La agricultura cruzó Eurasia mucho antes de la Ruta de la Seda, pero no necesariamente lo hicieron sus pueblos

Una investigación publicada en Cell reconstruye mediante ADN antiguo la historia de 149 individuos de 11 sitios de Gansu y revela que cultivos y animales procedentes del sudoeste asiático llegaron a China sin una migración masiva de poblaciones occidentales. El estudio también permite reconstruir relaciones de parentesco, prácticas funerarias y diferencias sociales en una comunidad de hace miles de años.

Por Amparo Lestienne para NLI

Hace unos 4.000 años, mucho antes de que la historia registrara caravanas, imperios y rutas comerciales con los nombres que hoy asociamos a la Ruta de la Seda, ya existía en Eurasia una formidable red de circulación de conocimientos, animales, cultivos y tecnologías. Trigo, cebada, ganado vacuno y ovino habían comenzado a desplazarse desde regiones del sudoeste asiático hacia el este y, en el extremo oriental de ese proceso, Gansu, en el noroeste de la actual China, se convirtió en uno de los grandes espacios de contacto entre mundos que hasta entonces habían evolucionado de manera relativamente independiente. Pero una investigación publicada en la revista Cell acaba de aportar una evidencia que modifica sustancialmente la explicación tradicional de ese proceso: los cultivos y animales asociados con la agricultura occidental llegaron a Gansu, pero las poblaciones humanas de Eurasia occidental no parecen haber llegado con ellos en cantidades significativas.

El trabajo, encabezado por Qiaomei Fu, del Instituto de Paleontología y Paleoantropología de Vertebrados de la Academia China de Ciencias, es el resultado de doce años de investigación y combina arqueología, antropología y paleogenómica. El equipo logró obtener y analizar 149 genomas humanos antiguos procedentes de 11 sitios de Gansu, correspondientes a individuos que vivieron entre aproximadamente 4.700 y 3.000 años atrás. De ese conjunto, 95 proceden del enorme cementerio de Mogou, un sitio arqueológico particularmente valioso porque conserva más de 1.700 tumbas y permite observar no solamente quiénes eran genéticamente aquellas personas, sino también cómo vivían, cómo se relacionaban y cómo decidían —o decidían sus comunidades— quién debía compartir una tumba después de la muerte.

La pregunta central parecía sencilla, pero encerraba una de las discusiones más importantes de la arqueología prehistórica: ¿los nuevos cultivos y animales llegaron porque migraron grandes grupos humanos o porque las sociedades locales adoptaron conocimientos, especies y prácticas procedentes de otras regiones? En Europa, numerosos estudios de ADN antiguo demostraron que determinadas expansiones agrícolas estuvieron acompañadas por movimientos demográficos importantes. Es decir, allí no se trató solamente de que una comunidad aprendiera a cultivar un nuevo cereal: en distintos momentos también llegaron poblaciones nuevas que transformaron considerablemente el paisaje genético. El caso de Gansu, sin embargo, cuenta otra historia.

Los investigadores encontraron evidencias de migraciones e intercambios entre poblaciones de distintas regiones de Asia oriental, pero no detectaron una contribución genética identificable procedente de Eurasia occidental o central que permita sostener una migración masiva asociada con la llegada de la agricultura de origen occidental. En otras palabras, el trigo, la cebada, el ganado y otros elementos de la agricultura que se habían originado miles de kilómetros hacia el oeste pudieron recorrer Eurasia sin que sus primeros agricultores tuvieran que desplazarse junto con ellos en grandes cantidades. La agricultura pudo viajar como conocimiento, como práctica y como conjunto de recursos, incorporándose a sociedades preexistentes.

La diferencia parece pequeña, pero históricamente es enorme. Durante mucho tiempo, la expansión de una tecnología, una lengua, una forma de producción o un cultivo fue tentadoramente interpretada como consecuencia de la expansión de las personas que los habían creado. La genética antigua permite ahora separar procesos que durante décadas aparecían mezclados en el registro arqueológico. Una cultura puede expandirse sin que se produzca una sustitución poblacional, y una innovación puede recorrer enormes distancias mediante redes de intercambio, imitación, aprendizaje o adopción local. Gansu aparece así como un laboratorio excepcional para observar una forma temprana de globalización: no una globalización de mercados, naturalmente, sino una red de circulación de bienes, especies, técnicas e información a través de sociedades diferentes.

Y allí aparece la dimensión histórica más fascinante del estudio. Gansu no era una periferia aislada. Su posición geográfica la ubicaba entre el altiplano tibetano, la meseta de Mongolia y las regiones agrícolas vinculadas al río Amarillo, además de conectarla hacia el oeste con los corredores que comunicaban Asia oriental con Asia central. Mucho antes de que existiera la denominación «Ruta de la Seda», ese espacio ya funcionaba como un corredor de contacto entre poblaciones. La investigación muestra que esas conexiones no fueron un fenómeno repentino de la Edad del Hierro ni comenzaron con los grandes imperios históricos: sus raíces se hunden varios milenios más atrás.

Pero el ADN recuperado de Mogou también permite ingresar en una cuestión todavía más íntima: cómo estaba organizada aquella sociedad. El cementerio no muestra un sistema sencillo en el que todos los muertos enterrados juntos fueran necesariamente familiares cercanos. Los investigadores no encontraron una fuerte correlación entre la proximidad genética de dos individuos y la distancia entre sus enterramientos y, dentro de las tumbas colectivas, no identificaron parejas de individuos que fueran familiares de primer o segundo grado. Esto significa que compartir una tumba no dependía necesariamente de compartir sangre. Las relaciones sociales, las circunstancias de la muerte, las sucesivas reutilizaciones de los espacios funerarios y otros vínculos pudieron resultar más importantes que la genealogía inmediata.

El descubrimiento también complica las ideas demasiado simples sobre las relaciones entre hombres y mujeres en las sociedades prehistóricas. En Mogou existían diferencias en las actividades y objetos asociados a cada sexo: los hombres aparecen vinculados en mayor medida con herramientas relacionadas con la caza, la pesca y la producción agrícola, mientras que las mujeres presentan una asociación mayor con elementos vinculados al hilado. Sin embargo, esas diferencias no se traducían automáticamente en una desigualdad funeraria evidente. El análisis no encontró una asociación clara entre sexo y posición dentro del cementerio ni diferencias significativas en determinados indicadores del tratamiento funerario. Tampoco apareció un patrón inequívoco que permita clasificar a la comunidad como estrictamente patrilocal o matrilocal, es decir, organizada alrededor de la residencia sistemática junto a la familia del hombre o de la mujer.

Hay, además, un resultado particularmente inquietante. Algunos individuos con componentes genéticos considerados no locales aparecen asociados con formas de enterramiento de menor estatus. Los investigadores observaron en determinados casos una mayor probabilidad de enterramiento en sectores considerados secundarios, posiciones corporales diferentes y una mayor asociación con prácticas que podrían corresponder a personas subordinadas. La Academia China de Ciencias señala que, combinando estos datos con la existencia de algunos individuos que presentaban lesiones, una posibilidad es que algunos de ellos fueran personas procedentes de otros grupos y eventualmente cautivos de conflictos locales. Se trata de una hipótesis interpretativa, no de una identificación individual de «prisioneros», pero abre una vía extraordinaria para estudiar cómo una comunidad prehistórica podía incorporar a personas provenientes de otros lugares y asignarles posiciones sociales diferentes.

La paradoja de Mogou es entonces poderosa: una comunidad podía estar profundamente conectada con otras poblaciones sin dejar de ser genéticamente mayoritariamente local; podía incorporar cultivos provenientes de miles de kilómetros sin experimentar una colonización demográfica equivalente; podía mantener extensas redes de parentesco sin convertir el parentesco inmediato en la regla para compartir una tumba; y podía integrar personas provenientes de otros grupos en posiciones sociales diferenciadas. Lejos de mostrar una prehistoria estática, el sitio revela una sociedad en movimiento, atravesada por contactos y transformaciones, pero capaz de seleccionar qué elementos externos incorporar y cómo hacerlo.

El estudio también constituye un recordatorio de hasta qué punto el ADN antiguo está modificando la historia humana. Durante buena parte del siglo XX, la arqueología debía reconstruir las migraciones a partir de cerámicas, herramientas, estilos funerarios, restos animales y vegetales. Esos materiales siguen siendo fundamentales, pero ahora pueden cruzarse con información genética obtenida directamente de las personas que habitaron aquellos paisajes. El resultado no reemplaza a la arqueología: la vuelve más compleja. Una vasija, un cereal o una herramienta pueden viajar de una sociedad a otra sin que exista una migración masiva detrás, y el ADN puede revelar precisamente esa diferencia. La investigación de Mogou es un ejemplo particularmente claro de cómo la arqueología y la genética dejan de contar historias separadas para reconstruir una misma historia desde escalas diferentes.

La conclusión histórica es quizá la más importante: la interconexión humana no comenzó con las ciudades, los Estados, los imperios ni las grandes rutas comerciales conocidas por la historia escrita. Miles de años antes de los mercaderes que atravesarían Asia bajo los Han, los persas, los kushanes o los imperios medievales, comunidades humanas ya intercambiaban especies, conocimientos y prácticas a través de enormes distancias. Lo que cambia con Mogou es la forma de imaginar ese proceso. No necesariamente fue una sucesión de pueblos que avanzaban sobre territorios nuevos reemplazando a quienes encontraban. En ocasiones pudo haber sido algo mucho más parecido a una red: las personas permanecían, los conocimientos circulaban y las sociedades transformaban aquello que recibían para incorporarlo a su propia historia.

La prehistoria de Eurasia, vista desde Gansu, deja así de parecer una colección de comunidades aisladas que aguardaban el surgimiento de las grandes civilizaciones para entrar en contacto. Era ya un mundo de intercambios, migraciones selectivas, conflictos, adopciones culturales y transformaciones sociales. Mucho antes de que existiera la Ruta de la Seda, ya existía la necesidad humana de conectar mundos distantes. Y ahora el ADN de quienes vivieron hace entre 4.700 y 3.000 años permite empezar a reconstruir cómo lo hicieron.

Amparo Lestienne para Noticias La Insuperable


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