De letra chica, ajuste y viejos amigos

Por Onó el Insuperable

Como suele suceder tradicionalmente, el verano depara sorpresas económicas en apariencia poco reconfortantes. El tembladeral de bolsillos encuentra al grueso de la oposición —hoy lánguida y apegada a los buenos modales, como corresponde— de vacaciones, a soleada distancia crítica, con los celulares atornillados a las redes sociales para retrucar, con elegancia verbal o chicana edulcorada, los tentadores bluff recreativos con los que el durambarbismo anima la colonia política estival.

El dólar, primer precio de la economía argentina según detractores de la moneda nacional, flirtea con los veinte pesos. El transporte estrena su tablita de aumentos del año aunque Machinea no haya intervenido. En sociedad con los combustibles, remontan hacia las alturas el barrilete que los materialistas ven como la suba del costo de servicios y productos básicos. El Banco Central, con el poder de su fuego avivado por el fuelle del endeudamiento, se ríe de los pronósticos de corridas. A la sombra de tiernos créditos UVA para muebles e inmuebles, monotributo y empleos dignamente precarios, las voces del cambio, a la par de las de los economistas fascinados con el macrismo de vanguardia, enrostran al primer escéptico que se les cruza los maravillosos números del tan necesario ilusionismo veraniego. Si no bastara con las cifras, el tiro de gracia argumental llegaría con las loas a tanta iniciativa loable, valga la redundancia, en favor de la ética pública y del incentivo al progreso del necesitado más meritorio.

En realidad, cada anuncio grandilocuente del gobierno es como los contratos celebrados por consejo de entusiastas aunque inescrupulosamente simpáticos vendedores: sus bondades se desintegran al caer el rayo de la letra chica pero, ¿quién le quita al deudor los cuatro días del bien o servicio disfrutado? Desde la cruzada presidencial contra el nepotismo hasta los destellos fatuos del remozado Plan Progresar, cada iniciativa tiene su contracara en cláusulas de tipografía microscópica. O su imprescindible ajuste, encubierto pero necesario. Un verdadero diccionario de antónimos de la nano-burocracia. Signo de modernidad, no cabe duda, si se sabe apreciar el verdadero equilibrio entre innovación,  placer auditivo y cuentas públicas.

Para matizar el tórrido periodo, reaparecen viejos asesores regionales, académicos gringos, sentimentales y buenos amigos de la Argentina, que siempre tuvieron a flor de labio un consejo desinteresado, un elogio a Mingo o al bife de chorizo. En estos días le tocó a Jeffrey Sachs, hombre de Harvard pero ciudadano del mundo, con singular apego a Latinoamérica —su entrañable “latam”, si abreviamos con estilo paper digital—, habilitado para destacar, sin pelos en la lengua, a través del medio vernáculo que desee publicar sus calificados juicios, la racionalidad de nuestro Mauricio por sobre la irracionalidad de su Donald.

Clarín, 1/2/2018 | La Nación, 8/10/2001

Lo cierto es que Jeffrey nunca nos abandonó: en aquellos difíciles tiempos del 2001, aconsejó salir del atolladero con una dolarización pura y dura, más contundente que el tibio uno a uno imperante; aunque es justo decir que aclaró que esa puerta no era magia pura y que, si en verdad deseábamos  conejos brotados de la nada, no deberíamos despreciar los servicios, a tiro de chistera ministerial, de un auténtico mago, Domingo Cavallo:  “Si alguien puede sacar un conejo de la galera en este momento es él. Cavallo es un excelente ministro de Economía”, nos educaba con bonhomía en aquel entonces, más precisamente un 8 de octubre de 2001.

Teniendo hoy en día en el gobierno a casi todos los funcionarios que actuaban en esa época, las nuevas declaraciones de Sachs —sin hablar de los buenos presagios que se avizoran con su regreso— deberían tomarse como una brisa estival cargada de alivio esperanzador, no apta para escépticos y, menos aún, espíritus críticos anclados en viejos esquemas de la cognición, como aclaró oportunamente el jefe de gabinete, seguidor del estado del arte de la filosofía, recuérdese, a través del egregio pensador que lo asesora en palacio para “el análisis y transmisión de las políticas públicas, ideas y toma de decisiones en relación a la comunicación oficial”.

Con este panorama,  quien se focaliza en el detalle de las letras chicas,  los precios de combustibles y transporte, alimentos, prepagas y demás productos o servicios anclados a la aspereza de lo cotidiano, lo único que logra en realidad es que el bolsillo no le deje ver el refinado traje, sin corbata, que lucirá el país cuando el cambio sea por fin una panacea. No justipreciar señales tan luminosas como el regreso de los amigos, reclamar ferocidad al opositor o malinterpretar lapsus del tipo pasado por futuro, podría llegar a angustiar sin motivos a la ciudadanía, siempre proclive a aferrarse a esos viejos esquemas mentales ligados al estómago, la salud —que, ya se sabe, va y viene—, la billetera y el vil salario. ¿O no?  

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