Ciudadanía Cero

Por Alejandro Enrique para La Insuperable

La centralidad política de Cristina Fernández de Kirchner desvela a especuladores y beneficiarios de prebendas. También a los que anhelan membresía activa poselectoral en el club del cambio. Un frente que se denomine Unidad Ciudadana desafía, además, las pautas culturales impuestas a golpe de marketing en los últimos tiempos. No sin esfuerzo comunicacional, cierta terminología cayó en desuso, languideció o empezó a sonar extrañamente solemne. La palabra ciudadano —y todos sus derivados—, en concreto, se tornó cada vez menos frecuente en el discurso político de mayor difusión. La tan mentada hegemonía cultural, la prepotencia mediática y el centralismo burocrático porteños se encargaron de llenar con artificios ese campo significativo. La Ciudad de Buenos Aires, tras una década de administración pro-macrista, logró erradicarla de la oralidad. Confinada a un reducido número de documentos formales, se acercó peligrosamente a la categoría de fósil lingüístico. Permaneció únicamente como sinónimo de urbano. La invocación al vecino se convirtió en rasgo esencial de la propaganda del oficialismo porteño. El voseo y el estilo casual, desenfadado o frívolo, naturalizaban la carencia.

Volver a hablar de ciudadanía, pasear el nombre Unidad Ciudadana por los medios y plasmarlo en letras de molde representa una insolencia mayúscula, sobre todo porque a partir de diciembre de 2015, por carácter transitivo o cambio cultural reglamentario, la exclusión del vocablo terminó de nacionalizarse, acompañada de una desnaturalización del orden habitual y lógico de dos apreciadas construcciones nominales: la Ciudad de Buenos Aires reafirmó su mutación a Buenos Aires Ciudad y la Provincia de Buenos Aires pasó a ser Buenos Aires Provincia; triste remedo de estructuras del habla de otras latitudes. Artificiosidad nominal creciente, nueva comunicación chatarra y ciudadanía cero no se lograron sólo por decreto, requirieron trabajos extras e inversión, asesorías, consultores inescrupulosos devenidos en proveedores del Estado, censura encubierta y propaganda, entre otros factores. Los recortes en tamaña cruzada, naturalmente, serían inimaginables. La macdonaldización de la sociedad, panacea del capital privado, es ideal si consume recursos públicos.

Las palabras ciudadana, ciudadano y ciudadanía, desde luego, guardan una débil relación con otras como vecina, vecino y vecindad. El contenido político trascendente queda reducido a la mínima expresión o, sin más, desaparece. La sustitución es una pérdida que va más allá de lo simbólico al convertirse en sentido común de prácticas cotidianas. El vecino apolítico recobra valor social en el marco discursivo de la anti política, es decir, el lenguaje de los que hacen, viven y disfrutan de los beneficios de la política con el traje de gestores neutrales o titulación de gerentes. El habitante representado por expertos —indiscutidos moralistas de la modernidad ejecutiva— aparece, entonces, como el vecino ideal: participa en las minucias, responde encuestas, cree en el futuro, ridiculiza los derechos ajenos y se avergüenza de los pocos que aún conserva. La buena vecindad se forja tanto en la mesura como en el desahogo de la reproducción del zócalo televisivo entre pares o amigos.

Unidad Ciudadana perturba a los cultores del vecinalismo, a esos mismos que lograron imponer un sentido peyorativo al término populismo y hacerlo extensivo a cualquier alusión al pueblo o a lo popular. El cambio cultural que persigue la nueva política, la que se niega a sí misma por simple prerrogativa plutocrática, se apoya en el deslizamiento de significados y en la construcción de solecismos cívicos. También en falacias motivacionales orientadas a estructurar la resignación. En el frente de batalla cultural no aflora el lenguaje áspero del ajuste, el que hiere, sino que impera el artificio léxico, un fraude simbólico, antesala del verdaderamente ansiado para urnas esquivas o futuros escrutinios electrónicos —digitalizados— a digitar.

Las ironías del forcejeo cívico nominal se plasmaron en la protesta judicial de la “Agrupación Vecinal Unidad Ciudadana”, que pidió la impugnación del frente liderado por Cristina Fernández de Kirchner por similitud sonora —no semántica— en las denominaciones. La justicia electoral bonaerense desestimó la trasnochada solicitud con fundamentos sencillos, previos al ineludible “no ha lugar”. El episodio, casi ridículo, tuvo eco mediático. Los indignados tampoco se abstuvieron. Nada es desechable: las nimiedades cuentan. Todo suma para abrumar. La batalla cultural es, en realidad, una guerra de símbolos disparados a la cotidianeidad; por ende, se libra en todo campo y circunstancia propicios. Es una clave que no habría que perder de vista.

@ale_enric

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