Ajedrez y neoliberalismo

Por Rafael Laborian, especial para Noticias La Insuperable ·

Anton Kovalyov con pantalones cortos en la Copa del Mundo de Ajedrez, Georgia, 2017.

El ajedrez mantuvo desde siempre estrechas relaciones con la política. La Guerra Fría las puso en primerísimo plano en la segunda mitad del siglo XX con los resonantes duelos Spassky-Fischer y Karpov-Korchnoi como focos de atracción propagandística. Con el Muro de Berlín tambaleando afloraron nuevos intereses: la insolencia del talentoso Kasparov, cultor de una mediática y agresiva fanfarronería, fue luz de la Perestroika que ensombreció por ínfima diferencia una genialidad menos aparatosa, más sobria y exenta de petulancia como la de Anatoli Karpov.

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La aspiración a convertir en botín la mítica jerarquía intelectual del juego ciencia nunca dejó de atraer a ideólogos contemporáneos ávidos de logros a refregar en las narices del vulgo. Tanto la búsqueda de supremacía competitiva en épocas del mundo bipolar como la intención de prestigiar una postura político-económica a través de la financiación de torneos o encuentros resonantes se impusieron como habituales en el ámbito ajedrecístico moderno.

Sin cortina de hierro pero con mucha actividad competitiva alrededor del mundo, con sitios web, canales virtuales y la indiscutible certeza de que las diferencias entre el ajedrez de las máquinas ─que hasta cuenta con sus propios enfrentamientos entre desarrollos de software─ y el de las personas de carne y hueso son insalvables, los torneos magistrales se han convertido en vidriera de tecnologías de control en pro del juego limpio ─es decir: sin asistencia computacional de ningún tipo─,  la seguridad, el despliegue organizativo, las apariencias y el singular glamour que las estrellas del tablero se afanan por perfeccionar.

Todo lo que en nuestros días rodea  a los tableros parece una vidriera de la estética y los valores que sostienen los nuevos conservadores y pseudo-liberales que se enseñorean en occidente coqueteando con el neofascismo. Hacer más mediática y espectacular la competencia del estrellato es una necesidad propagandística aún no satisfecha del todo para los mecenas ávidos por mostrarse y difundir su ideario.

El ultraderechista polaco Janusz Korwin-Mikke, ante un tablero de ajedrez.
El ultraderechista polaco Janusz Korwin-Mikke, ante un tablero de ajedrez

El prestigio cognitivo, la seriedad y los altos estándares de creatividad regidos por el imperio de la precisión y el cálculo complejo a explotar como apropiación de cualidades superiores por simple contigüidad de esponsoreo e imposición de formalidades organizativas, sin embargo, encuentran en la actualidad un obstáculo en la silenciosa austeridad, escasez de emociones y lenta dinámica de la imagen tradicional que el juego supo forjar a lo largo del tiempo en el imaginario popular.

Tal vez  todos aquellos que con buenas intenciones bregan por llevar el ajedrez a la escuela y a todos los ámbitos de la cultura y de la educación pronto se sorprendan ingratamente. Se transita un camino que lleva hacia un deporte cada vez más inclinado a la especulación, cerrado,  jerarquizado en grado superlativo en función de intereses corporativos y conservador a pesar de las mutaciones que se avecinan para potenciar el espectáculo.

En 2019 no habrá Olimpíadas ni match por el título de campeón del mundo.  Es posible que durante este próximo remanso se fuercen cambios estructuralmente significativos para convertir la competencia ajedrecística en atracción de consumo acrítico, con más emociones pasajeras, polémicas viralizables y una dinámica circense tendiente a una comercialización más fuerte de lo frívolo e insustancial pero con el halo de pulcritud, orden y disciplina del que gusta hacer gala el nuevo mecenazgo.


 

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