Señales y escenografías

En la Argentina gobierna el PRO, con su impronta e ideología. No hay hechos aislados sino plan de gobierno. Cambiemos es una construcción escenográfica, a esta altura inverosímil.

Por Alejandro Enrique  @ale_enric  para La Insuperable

El horizonte aspiracional de las clases medias se esfumó en un solo año de gestión PRO: el primero de Mauricio Macri, 2016. De ahí en adelante se han acumulado señales suficientes como para inferir un deterioro notable en los niveles de vida de la mayoría de la población, más allá de que cada una de ellas sea interpretada por el oficialismo y sus satélites ubicuos como excepción, retroceso para tomar impulso o inevitable medida para asegurar un promisorio futuro sustentable.

Dos campañas preelectorales, más de la mitad de un periodo a cargo del ejecutivo nacional y de los principales distritos, mostraron que el interés en constituir una alianza como Cambiemos no tuvo que ver con la voluntad de ofrecer a la ciudadanía una alternativa plural, sino con las necesidades de infraestructura territorial  e imagen del PRO, que impuso en forma contundente su plan de gobierno, cuyo equívoco esbozo jamás superó la categoría de eslogan de ocasión entre frases alusivas al edén republicano por venir con la coalición del cambio.

Tras una fachada de civilizada armonía, con la presencia decorativa de la UCR, el trabajo aliancista se centró en difundir una imagen de progresismo federal enriquecido, moderno, profesional, opuesta a la aspereza ideológica del partido de ultra derecha fundado por Macri en la Ciudad de Buenos Aires, y en fidelizar a los distintos estratos del electorado con mensajes especialmente seleccionados para impactar en cada segmento, de acuerdo con motivaciones, fobias o intereses predeterminados.

Imagen: http://www.puebloregional.com.ar

Empeñada también en crear expectativas de inminente bonanza, con la ventaja de jamás haber hecho explicito el plan de gobierno, la alianza funcionó como blindaje complementario al de los medios dominantes: ante cada medida impopular, frente a cualquier atropello institucional, redobló esfuerzos para mostrarlos como hechos aislados, como anomalías, no como parte de un esquema planificado. En la política real existe el PRO. La Alianza Cambiemos es un elemento más de su propaganda.

Aunque la derecha vernácula tiene representantes en todos los movimientos, partidos y agrupaciones, el PRO se especializó en reclutar a los más rancios. Nacido de un oportunismo vecinalista montado en tragedias, poco a poco fue formando una élite de dirigentes identificados con el conservadurismo menos escrupuloso, que supo tentar a figuras de pensamiento e intereses afines gracias a una propuesta nada republicana pero sí muy atractiva: subordinar de manera absoluta las estructuras de la administración pública a los intereses personales, familiares y empresariales de quienes se uniesen con pergaminos válidos en mano. Una construcción rica en antecedentes históricos pero nunca antes perfeccionada de tal manera en el país.

La Red de Redes de Cambiemos es una estructura que trasciende su base de inspiración, es decir: la corrupción sistémica. Se puso en marcha en el gobierno de la Ciudad, se fortaleció, aceitó mecanismos y se extendió en tiempo y jerarquía hasta llegar al nivel administrativo nacional, con el aval tranquilizador de la hegemonía político-económica alcanzada en 2015. Una suerte de esquema estilo Ponzi, con los hijos del PRO llamados a perpetuarse en beneficios y los entenados de Cambiemos que, por un lapso acotado, disfrutarán de gordas migajas a las que no estaban acostumbrados, en tácita asociación con la comparsa de “opositores responsables”. Así las cosas, ante posibles fracasos por agotamiento del esquema, la muerte política sería para los entenados, reserva futura de chivos expiatorios y material consumible de escarnio público. No es casual que algunos títeres, mal y tarde, intenten presumir al menos una pizca de independencia moral del titiritero.

Imagen: http://www.tucumanalas7.com.ar

La perspectiva de extender la hegemonía PRO en la política nacional no parece en absoluto ligada al éxito de la conducción económica. Mucho menos aún a la posibilidad de mostrar logros en áreas sensibles como salud o educación. Todo apunta a la misma suposición: cuando las señales negativas ya no puedan reinterpretarse libremente como aisladas, serán ignoradas sin más trámite. El endeudamiento, los déficits y la inflación que sostienen la matriz especulativa  son inherentes al plan innegociable que se desarrolla sin pausa para beneplácito minoritario. Cabría esperar, sí, una más acentuada degradación institucional: menos democracia, menos división de poderes republicanos y menos límites para la imposición de reglas de juego arbitrarias.

Oposición moldeada

La reciente intervención al Partido Justicialista podría descifrarse a la luz de muchos supuestos, aunque verla como el puntapié inicial de un ciclo táctico más virulento de la reiterada estrategia de aniquilar cualquier disidencia y moldear a los competidores no sería para nada descabellado. En Latinoamérica cae un diluvio sostenido de maná fertilizador para los modelos autocráticos. Ningún partido de extrema derecha de la región estaría dispuesto a dejar pasar la oportunidad, menos todavía si ha previsto una cantera lo suficientemente grotesca de chivos emisarios para sacrificar en inciertos periodos de sequía que, alguna vez, podrían llegar.

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