Trump lejos de Milei

Milei llegó a Nueva York buscando respaldo de Trump para Malvinas, pero no consiguió la reunión bilateral esperada: Trump recibió a Burnham y Milei terminó con Rubio.

Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

Milei viajó a Nueva York con la expectativa de convertir su alineamiento con Donald Trump en un respaldo concreto para la Argentina en la cuestión Malvinas. Pero el presidente estadounidense no le concedió la foto ni la reunión bilateral que la Casa Rosada buscaba, recibió al primer ministro británico Andy Burnham y, según el propio mandatario británico, escuchó y comprendió la posición del Reino Unido sobre las islas. En el medio, el Presidente argentino debió conformarse con una reunión de unos veinte minutos con el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, mientras desde Washington se ratificaron acuerdos económicos y estratégicos que colocan a la relación bilateral en un terreno mucho más amplio que la causa Malvinas.

La escena resulta particularmente significativa porque el propio Milei había explicado que el giro de su Gobierno sobre Malvinas estuvo directamente disparado por una declaración de Trump. En una entrevista concedida días atrás, el Presidente afirmó que la decisión de endurecer la posición argentina surgió después de que su par estadounidense dijera que estaba revisando la posición histórica de Washington frente a la disputa. Sobre esa base, Milei construyó durante septiembre una ofensiva diplomática que incluyó una cadena nacional, anuncios de sanciones contra empresas que operen en las islas, una agenda específica en Naciones Unidas y la expectativa de conseguir que Estados Unidos abandonara su tradicional posición de neutralidad. EFE consignó que el propio Milei atribuyó explícitamente ese cambio al comentario de Trump.

El problema apareció cuando llegó la hora de transformar esa expectativa en una señal política concreta. Trump no se reunió bilateralmente con Milei en Nueva York, pese a que ambos coincidieron en la sesión del denominado “Escudo de las Américas”. El mandatario argentino había elogiado públicamente al estadounidense antes del encuentro y había definido su liderazgo en términos extraordinariamente elogiosos. Trump, por su parte, volvió a mencionar a Milei durante esa actividad y calificó como una “gran victoria” el resultado obtenido por el Gobierno argentino en las elecciones legislativas de 2025. Es decir: hubo respaldo político público, pero no hubo la fotografía bilateral ni el encuentro presidencial que la delegación argentina buscaba.

La diferencia quedó todavía más expuesta por la agenda que Trump sí concretó. El presidente estadounidense recibió al primer ministro británico Andy Burnham durante más de treinta minutos y la cuestión Malvinas estuvo sobre la mesa. Después de la reunión, Burnham aseguró que había explicado directamente a Trump la posición británica sobre la autodeterminación de los habitantes de las islas y que el presidente estadounidense había respondido que comprendía por qué el Reino Unido sostenía esa postura. La secuencia tiene un peso diplomático evidente: mientras Milei buscaba que Trump utilizara su influencia para acercar a Washington al reclamo argentino, Trump escuchaba personalmente al jefe del Gobierno británico.

La Casa Rosada intentó entonces sostener el vínculo por otra vía. Milei se reunió con Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos, en un encuentro de aproximadamente veinte minutos en el que se abordaron inversiones, energía, minerales críticos, agricultura, seguridad y la profundización de la alianza bilateral. La cuestión Malvinas también quedó incorporada a la conversación, aunque el canciller Pablo Quirno evitó confirmar públicamente que hubiera existido un pedido concreto de Milei a Rubio para que Washington modificara su posición sobre la disputa. La diferencia entre una reunión con el Presidente estadounidense y una reunión con su canciller no necesita demasiada interpretación: muestra hasta dónde llegó, al menos por ahora, el canal diplomático conseguido por la Argentina.

Y allí aparece una contradicción que atraviesa toda la estrategia internacional de Milei. El Gobierno argentino presentó el alineamiento con Trump como una herramienta para recuperar peso internacional y fortalecer la posición sobre Malvinas, pero Washington maneja su relación con Buenos Aires dentro de una agenda propia, donde los minerales críticos, la energía, la seguridad, la agricultura y la competencia geopolítica tienen un lugar central. El vínculo bilateral se profundiza, pero eso no significa que Estados Unidos haya asumido la posición argentina sobre las islas. De hecho, la propia secuencia de Nueva York muestra que la administración Trump mantiene abiertos sus canales con Londres al mismo tiempo que estrecha la cooperación con Buenos Aires.

Discurso

El discurso de Milei ante la Asamblea General de Naciones Unidas buscó, precisamente, convertir esa diferencia en una presión internacional. Malvinas ocupó un lugar central en su intervención, después de que el Presidente ya hubiera anunciado desde Buenos Aires que las islas son argentinas, que el Reino Unido mantiene su ocupación desde 1833 y que la cuestión forma parte de una política de seguridad nacional vinculada con el Atlántico Sur, los recursos naturales y la proyección estratégica argentina. La posición argentina sobre las islas se encuentra además incorporada a la Constitución Nacional y la disputa de soberanía es reconocida por Naciones Unidas, que desde la Resolución 2065 impulsa la negociación entre la Argentina y el Reino Unido.

Pero el discurso de Milei también volvió a mostrar otra característica de su política exterior: la paradoja de cuestionar duramente al sistema multilateral mientras busca utilizar el principal foro multilateral del planeta para instalar el reclamo argentino. En su tercera intervención ante la Asamblea General, el Presidente volvió a cuestionar el funcionamiento de Naciones Unidas y su papel en los asuntos internacionales, al mismo tiempo que utilizó la tribuna para reclamar por Malvinas, defender el desarrollo de la inteligencia artificial sin regulaciones que considera excesivas y reivindicar su alianza estratégica con Estados Unidos e Israel.

El contraste con Trump es todavía más interesante porque el presidente estadounidense también utilizó la Asamblea General para plantear una agenda fuertemente unilateral, con énfasis en la seguridad, el poder estadounidense y la relación de Washington con América Latina. Sin embargo, compartir una visión política general no significa compartir automáticamente cada objetivo de política exterior. Trump puede respaldar a Milei como aliado político, celebrar sus resultados electorales y profundizar acuerdos económicos con la Argentina sin comprometerse con el reclamo diplomático que el Gobierno argentino pretende instalar frente al Reino Unido.

Para Milei, la cuestión tiene además una dimensión política interna. Después de años en los que su Gobierno había mantenido un perfil menos enfático sobre Malvinas que el adoptado durante este mes, el Presidente decidió convertir la soberanía en uno de los ejes de su agenda internacional. Él mismo explicó que el cambio estuvo vinculado con Trump. Por eso, la ausencia de una foto con el mandatario estadounidense y el encuentro de Trump con Burnham adquieren una relevancia que excede el protocolo: la Casa Rosada había apostado buena parte de su nueva estrategia malvinera a la posibilidad de que Washington modificara su posición, y la escala de Nueva York mostró que esa modificación todavía no se produjo.

Mientras tanto, Estados Unidos sí ofrece a la Argentina algo concreto: financiamiento e inversiones potenciales en sectores considerados estratégicos por Washington, particularmente energía y minerales críticos. En paralelo, ambos gobiernos profundizan la cooperación en seguridad y agricultura. Es un vínculo importante y en expansión, pero con intereses recíprocos definidos. La administración Trump busca recursos, mercados, seguridad hemisférica y posiciones estratégicas; el Gobierno de Milei busca inversiones, respaldo financiero y una relación privilegiada con Washington. Malvinas forma parte de esa negociación diplomática, pero no la determina por completo.

La imagen que deja Nueva York, entonces, es bastante más compleja que la de una alianza automática entre dos presidentes que comparten buena parte de su lenguaje político. Trump respaldó públicamente a Milei, pero no le concedió la reunión que la delegación argentina buscaba; recibió a Burnham, escuchó la posición británica sobre Malvinas y, en paralelo, su secretario de Estado recibió al Presidente argentino para avanzar sobre una agenda bilateral más amplia. La relación entre Washington y Buenos Aires continúa siendo estrecha, pero la visita de Milei dejó expuesto un límite: una cosa es la sintonía política con Trump y otra, bastante diferente, es conseguir que Estados Unidos adopte como propia la estrategia argentina sobre las Malvinas.

Y esa diferencia quedó registrada justamente en Nueva York, donde Milei fue a buscar a Trump y terminó hablando con Rubio, mientras Trump hablaba con Londres. La diplomacia internacional, a diferencia de las redes sociales, no funciona solamente a fuerza de elogios, fotografías o afinidades ideológicas. También se mide por quién se reúne con quién, qué temas se ponen sobre la mesa y qué compromisos concretos aparecen después. En ese terreno, la visita presidencial argentina dejó una conclusión factual mucho más precisa que cualquier consigna: la alianza con Washington existe, pero el respaldo estadounidense a la posición argentina sobre Malvinas sigue siendo una cuestión abierta.


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