Die Linke se convirtió por primera vez en la fuerza más votada en Berlín y dejó a la CDU del canciller Friedrich Merz en segundo lugar. El resultado expresa el malestar con el costo de la vivienda, los alquileres y las políticas de los partidos tradicionales, aunque también confirma que Alemania atraviesa una profunda disputa política: mientras la izquierda crece en la capital, la ultraderecha de AfD vuelve a avanzar con fuerza en otras regiones del país.
Por Bruno A. Monteverde para NLI

Berlín acaba de entregar una de esas fotografías electorales que obligan a mirar dos veces el mapa de Europa. Die Linke, el partido de La Izquierda alemana, fue la fuerza más votada en las elecciones regionales de la capital, con alrededor del 25% de los votos, por delante de la CDU del canciller Friedrich Merz, que quedó cerca del 20%. Detrás aparecieron Los Verdes y, en torno al 12%, un SPD que sufrió un retroceso considerable. La elección no significa que la izquierda pueda gobernar automáticamente —necesitará construir una mayoría parlamentaria—, pero sí marca un cambio político de enorme valor simbólico: en la capital de la Alemania reunificada, una fuerza que coloca la vivienda y los derechos sociales en el centro de su campaña acaba de superar a los conservadores que gobiernan el país.
El resultado tiene además un rostro: Elif Eralp, abogada de origen turco y candidata principal de Die Linke, que quedó en condiciones de convertirse en la primera jefa de Gobierno de Berlín perteneciente a esa fuerza. Su campaña estuvo atravesada por una cuestión que en la capital alemana dejó de ser un asunto secundario para convertirse en uno de los principales conflictos sociales: el acceso a la vivienda. Die Linke hizo de los alquileres, la intervención pública y la posibilidad de recuperar para el Estado el control de grandes paquetes de viviendas privadas uno de sus ejes fundamentales. Eralp llegó a plantear la nacionalización de asociaciones inmobiliarias que administran unas 220.000 unidades, retomando una discusión que Berlín ya había llevado a las urnas en el referéndum de 2021.
La magnitud del resultado se entiende mejor cuando se mira el retroceso de sus adversarios. La CDU, partido del canciller Merz, quedó segunda en Berlín con aproximadamente el 19%, mientras que el SPD cayó hasta alrededor del 12%. La propia información oficial de Berlín mostraba durante el recuento una ventaja significativa de Die Linke, con más de 24% en las elecciones distritales y un crecimiento de más de once puntos respecto de la elección anterior, mientras CDU y SPD registraban pérdidas importantes. No fue simplemente un triunfo de una fuerza: fue también un voto de castigo contra buena parte del sistema político tradicional berlinés.
Y allí aparece una de las claves de la elección. Berlín es una ciudad con una identidad política particular, pero también es una ciudad atravesada por una crisis habitacional que afecta directamente la vida cotidiana de cientos de miles de personas. Los alquileres, el precio de las viviendas y la presión sobre los ingresos se transformaron en una cuestión política de primer orden. Die Linke logró convertir ese malestar en una propuesta electoral concreta, mientras que los partidos tradicionales enfrentaron dificultades para apropiarse de una demanda que ya no puede ser escondida detrás de indicadores macroeconómicos. Cuando una familia debe destinar una porción creciente de sus ingresos simplemente para seguir viviendo en la ciudad donde trabaja, la discusión sobre vivienda deja de ser urbanística y pasa a ser una discusión sobre distribución de la riqueza.
El resultado berlinés tiene, además, una dimensión nacional que incomoda especialmente a Friedrich Merz. El canciller alemán sufrió este domingo un doble golpe electoral. Mientras su CDU retrocedió en Berlín, la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) consiguió un resultado extraordinario en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, donde se impuso con cerca del 38% de los votos. La CDU, en cambio, quedó reducida a alrededor del 5%, en lo que Reuters describió como su peor resultado en ese estado desde la fundación de la República Federal. Merz calificó el resultado general de las elecciones regionales como un “desastre”, aunque aseguró que continuará al frente del Gobierno y con su programa de reformas.
La paradoja alemana es evidente. Mientras Berlín gira hacia la izquierda, otras regiones avanzan hacia la extrema derecha. No existe, por lo tanto, una única explicación para el momento político alemán. Hay una disputa abierta por la representación del malestar social, y diferentes fuerzas están consiguiendo canalizarlo en direcciones opuestas. Die Linke lo hace fundamentalmente alrededor de cuestiones como vivienda, alquileres y protección social; AfD lo hace desde un discurso nacionalista y antiinmigración. El dato común es el debilitamiento de los partidos tradicionales y la creciente dificultad de las fuerzas de centro para monopolizar la representación del electorado.
Para Die Linke, además, la victoria berlinesa tiene un valor especial porque la capital alemana fue durante décadas uno de los territorios donde la izquierda logró conservar una presencia política y cultural significativa después de la reunificación. Pero esta vez el resultado no puede explicarse solamente por la tradición política de determinados barrios. Los análisis electorales difundidos por la televisión pública alemana señalan que el partido consiguió ampliar su respaldo y estudiar precisamente qué grupos sociales, edades y zonas de Berlín explican su crecimiento. La cuestión de la vivienda aparece en el centro de esa movilización.
La elección tampoco significa que la izquierda haya recibido un cheque en blanco. Para formar gobierno necesitará negociar con otras fuerzas, previsiblemente con Los Verdes y el SPD, y allí comenzará una discusión mucho más difícil que la campaña electoral: qué programa concreto puede convertirse en mayoría parlamentaria y hasta dónde están dispuestos a llegar sus eventuales socios en materia de vivienda, alquileres y propiedad inmobiliaria. La propuesta de intervenir sobre grandes empresas inmobiliarias ya genera resistencias y existen dudas sobre sus costos y sobre la forma jurídica de llevarla adelante. Reuters señaló, además, que una eventual coalición deberá atravesar diferencias importantes entre los partidos.
Pero incluso antes de conocer quién ocupará finalmente la alcaldía, el mensaje político ya quedó instalado. Berlín votó poniendo la vivienda en el centro, y lo hizo en un momento en que la política alemana está atravesada por el crecimiento de la derecha radical y por el retroceso de los partidos tradicionales. La capital eligió discutir otra cosa: cuánto cuesta vivir, quién controla el suelo urbano, qué papel debe tener el Estado y hasta dónde puede llegar el mercado inmobiliario cuando el acceso a una casa se transforma en una de las principales preocupaciones sociales.
Por eso la elección de Berlín trasciende las fronteras de Alemania. En muchas de las grandes ciudades europeas, el alquiler se convirtió en una de las formas más visibles de desigualdad: trabajadores que no pueden vivir cerca de sus empleos, jóvenes que retrasan su emancipación, familias que destinan una parte cada vez mayor de sus ingresos a la vivienda y Estados que durante décadas dejaron buena parte del mercado inmobiliario en manos privadas. El triunfo de Die Linke no resuelve ninguno de esos problemas, pero demuestra que existe un electorado dispuesto a convertirlos en el centro de una disputa política.
Y mientras Berlín vuelve a mirar hacia la izquierda, Alemania queda partida en una imagen mucho más compleja: una capital que reclama más intervención social y regiones donde la extrema derecha se acerca a niveles inéditos. Entre ambos extremos se encuentra una CDU debilitada, un SPD en retroceso y un Gobierno de Merz obligado a explicar por qué las fuerzas que cuestionan el modelo político tradicional crecen a ambos lados del espectro.
La batalla que empieza ahora no será solamente por quién gobierna Berlín. Será por qué respuesta ofrece Alemania al malestar social que está transformando su mapa político. En la capital, por ahora, la respuesta electoral fue inequívoca: antes que más mercado inmobiliario, una parte creciente de los berlineses quiere discutir quién tiene derecho a vivir en su propia ciudad.
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