario, apertura importadora y derrumbe del poder adquisitivo.
Di Stefano sostiene que Argentina estaría dejando atrás un modelo basado en inflación alta y devaluaciones para ingresar en una etapa de estabilidad, productividad y crecimiento impulsado por sectores exportadores como el agro y el petróleo. Pero el problema central de ese argumento es que confunde estabilización nominal con desarrollo económico real. Bajar la inflación mediante una brutal contracción monetaria y salarial no implica automáticamente crecimiento sustentable. Mucho menos cuando el consumo interno, la industria y el empleo formal están retrocediendo.
La gran trampa del relato libertario: creer que destruir demanda “ordena” la economía
El razonamiento de Di Stefano parte de una premisa típicamente ortodoxa: si miles de negocios no sobreviven a un contexto de baja inflación, entonces eran negocios “artificiales” sostenidos por distorsiones. Esa lectura ignora deliberadamente cómo funciona una economía periférica como la argentina.
Durante décadas, gran parte del entramado pyme argentino sobrevivió gracias al mercado interno, al crédito, al salario y al consumo popular. Cuando Milei licúa jubilaciones, congela salarios, destruye obra pública y dispara tarifas, no está “modernizando” la economía: está comprimiendo violentamente la demanda agregada.
Desde la teoría keynesiana básica, una caída fuerte del consumo provoca menor producción, menos inversión y más desempleo. El comerciante que vende menos no desaparece porque sea “ineficiente”: desaparece porque la población perdió capacidad de compra.
El propio Di Stefano admite que comerciantes del conurbano “la están pasando mal”, pero inmediatamente relativiza el problema bajo la idea de una transición inevitable. Ahí aparece el núcleo ideológico de su análisis: naturalizar el daño social como costo necesario.
Pero la historia económica argentina demuestra otra cosa. Los programas de apertura brusca, atraso cambiario y valorización financiera ya fueron aplicados durante la dictadura de José Alfredo Martínez de Hoz y en los años noventa con Domingo Cavallo. En ambos casos ocurrió exactamente el mismo patrón: caída industrial, cierre masivo de pymes, concentración económica y explosión posterior de deuda y desempleo.
El “éxito” inflacionario tiene bases extremadamente frágiles
Otro de los problemas centrales del análisis de Di Stefano es presentar la desaceleración inflacionaria como prueba de éxito estructural. La inflación efectivamente bajó respecto de los niveles explosivos de 2023 y 2024, pero eso ocurrió en gran medida por factores recesivos extremos.
Cuando el salario real se desploma, el consumo se hunde y las empresas no pueden remarcar porque no venden, la inflación tiende a moderarse. Eso no significa que la economía esté sana. Significa que está deprimida. De hecho, incluso economistas alejados del kirchnerismo comenzaron a advertir que el modelo actual combina desaceleración inflacionaria con estancamiento y deterioro del tejido productivo.
La pregunta que el discurso libertario evita es elemental: ¿qué pasa cuando el ancla antiinflacionaria depende de salarios destruidos y consumo pulverizado? Porque una economía no puede sostener indefinidamente crecimiento real si la mayoría de la población pierde capacidad de compra.
Ahí aparece otra contradicción del relato de Di Stefano. Afirma que el PBI crecerá por petróleo y cosecha récord. Pero una expansión basada exclusivamente en sectores exportadores primarios no necesariamente derrama sobre el conjunto social. Es el viejo modelo de enclave: pocos sectores dinámicos conviviendo con amplias regiones empobrecidas. Argentina ya conoce esa estructura. En los años noventa había estabilidad cambiaria, inflación baja y entrada de capitales. También había desempleo masivo, cierre industrial y precarización laboral.
Productividad no es lo mismo que ajuste
El discurso libertario suele repetir una palabra mágica: “productividad”. Pero rara vez explica cómo aumenta la productividad en una economía real. La productividad no surge espontáneamente destruyendo empresas pequeñas. Surge con inversión tecnológica, crédito accesible, infraestructura, innovación y capacitación laboral. Exactamente las áreas que el gobierno de Milei está recortando brutalmente.
La paralización de la obra pública, el ajuste universitario y científico y el deterioro del financiamiento productivo generan el efecto contrario al que proclama el oficialismo: reprimarización y dependencia.Cuando Di Stefano habla de “reconversión”, en realidad está describiendo un proceso de concentración económica donde sobreviven grandes actores con espalda financiera mientras desaparecen comercios, industrias y pymes locales.
No es modernización. Es centralización del capital.
El verdadero objetivo político: sostener expectativas
El rol mediático de Di Stefano dentro del ecosistema libertario tampoco es casual. Su función no es solamente analizar variables económicas, sino sostener expectativas positivas sobre el programa de Milei incluso frente al deterioro social visible. Por eso redefine la recesión como “transición”, el desempleo como “reconversión” y el cierre de empresas como “depuración de ineficiencias”. Es un mecanismo discursivo clásico de los programas de ajuste: desplazar la responsabilidad del modelo hacia las víctimas del propio modelo.
Si un negocio cierra, la culpa sería del comerciante que “no se adaptó”. Si cae el empleo, sería culpa del trabajador “poco productivo”. Nunca del diseño económico.
Pero los datos empiezan a mostrar otra realidad. En apenas dos años de gestión de Milei ya se registró una fuerte pérdida de empresas y puestos de trabajo formales. Y detrás de cada pyme que baja la persiana no hay una simple “reconfiguración”: hay familias endeudadas, consumo deprimido y barrios enteros perdiendo actividad económica.
El viejo experimento neoliberal con nuevo packaging
La tesis de Di Stefano intenta presentar el actual ajuste como una modernización inevitable del capitalismo argentino. Sin embargo, los fundamentos reales del programa económico siguen siendo los mismos que en otras experiencias neoliberales: atraso cambiario, salarios bajos, apertura importadora, valorización financiera y concentración económica.
El problema es que esos modelos pueden estabilizar parcialmente algunas variables durante un tiempo, pero suelen hacerlo a costa de destruir el entramado productivo interno. Y cuando la economía real queda demasiado debilitada, aparecen nuevamente las tensiones externas, la necesidad de endeudamiento y las crisis de sustentabilidad.
La gran pregunta ya no es si baja la inflación algunos puntos más. La pregunta es qué país queda después del ajuste. Porque una economía puede mostrar indicadores financieros “ordenados” mientras destruye empleo, industria y movilidad social. Y eso no es desarrollo: es apenas estabilidad para pocos.
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