La bronca vuelve a marchar: de Pedro y Pablo a Milei

La historia de “La marcha de la bronca”, de Pedro y Pablo: de la dictadura de Onganía a su resignificación política y la movilización contra el gobierno de Milei.

Por Carlos Alberto Resurgián para NLI

Hay canciones que envejecen, canciones que terminan convertidas en piezas de museo y canciones que, para desgracia de sus autores, se niegan a quedar atrapadas en el tiempo. “La marcha de la bronca”, la histórica canción de Pedro y Pablo, pertenece a esa última categoría. Miguel Cantilo la escribió cuando todavía era muy joven, en una Argentina gobernada por una dictadura militar, y la convirtió en una de las piezas fundamentales de aquella primera etapa del rock nacional cantado en castellano. Cincuenta y seis años después, la canción vuelve a salir del archivo y a recuperar la calle: este sábado 19 de septiembre, una movilización nacional llevará su nombre y utilizará aquella vieja palabra como consigna frente al gobierno de Javier Milei. La bronca, una vez más, se prepara para marchar.

La historia comenzó a fines de los años 60, cuando Miguel Cantilo y Jorge Durietz formaron Pedro y Pablo, en pleno nacimiento de una escena musical que todavía no sabía que terminaría siendo bautizada como rock nacional. Eran tiempos en los que cantar en castellano no era una obviedad dentro del rock y en los que una nueva generación de músicos comenzaba a construir un lenguaje propio, mezclando las influencias anglosajonas con el folklore, la canción urbana y las experiencias políticas y sociales de una Argentina convulsionada. Pedro y Pablo fueron parte de esa generación que entendió que una guitarra podía servir para algo más que acompañar canciones de amor: también podía contar lo que estaba pasando.

En ese contexto nació “La marcha de la bronca”, editada en 1970. La Argentina estaba bajo la dictadura de Juan Carlos Onganía, que había llegado al poder mediante el golpe de Estado de 1966 y había clausurado el funcionamiento de los partidos políticos. La censura, la persecución política, la represión y la prohibición de expresiones culturales formaban parte de la vida cotidiana. El rock argentino comenzaba a convertirse, precisamente por eso, en uno de los espacios donde una generación podía decir lo que otros ámbitos no podían o no querían decir. Cantilo encontró una forma particularmente eficaz de hacerlo: no escribió un panfleto sino una canción que acumulaba bronca hasta convertirla en ritmo.

La estructura de la canción tiene algo de letanía y algo de marcha. Cada estrofa agrega una nueva razón para el enojo, hasta que la repetición deja de ser un recurso musical para convertirse casi en una declaración colectiva. La influencia de Bob Dylan aparece en la construcción de los versos y en la insistencia rítmica, mientras que la estructura armónica también guarda relación con una raíz mucho más argentina: “Los ejes de mi carreta”, de Atahualpa Yupanqui. En esa mezcla estaba, de alguna manera, el ADN de aquel rock que empezaba a buscar una identidad propia: Beatles y Dylan podían convivir con Yupanqui, la guitarra eléctrica con el folklore y la canción de protesta con la tradición popular argentina.

El éxito fue inmediato. “La marcha de la bronca” llegó a vender alrededor de 80.000 copias durante sus primeros meses, una cifra extraordinaria para una canción de esas características, y obtuvo el primer premio en el Festival Nacional de Música Beat de 1970. Formó parte luego del álbum Yo vivo en esta ciudad, consolidando a Pedro y Pablo como uno de los dúos fundamentales de aquella primera camada del rock argentino. Pero lo verdaderamente extraordinario ocurriría después: la canción sobreviviría a la coyuntura que la había producido y comenzaría a adquirir nuevos significados cada vez que una generación volviera a sentir que algunas de sus palabras seguían describiendo la realidad.

Porque “La marcha de la bronca” no quedó atada exclusivamente a Onganía. Atravesó los años de violencia política, la dictadura de 1976, la recuperación democrática, las crisis económicas y las sucesivas transformaciones de la sociedad argentina. Cantilo conoció además en carne propia los límites que el poder intentaba imponer sobre la música. La censura alcanzó distintas composiciones de Pedro y Pablo y condicionó la trayectoria artística del dúo. La canción, sin embargo, continuó circulando y pasó de generación en generación como una suerte de documento musical de una Argentina que se resistía a callarse.

Su resignificación tuvo incluso una nueva expresión discográfica. En 2004, Cantilo volvió a grabarla acompañado por numerosos músicos del rock argentino. León Gieco, Juan Carlos Baglietto, Gustavo Cordera, Ricardo Mollo, Alejandro Lerner, María José Cantilo, Hilda Lizarazu, Super Ratones, Moris, Fabiana Cantilo, Claudia Puyó, Andrés Calamaro y Jorge Durietz, además de Cantilo participaron de aquella nueva versión. El gesto tenía un significado evidente: ya no se trataba solamente de recuperar una canción de Pedro y Pablo, sino de reconocerla como parte de una memoria común del rock argentino. La bronca de Cantilo había dejado de pertenecer exclusivamente a Cantilo.

Y ahora vuelve a ocurrir algo parecido, aunque con una diferencia fundamental: la canción no solamente vuelve a escucharse, sino que presta su nombre a una movilización que se realizará mañana. La convocatoria para este 19 de septiembre reúne a organizaciones políticas, sindicales, sociales, estudiantiles, feministas, ambientales y de derechos humanos, con reclamos relacionados con salarios, jubilaciones, despidos, tarifas, discapacidad, educación y otras políticas implementadas durante el gobierno de Javier Milei. En la Ciudad de Buenos Aires, la concentración está prevista frente al Congreso y la movilización tendrá como destino Plaza de Mayo.

La elección del nombre no es casual. “La marcha de la bronca” ya funciona en la cultura argentina como una frase que excede a sus autores. Es una expresión reconocible incluso para quienes quizá no recuerden exactamente quién escribió la canción. Tomarla para una movilización supone apropiarse de una memoria cultural que nació durante otra etapa de fuerte conflictividad política y social y trasladarla a las discusiones del presente.

Y en esta ocasión existe un elemento que vuelve todavía más significativo el puente entre aquella canción y la protesta de mañana: Miguel Cantilo habló públicamente sobre la Argentina de 2026. En la entrevista publicada este viernes por Página/12, el músico sostuvo que hubiera preferido que “La marcha de la bronca” hubiera quedado en el pasado. La razón es casi obvia: que una canción de protesta pierda vigencia sería, para su autor, una señal de que las condiciones que la hicieron necesaria fueron finalmente superadas. Cantilo observa, en cambio, que existen circunstancias actuales que le recuerdan demasiado a aquella Argentina en la que escribió la canción.

El músico definió al presente argentino como un régimen que, según sus palabras, “empobrece a la población”, y vinculó su mirada con la situación social y política que atraviesa el país. En otras declaraciones conocidas a propósito de la movilización, Cantilo también expresó su emoción por la utilización del nombre de su canción para una convocatoria amplia y señaló que la bronca no debería desembocar en violencia, sino funcionar como impulso para producir transformaciones.

Hay, sin embargo, una diferencia histórica que no conviene borrar. La Argentina de Onganía era una dictadura militar que había llegado al poder mediante un golpe de Estado; la Argentina de Milei es un país democrático, con autoridades elegidas mediante elecciones y con instituciones constitucionales en funcionamiento. Las dos coyunturas no son equivalentes y la canción no necesita que lo sean para ser resignificada. Lo que atraviesa las décadas no es una identidad absoluta entre los gobiernos, sino la capacidad de una obra artística para expresar distintos momentos de malestar social.

Ese es, precisamente, uno de los grandes misterios del rock nacional. Las canciones sobreviven a quienes las escribieron porque las generaciones posteriores encuentran en ellas palabras para decir cosas que todavía no saben cómo decir. Cuando Cantilo escribió “La marcha de la bronca”, probablemente no imaginó que medio siglo después el título sería utilizado para convocar una movilización contra un gobierno surgido de las urnas. Tampoco podía saber que músicos que todavía no habían nacido participarían décadas después de nuevas versiones de su canción.

Pero las canciones populares tienen esa capacidad. Se independizan de sus autores, atraviesan los discos y terminan formando parte de la memoria colectiva. “La marcha de la bronca” nació como una canción de protesta contra una dictadura, se convirtió en un clásico del rock nacional, fue reinterpretada por varias generaciones de músicos y mañana volverá a ser una consigna callejera frente al gobierno de Milei.

Quizás allí esté la verdadera historia de Pedro y Pablo. No solamente en los acordes, en las ventas, en los festivales o en las anécdotas de aquella escena fundacional del rock argentino, sino en algo mucho más difícil de conseguir: haber escrito una canción que todavía puede ser cantada por personas que nacieron décadas después de que fuera compuesta. Cantilo hubiera preferido que su marcha quedara definitivamente en el pasado. La realidad argentina, al menos por ahora, parece empeñada en llevarla nuevamente a la calle.

Mañana, cuando las columnas comiencen a avanzar y aquella vieja melodía vuelva a mezclarse con consignas contemporáneas, habrá una escena cargada de historia: una canción escrita bajo una dictadura militar prestando su nombre a una protesta contra un gobierno democrático más de medio siglo después. No porque las épocas sean iguales, sino porque las sociedades vuelven una y otra vez a buscar en su cultura las palabras con las que expresar aquello que las incomoda. Y en Argentina, desde hace 56 años, una de esas palabras tiene música, guitarra y nombre propio: bronca.

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