Dolor país 

Por Ariel Fernández para Nuestras Voces

Me pesan los ojos, los últimos años cayeron como mazazos en mi cuerpo, en mi cabeza, en mi espíritu. Me causa gracia hablar del espíritu pero es así, si me duele algo es el espíritu. Queda lejos la idea, la intención (seguramente el anhelo) de cierta impunidad que me protegía al nacer en el año 83. Eso para mí siempre fue (era) una marca que me permitiría vivir en un país que me mantendría lejos de los relatos escalofriantes con los que crecí, sin embargo (y manteniendo las distancias obvias) un nudo en la garganta vuelve después del 2001. Otra vez leo a Silvia Bleichman, con lo que llamó Dolor país donde se preguntaba por el sentir de un pueblo mientras nuestras subjetividades se sumían en el dolor. Una páginas me sacuden, me lastiman pero no puedo dejar de leerlas.

“Si la sensación térmica es una ecuación entre temperatura, vientos, humedad y presión atmosférica, ¿por qué no emplear combinadamente las nuevas estadísticas de suicidio, accidente, infarto, muerte súbita, formas de violencia desgarrantes y desgarradas, venta de antidepresivos, incremento del alcoholismo, abandono de niños recién nacidos, deserción escolar, éxodo hacia lugares insospechados… para medir el sufrimiento a que somos condenados cotidianamente por la insolvencia no ya económica del país sino moral de sus clases dirigentes? (…) El “dolor país” se mide también por una ecuación: la relación entre la cuota diaria de sufrimiento que se le demanda a sus habitantes y la insensibilidad profunda de quienes son responsables de buscar una salida menos cruenta.(Silvia Bleichman. Dolor país. pp. 27 y 29).

Hoy la manera de medir las cosas me parece que no puede ser otra que el dolor, en términos genéricos y en términos específicos, aunque no faltará aquel que responda a la realidad del país con algún logro o avance personal. Y ese es el problema, y quizás ahí radica mi pesimismo.

El día a día me duele, pero no es como una raspadura a la que le podemos poner una curita. Es un sobrante de malestar que hoy toma dos caminos: el escepticismo de comienzo de siglo, o una angustia que termina siempre en agresividad o fastidio constante.

Un compañero, amigo me dice que hay que ganar la calle, yo últimamente le digo que ya no hay nada que ganar. Y me duele mi propia respuesta. Una actitud similar a la que tuve con Carola cuando por su fuerza y su espíritu me alentó para ser parte de diferentes manifestaciones populares en las cuales me identifico, pero contra mi voluntad y mis ideas ya casi no creo.

Entonces me pesa mi quietud, mi parálisis, entonces me doy cuenta que como no pasaba hace mucho tiempo, me duele el país. Me duele Santiago, y su muerte y más me duele las burlas sobre su desaparición y también (aunque parezca increíble) cierta alegría por su muerte. Me duele Rafael, su tiro en la espalda y el silencio de la sociedad (no toda, pero sí una porción suficiente para el dolor). Me duele la represión, me duelen las balas, me duelen las fábricas que cierran y los teatros que ya no abren. Me duelen los jubilados, los enfermos y los que tienen que curar, la educación y el ataque a quienes tienen que educar. Me duele la hipocresía, el cinismo,la deuda, el FMI… ver tantos desclasados anestesiados.

Otra vez duele el país, pero no me animo a preguntarme por el después. Pero me duele cada vez más que nadie haya entendido que la patria es el otro. Me duele que nadie puede reflejarse en ese otro sin el que no existimos. Me duele el país, como nunca me había dolido.

En estos momentos queda mirarse, escucharse y saber que la esperanza que nos han robado en estos últimos años no puede ser eterna, porque es imposible que por mucho tiempo, el amor no venza al odio.

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