
Un exacerbado realismo de época imposible de disimular impera en la Copa del Mundo más discriminatoria y desde el inicio también la más antideportiva de la historia.
Por Rafael Laborian para NLI
La FIFA tuvo que dar marcha atrás con la prohibición del uso del español en las conferencias de prensa, una decisión que, aunque revertida, pinta de cuerpo entero el carácter genuflexo de la institución, dispuesta a propiciar más discriminación, arbitrariedad e injusticias de las que le exigen los poderes políticos a los que gustosamente se subordina.
“El español ya está permitido en todo el Mundial. La FIFA dio marcha atrás y desde este domingo permite preguntas y respuestas en castellano durante las ruedas de prensa de los partidos que se jueguen en Estados Unidos”. (El País, 15/6/26)
Mísera y antideportiva para congraciarse de antemano con la paranoia, el racismo y el ninguneo etno-lingüístico exacerbados que caracterizan hoy por hoy al país más influyente entre los organizadores del torneo, da solamente un paso atrás después de haber avanzado tres en sus tropelías.

La FIFA no repudia ni lamenta decisiones abiertamente irregulares, se lava las manos ante la arbitrariedad y el sadismo: no le interesan ni la equidad deportiva ni la dimensión humana de una competencia que presenta como ecuménica e impecable pero que, sin duda, deslinda entre hijos y entenados.
Y no sabemos, claro, qué recomendaciones confidenciales recibirán los diversos actores que intervienen en los estratos fundamentales de la competición. Ya vimos que, en consonancia con la actitud propia de un Pilatos como la de FIFA, el colectivo arbitral no tomó posición ni medida alguna para solidarizarse y revertir la expulsión de facto, tras calvario de once horas de humillaciones, del mejor árbitro de África, Omar Artan.

Una potencia en declive lleva la dictatorial voz cantante en la farsa organizativa promocionada como tripartita: toda la paranoia, el veneno y el sadismo de un poderoso que se auto-percibe en decadencia -pero que sigue armado hasta los dientes- aflora vanidosa y destructiva, intolerante a la diversidad hasta decir basta. Y FIFA, claro, como esperpéntica comparsa.
Localidades a precios prohibitivos aseguran que el incomparable espectáculo que representa el fútbol en vivo en el estadio sea para pocos. Atletas que deberán enfrentarse a desventajas deportivas por el prejuicio norteamericano, árbitros interdictos por capricho, idiomas prohibidos primero y mal vistos después…
La incertidumbre de lo que podría esperarse de los arbitrajes, sobre todo en encuentros decisivos, es una espada de Damocles que hoy asomó en el partido de España contra Cabo Verde, que terminó cero a cero, con la selección peninsular al ataque constantemente pero cortando con faltas todo comienzo de contraataque rival y un colegiado haciéndose el burro ante la sistemática deslealtad.

El seleccionado de Cabo Verde cometió nada más que una falta el todo el encuentro, la cifra más baja registrada por un equipo en un partido de la Copa del Mundo desde 1966. Los españoles, diez. El jordano Adham Makhadmeh dio la impresión de haber dirigido con sobriedad, pero “inclinó la cancha” y las estadísticas del partido con su permisividad ante la evidente artimaña del equipo europeo de rotar a los infractores.
Quizá Makhadmeh haya querido solamente apegarse al reglamento –en exceso, claro-, pero en un contexto como el de este Mundial, con un colectivo arbitral pusilánime y una FIFA genuflexa ante poderes y negocios, todo se verá sospechoso.
Este Campeonato Mundial de Fútbol comenzó desde temprano a darnos la que quizá sea la lección final referida al lugar del deporte internacional en nuestros días: todo lo que se nos diga sobre diversidad, justicia, hermandad, unión de pueblos, imparcialidad y ecumenismo sin límites será cháchara publicitaria de la más baja estofa y de la mayor hipocresía.
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