El fallecimiento de Julio Le Parc a los 98 años cierra una de las trayectorias más extraordinarias del arte argentino y latinoamericano. Reconocido en los principales museos del mundo, admirado por generaciones enteras de artistas y considerado uno de los grandes revolucionarios del arte contemporáneo, Le Parc convirtió la luz, el movimiento y la participación del público en herramientas para desafiar las formas tradicionales de contemplar una obra.
Por Alina C. Galifante para NLI

Durante más de seis décadas, el mendocino llevó adelante una búsqueda artística que rompió con la idea elitista del arte como un objeto distante y reservado para unos pocos. Sus instalaciones lumínicas, sus móviles y sus experimentos visuales no estaban pensados para ser observados pasivamente: exigían que el espectador se moviera, participara y se involucrara físicamente con la experiencia.
Nacido en Palmira, Mendoza, en 1928, Le Parc atravesó una infancia marcada por las dificultades económicas. Trabajó desde muy joven mientras estudiaba en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, donde comenzó a desarrollar una mirada crítica sobre las estructuras tradicionales del arte. A fines de los años cincuenta obtuvo una beca para viajar a París, ciudad donde construiría gran parte de su carrera internacional.
El argentino que conquistó París
La llegada a Francia marcó un punto de inflexión. Allí participó en la fundación del Grupo de Investigación de Arte Visual (GRAV), un colectivo que buscaba democratizar la experiencia artística mediante el uso de la ciencia, la tecnología, la percepción y el movimiento. Lo que hoy parece habitual en muchas instalaciones inmersivas de museos contemporáneos fue, en gran medida, anticipado por las investigaciones que Le Parc y sus colegas desarrollaron hace más de medio siglo.
Su consagración internacional llegó en 1966 cuando obtuvo el Gran Premio Internacional de Pintura en la Bienal de Venecia, uno de los reconocimientos más prestigiosos del mundo artístico. Desde entonces, sus obras comenzaron a circular por Europa, América y Asia, consolidándolo como una referencia ineludible del arte cinético y óptico.
Pero el prestigio nunca modificó una característica central de su pensamiento: la convicción de que el arte debía ser accesible, participativo y capaz de cuestionar las jerarquías culturales. Esa postura lo llevó incluso a involucrarse políticamente en los movimientos sociales de fines de los años sesenta, una militancia que le valió conflictos con las autoridades francesas y hasta una expulsión temporal del país.
La luz como lenguaje
Si existe una imagen capaz de resumir la obra de Le Parc es la de cientos de reflejos luminosos moviéndose sobre paredes, techos y cuerpos humanos. Su producción convirtió a la luz en una materia artística tan importante como la pintura o la escultura.
Las obras cinético-lumínicas que desarrolló a partir de los años sesenta alteraron la relación entre espacio, percepción y espectador. El movimiento real o aparente, los reflejos, las sombras y las ilusiones ópticas formaron parte de una investigación permanente sobre cómo vemos y cómo interpretamos la realidad.
Esa búsqueda mantuvo vigencia hasta sus últimos años. Incluso superados los 95 años continuaba supervisando exposiciones internacionales y participando en proyectos de gran escala. En 2024 viajó a Italia para acompañar una importante muestra retrospectiva que reunió más de 80 obras realizadas a lo largo de su carrera.
La influencia de Le Parc excede ampliamente el mundo de las galerías. Muchas de las experiencias inmersivas, instalaciones interactivas y propuestas visuales que hoy dominan museos y espacios culturales tienen antecedentes directos en las investigaciones que el artista argentino impulsó décadas atrás.
Con su muerte desaparece una de las últimas figuras vivas de la gran generación de artistas latinoamericanos que revolucionó el arte contemporáneo durante el siglo XX. Pero también queda un legado inmenso: la idea de que una obra puede ser juego, experiencia, participación y descubrimiento al mismo tiempo. Una manera de entender el arte que convirtió a Julio Le Parc en mucho más que un artista argentino: en un creador universal.
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