El cáncer también deja memoria: la ciencia descubre que una célula puede recordar el daño y usarlo para cambiar su destino

Nuevas investigaciones revelan que las células pueden conservar una memoria epigenética del daño y que esa huella podría influir en el desarrollo y evolución del cáncer.

Por Ignacia Fratelint para NLI

Durante mucho tiempo, una de las imágenes más utilizadas para explicar el cáncer fue la de una célula que acumula mutaciones hasta transformarse en maligna. La metáfora resultaba útil porque permitía comprender que el cáncer no aparece de un momento para otro, sino que suele ser consecuencia de una sucesión de alteraciones que modifican el comportamiento normal de una célula. Pero en los últimos años esa explicación comenzó a quedar incompleta. La investigación contemporánea está mostrando que no todo lo que determina el comportamiento de una célula está escrito directamente en la secuencia del ADN: también importa cómo se organiza ese ADN, qué genes permanecen activos o apagados, cómo responde una célula a su entorno y qué marcas moleculares conserva después de atravesar determinadas agresiones. Una investigación publicada recientemente en Nature profundizó precisamente en esta idea al mostrar que células madre del intestino pueden conservar durante largo tiempo una especie de memoria epigenética de una inflamación pasada, y que esa memoria puede hacer que respondan de una manera diferente cuando posteriormente aparece una alteración capaz de favorecer un tumor.

La palabra “memoria” puede sonar extraña cuando se habla de células, porque no se trata de recuerdos conscientes ni de una capacidad comparable a la memoria humana. En biología, la expresión describe otra cosa: modificaciones relativamente persistentes en la forma en que una célula utiliza su información genética. El ADN puede ser exactamente el mismo y, sin embargo, dos células pueden comportarse de manera diferente porque determinados genes están activados en una y reprimidos en otra. Es allí donde entra la epigenética, un campo que estudia precisamente los mecanismos capaces de regular la actividad de los genes sin modificar necesariamente la secuencia del ADN. La investigación reciente muestra que esas marcas no son simples detalles secundarios, sino que pueden formar parte de la historia que determina cómo una célula responde a una nueva agresión.

El daño que termina cuando la enfermedad termina

El trabajo publicado en Nature estudió la relación entre la inflamación crónica del colon y el desarrollo posterior de tumores utilizando modelos experimentales. Los investigadores encontraron que, incluso después de que el proceso inflamatorio había desaparecido, algunas células madre intestinales conservaban modificaciones en su cromatina, es decir, en la estructura mediante la cual el ADN se organiza dentro del núcleo. Esa alteración persistía durante más de cien días en el modelo utilizado y modificaba la forma en que determinadas células respondían posteriormente a señales relacionadas con el cáncer.

La importancia de este resultado está en que introduce una idea diferente sobre la relación entre inflamación y cáncer. La inflamación crónica ya era considerada un factor de riesgo para diferentes tumores, pero todavía quedaban preguntas importantes sobre cómo una agresión inflamatoria podía dejar una huella capaz de modificar el comportamiento de las células mucho tiempo después. El estudio propone una respuesta: el tejido puede conservar una especie de registro molecular del daño, y ese registro puede alterar su comportamiento futuro.

Los investigadores utilizaron una herramienta denominada SHARE-TRACE para observar simultáneamente distintos aspectos de las células individuales, entre ellos la expresión de genes, la accesibilidad de la cromatina y la historia clonal. Esto permitió seguir con mayor precisión cómo determinadas alteraciones persistían a través de las divisiones celulares y cómo algunas poblaciones conservaban con mayor intensidad esa “memoria” de la inflamación. El resultado no significa que toda inflamación vaya inevitablemente a producir cáncer, una conclusión que sería científicamente incorrecta, sino que aporta una explicación posible para una asociación que la medicina conoce desde hace tiempo: cuando una inflamación se vuelve persistente, puede modificar profundamente el entorno biológico en el que viven las células.

La investigación encontró además que determinadas células que habían atravesado esa inflamación quedaban predispuestas a activar con mayor intensidad programas moleculares vinculados con el crecimiento tumoral cuando aparecía posteriormente una mutación oncogénica. En otras palabras, el daño previo no necesariamente crea por sí mismo un tumor, pero puede modificar las condiciones en las que una futura alteración genética actúa. La diferencia es conceptual y muy importante: el cáncer empieza a verse menos como el resultado de una única falla y más como la consecuencia de una interacción prolongada entre genética, ambiente celular, inflamación y regulación epigenética.

El ADN no funciona solo

Esta nueva mirada coincide con otra línea de investigación que está cobrando fuerza. Una revisión publicada el 25 de agosto de 2026 en Nature Reviews Cancer analiza cómo las alteraciones de la estructura tridimensional de la cromatina pueden participar tanto en el origen como en la evolución de los tumores. El ADN no está extendido dentro del núcleo como un hilo perfectamente ordenado: se encuentra plegado, organizado en dominios y regiones que permiten que determinados genes entren en contacto con las secuencias regulatorias correspondientes. Cuando esa arquitectura cambia, también puede cambiar la manera en que la información genética es utilizada por la célula.

La consecuencia es que la investigación del cáncer está comenzando a mirar al genoma como una estructura dinámica. Ya no alcanza con preguntar qué mutación tiene una célula; también resulta necesario conocer cómo está organizado su ADN, qué genes están funcionando, qué marcas epigenéticas posee y cómo responde a las señales del tejido que la rodea. La revisión publicada en Nature Reviews Cancer plantea precisamente que las modificaciones tridimensionales de la cromatina pueden ser tanto consecuencia de alteraciones cancerígenas como contribuir a que determinadas alteraciones aparezcan o tengan efectos concretos.

Esto ayuda a entender por qué dos tumores que parecen similares desde una clasificación tradicional pueden comportarse de manera muy diferente. La biología tumoral es extraordinariamente heterogénea y esa diversidad constituye uno de los principales obstáculos para desarrollar tratamientos universales. Una alteración que funciona como motor de un tumor puede no tener exactamente el mismo efecto en otro contexto celular, porque el entorno molecular en el que se encuentra puede ser diferente.

La epigenética agrega entonces una dimensión temporal al problema. Una célula no solamente tiene un estado actual: también puede arrastrar determinadas consecuencias de lo que experimentó anteriormente. Una inflamación, una lesión, una modificación metabólica o una alteración en su entorno pueden dejar marcas que influyan en respuestas posteriores. La historia de una célula puede importar tanto como su fotografía del presente.

Una medicina que empieza a mirar la historia de cada célula

La importancia de estos descubrimientos no reside en que exista ya un tratamiento capaz de “borrar” la memoria epigenética de una célula y prevenir el cáncer. Esa aplicación todavía pertenece al terreno de la investigación. Tampoco significa que pueda utilizarse una determinada marca molecular para predecir individualmente quién desarrollará un tumor. La ciencia está mucho más lejos de semejante capacidad de predicción. Pero comprender estos mecanismos puede abrir nuevas posibilidades para detectar cambios tempranos, identificar tejidos de mayor riesgo y desarrollar tratamientos que actúen sobre procesos que hasta hace pocos años eran difíciles de observar.

La investigación sobre epigenética también puede ayudar a explicar por qué algunas células tumorales sobreviven a determinados tratamientos y posteriormente vuelven a proliferar. Un tumor no es una masa uniforme de células idénticas: contiene poblaciones con características diferentes y sometidas a presiones selectivas distintas. Algunas pueden desarrollar o conservar estados moleculares que las vuelven más resistentes. Comprender esos estados podría ser tan importante como identificar las mutaciones responsables del crecimiento inicial.

Incluso la estructura física del tumor comienza a ser considerada parte del problema. Las células cancerosas no viven aisladas: están rodeadas por vasos sanguíneos, células inmunitarias, tejido conectivo y señales químicas que pueden favorecer o dificultar su expansión. La investigación reciente sobre el llamado microambiente tumoral está mostrando que las células malignas y las células que las rodean mantienen una relación permanente, y que esa interacción puede influir tanto en la progresión de la enfermedad como en la respuesta a los tratamientos. Trabajos publicados durante 2026 están estudiando, por ejemplo, cómo determinadas señales inflamatorias pueden modificar epigenéticamente a las células tumorales y favorecer mecanismos de evasión frente al sistema inmunitario.

La tendencia general resulta evidente: la oncología está pasando de una mirada centrada exclusivamente en la célula cancerosa a una comprensión mucho más amplia del sistema en el que esa célula aparece. El cáncer no es solamente una mutación; es una historia biológica. Esa historia incluye el ADN, pero también la forma en que se organiza, las señales que recibe, el tejido en el que vive, las inflamaciones que atravesó y los mecanismos mediante los cuales conserva determinadas respuestas.

Quizás uno de los aspectos más interesantes de esta transformación sea que obliga a abandonar una idea demasiado sencilla de la enfermedad. Si durante mucho tiempo se pensó que conocer las mutaciones era suficiente para comprender por qué una célula se vuelve cancerosa, ahora resulta cada vez más evidente que la información genética necesita ser interpretada dentro de un contexto. Dos células pueden tener la misma información y comportarse de manera diferente porque no necesariamente la están leyendo de la misma manera.

La ciencia todavía está lejos de convertir ese conocimiento en una solución definitiva contra el cáncer, y sería irresponsable presentar estos descubrimientos como si fueran tratamientos disponibles. Pero cada avance modifica el mapa de aquello que puede investigarse. Si una célula puede conservar durante meses una huella molecular de una inflamación que ya terminó, y si esa huella puede modificar su reacción frente a una alteración posterior, entonces la prevención y el diagnóstico del cáncer podrían algún día incorporar una dimensión que hoy todavía estamos aprendiendo a interpretar: no solamente qué le pasó a una célula, sino qué parte de aquello que le pasó quedó registrada en ella.

Ese cambio de perspectiva puede terminar siendo uno de los grandes aportes de la investigación oncológica contemporánea. La enfermedad deja de aparecer únicamente como una acumulación azarosa de errores en el ADN y comienza a ser comprendida como el resultado de una conversación permanente entre los genes, el entorno y el tiempo. Y si la medicina consigue descifrar esa conversación con suficiente precisión, quizá el futuro del tratamiento contra el cáncer no dependa solamente de destruir las células que ya se volvieron malignas, sino también de aprender a reconocer mucho antes cuándo una célula comienza a cambiar la manera en que interpreta su propia historia.


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