Alaridos de bienestar

SÁTIRA | Por Onó, el Insuperable ·

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Nuestros líderes tuvieron que ponerse firmes. No son tiempos para diplomacia de andar en casa. El grito tenía que llegar y llegó, tan educativo como la bofetada dada a tiempo al párvulo contestador. Mauricio, María Eugenia, Horacito, Garro y hasta el sibarita Martiniano tuvieron que aporrear el atril para meter en cintura a los que se hacen los burros cuando de comprender las bondades del cambio se trata.

La arenga en esta ocasión tuvo que ser a voz en cuello. Así nuestros adalides, al tiempo que retemplaban el ánimo de la tropa fiel, de paso le mostraban los dientes a los incrédulos consuetudinarios. Con los decibelios ajustados al máximo para la caja de resonancia del Congreso, El Estadista remarcó datos precisos, cifras irrefutables y dio información contundente como prueba de la bonanza sin precedentes alcanzada en su gestión.

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María Eugenia, exenta de la crispación que impusiera la jefa de la banda en retirada pero con atildado tono castrense, recurrió a su autoridad cual espartano soliviantado por la imperfección. Dejó en claro que en el ejército del cambio no se tolerarían ni la indisciplina, ni las taras demagógicas ni los maestritos insolentes. Blandió certezas a diestra y siniestra. Los populacheros infiltrados que la escuchaban sintieron más pánico que persa en desfiladero de Termópilas.

 

Martiniano, con la misma garra que Julio en La Plata, transpiró la camisa celeste en la cocina municipal del cambio para sazonar su discurso con explosivos jalapeños verbales, recurso inestimable, picante si los hubiera, cuando la plebe se niega a ver las evidencias de que Quilmes y el edén son la misma cosa.

Los cinco asumieron el venerable tono de patrón de estancia ─incluso el citadino Larreta, faraón del urbanismo por antonomasia─, tan necesario cuando las rémoras del libertinaje amenazan fortalecerse. Nunca más acertado el rescate del estilo  firme y atronador del propietario de la tierra que lucha contra la holganza para hacer rendir al máximo cada surco. Un homenaje sin duda al carácter aguerrido de este tipo humano ejemplar que guía al excelso equipo.

Todos sabemos que la Patria es el campo. Todos somos el campo cuando el populismo quema. Y el país es como una gran estancia pletórica de cultivos a los que, con trabajo duro pero gratificante, hay que mimar desde la siembra a la cosecha, como supo enseñar el Momo, otro de los tácitamente homenajeados entre alarido bien modulado y sonoro puñetazo en el escritorio de nuestros estadistas.

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Así se vive un bucolismo que ni Virgilio hubiese imaginado más feliz: el patrón en las casas o la metrópoli, haciendo números, y la peonada disfrutando la naturaleza a pleno, de sol a sol. Madrugar, trabajar y agradecer el bocado, sea rancho o galleta. De la siega a la siembra, austeridad. Moderación en la cosecha. En el tiempo libre, mejoras al establecimiento. Lo mismo que exigen Mauricio y María Eugenia, a veces incomprendidos por tan adelantados.

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Pero nunca falta el sotreta que pretende reemplazar la noble alpargata por calzado de cuero, como precisa el patrón para trajinar oficinas y sociedades rurales. Ni el insolente que lo mira a los ojos para exigirle el oro y el moro o, peor, la chancha, los veinte y la máquina de hacer chorizos para empanar en los actos antigobierno.

Ahí es cuando el estanciero de pro debe pegar el grito aterrador para holgazanes. Ese es el instante preciso para volver a la realidad a los desacatados, incautarles los discos de Cafrune y estaquear a los cabecillas. Lo que le sirve a la estancia también le sirve al país. Una verdad más grande que los setenta años de ruinosa peronia y los doce de cleptocracia K juntos.

El populismo es una adicción incurable. Se salvan solamente los que jamás lo probaron, los inmaculados. Ni el plebeyo, ni el edil, ni el tribuno están exentos de una recaída. Mauricio y los de su riñón, junto al noble hacendado, son los únicos que no registran contaminación previa. Su misión es despertar a los potenciales reincidentes. Si es menester, a los gritos. Hay que levantar la voz para remarcar el bienestar. Por eso, querido vecino de orden, se impone la obligación de festejar los alaridos salvadores de nuestros adalides. Hay que gritar más para salvar la siempre asediada pero paradisíaca república del cambio. ¿O no?


 

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2 Comments

    1. Honorable Norita san: No ignoro la tarea ciclópea del buen Martiniano en Quilmes. Admiro tanto al político hacedor de la felicidad vecinal como al cocinero cuyos platillos celestiales me transportaran en más de una ocasión al nirvana. Me duele el epíteto populista que me dedica, especialmente esa endemoniada letra K. Soy macrista de la primera hora y con orgullo me declaro entre los fundadores espirituales y culinarios del señero Grupo Sushi. La invito a reflexionar sobre su apresurado juicio para conmigo. El dolor de la injusticia es más grande sabiendo que es usted de la estirpe del egregio Inspector Baigorri, héroe de la División Homicidios de la mejor policía del mundo casi un siglo atrás (su recta figura la inmortalizó José Slavin en la pantalla chica). Por favor medite y honré a sus antepasados como lo hago yo con los míos. Un mandala ayudaría mucho.
      Suyo afectísimo,
      Sensei Onó, el Insuperable

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