Lo que debía ser una celebración global del fútbol empieza a transformarse en un torneo atravesado por restricciones migratorias, vetos políticos y decisiones gubernamentales que modifican planteles, dejan afuera árbitros y complican delegaciones enteras. El caso del ghanés Thomas Partey es apenas el último capítulo de una lista que crece y que vuelve a poner en discusión si la organización del Mundial estuvo realmente preparada para un escenario de estas características.
Por Ignacio Elfratini para NLI

Cada Mundial tiene sus lesiones, suspensiones y sorpresas deportivas. El de 2026 parece haber sumado un nuevo factor capaz de alterar la competencia: las políticas migratorias de los propios países anfitriones. Estados Unidos, Canadá y México comparten la organización, pero cada uno mantiene reglas distintas para el ingreso de personas, una situación que ya está afectando directamente al desarrollo del campeonato.
La noticia más reciente tiene como protagonista a Thomas Partey, una de las principales figuras de Ghana. El mediocampista del Villarreal no podrá disputar el debut frente a Panamá en Toronto porque el gobierno canadiense rechazó su solicitud de visa. FIFA confirmó oficialmente que no interviene en estos procesos y que la decisión corresponde exclusivamente al país anfitrión. El futbolista permanecerá concentrado en Boston y podrá jugar los siguientes encuentros de su selección, que se disputarán en territorio estadounidense.
La consecuencia deportiva es evidente: Ghana deberá afrontar su primer partido sin uno de sus jugadores más importantes, no por una lesión ni una sanción deportiva, sino por una decisión administrativa tomada fuera de la cancha.
El antecedente del árbitro Omar Artan
Pero Partey no es un caso aislado. Apenas unos días antes, el árbitro somalí Omar Artan, elegido por FIFA para dirigir encuentros del Mundial y considerado uno de los mejores jueces africanos, fue rechazado al intentar ingresar a Estados Unidos.
Artan iba a convertirse en el primer somalí en arbitrar una Copa del Mundo, un hecho histórico para su país. Sin embargo, fue retenido y finalmente se le negó el ingreso en el marco de las restricciones migratorias estadounidenses aplicadas a determinados países. FIFA volvió a deslindar responsabilidades y confirmó que no podría participar del torneo.
La decisión provocó críticas desde Somalia, donde autoridades deportivas sostuvieron que la medida «atenta contra el espíritu de juego limpio» y castiga a un profesional cuya trayectoria había sido reconocida por la propia FIFA.
Irán también llegó con restricciones
Las dificultades tampoco terminaron allí. La selección de Irán ya había sufrido complicaciones desde mucho antes del inicio del Mundial debido a las tensiones políticas entre Washington y Teherán.
Finalmente, la delegación iraní debió modificar buena parte de su planificación y establecer su base de operaciones en México para minimizar los inconvenientes de ingreso a Estados Unidos. Además, varios integrantes del cuerpo técnico y del personal de apoyo encontraron obstáculos para obtener las autorizaciones migratorias necesarias, mientras otros debieron ingresar bajo condiciones especiales.
En otras palabras, un seleccionado clasificado por mérito deportivo terminó condicionado por una disputa geopolítica completamente ajena al fútbol.
Una lista que sigue creciendo
Los problemas no terminan en jugadores y árbitros.
También se registraron dificultades para aficionados de distintos países, especialmente de Costa de Marfil, cuyos hinchas fueron rechazados en gran número al intentar viajar al Mundial, además de inconvenientes sufridos por integrantes de las delegaciones de Irak e Irán durante los controles migratorios. Incluso futbolistas de otras selecciones debieron esperar revisiones extraordinarias antes de poder incorporarse a sus equipos.
Cada episodio puede tener una explicación jurídica o administrativa particular. Sin embargo, el efecto colectivo es evidente: el Mundial empieza a depender tanto de las oficinas de migraciones como de lo que ocurre dentro de los estadios.
Rusia, el gran ausente por decisión política
La lista de condicionamientos no empezó con las visas ni con los controles migratorios. El primer gran protagonista ausente de este Mundial es Rusia, excluida de todas las competiciones organizadas por FIFA y UEFA desde 2022 como consecuencia de la invasión de Ucrania, una sanción que se mantiene vigente y que le impidió siquiera disputar las Eliminatorias rumbo a la Copa del Mundo 2026.
La selección que supo organizar el Mundial de 2018 y que históricamente forma parte del mapa futbolístico internacional quedó directamente fuera del torneo por una decisión política e institucional. No hubo posibilidad de clasificar dentro de la cancha: la exclusión llegó antes de que se jugara un solo partido.
La situación abre un debate que atraviesa al deporte mundial. Mientras FIFA sostiene que el fútbol debe unir a los pueblos, acepta sanciones geopolíticas que dejan afuera a una selección completa, al mismo tiempo que afirma no tener facultades para intervenir cuando un país anfitrión rechaza el ingreso de jugadores, árbitros o dirigentes.
Un Mundial condicionado por la política
La sucesión de casos ya resulta difícil de ignorar. Rusia fue vetada del torneo por las sanciones derivadas de la guerra en Ucrania.
Irán debió trasladar su base de operaciones a México para evitar problemas de ingreso a Estados Unidos y parte de su delegación sufrió restricciones migratorias.
El árbitro somalí Omar Artan, designado por FIFA y considerado uno de los mejores jueces africanos, fue rechazado por Estados Unidos pese a contar con una visa válida y quedó fuera de la Copa, frustrando lo que iba a ser un hito histórico para Somalia.
Ahora se suma Thomas Partey, quien no podrá disputar el debut de Ghana porque Canadá le negó el ingreso, obligando a su selección a afrontar el partido sin una de sus principales figuras.
Cada uno de estos casos tiene fundamentos distintos: sanciones internacionales, conflictos bélicos, políticas migratorias o decisiones de seguridad nacional. Pero el resultado es el mismo: la política termina modificando un torneo que debería resolverse únicamente por méritos deportivos.
Y esa es, quizás, la mayor contradicción del Mundial 2026: una Copa presentada como la gran fiesta global del fútbol que, partido tras partido, demuestra que las fronteras, los vetos y las decisiones gubernamentales tienen cada vez más peso que lo que sucede dentro de la cancha.
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