100 años

Por Débora Mabaires ·

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Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de la mujer que vino a cambiarlo todo. Esa que un día se cansó de dar explicaciones y de pedir permiso. La que llegó para mostrar al mundo que esta nación la hacen los trabajadores y no los fugadores de divisas o los dueños de las vacas, a las que sólo ven de cerca cuando están en su plato en forma de bife.

La que vestida de oropeles, no se dejó arrancar el alma para obtener una joya más o un abrigo de piel, porque su piel era su abrigo.
Ella, la que encontró la grandeza de la miseria, la que fue odiada desde pequeña, por ser la hija bastarda del oligarca del pueblo, la que habiendo vivido en las murmuraciones de los que odian, habló con voz potente y sin remilgos ante los despojados de todo.

Se forjó en la dignidad con su madre, la que le marcó el alma para luchar por los derechos de las mujeres a tener un trabajo con el que salir adelante, en un mundo donde para trabajar fuera de casa había qu pedir permiso al padre o al marido.
Cuando tuvo poder en lugar de darles bolsas de alimentos o limosnas , eligió darles una máquina de coser para que puedan vender su trabajo y erguirse vertical en un mundo que las humillaba por su condición de género.

Para ella todo lo construído era poco. Le arrebató a la oligarquía la formación de enfermeras y las transformó en un cuerpo de elite que sabía manejar jeeps y tirarse en paracaídas, así como también a pilotear avionetas.

No se puede hablar de ella sin hablar de su profundo amor por el prójimo, y del odio tremebundo que generó en sus detractores, que al día de hoy, tratan de destruir su imagen, su nombre y su obra.

Para entender la grandeza de sus actos, hay que comprender en qué realidad vivían los argentinos de su época.

Desde 1829, los pobres eran atendidos por la Sociedad de Beneficencia que había creado Rivadavia con la intención de quitarle poder a la Iglesia. 110 años más tarde, en un informe del Congreso quedó plasmada para la posteridad cómo ese grupo de oligarcas usaban a los pobres en su propio beneficio haciéndolos sus esclavos.

En 1939, el diario de sesiones de la Cámara de diputados, destacó que algunos empleados de la Sociedad de Beneficencia trabajaron de 12 a 14 horas diarias con un sólo día de descanso cada 10 o 15 días. Algunos no tenían ni un día libre . El sueldo era de 45-90 pesos durante una época en la que el sueldo mínimo era de 120 pesos.

Los orfelinatos eran edificios grandes y austeros con pasillos fríos y ventanas opacas para que los niños internados no podían ver afuera ni ser vistos de afuera.
Vestidos con los mismos uniformes grises, las cabezas rapadas, llamados no por su nombre sino por el número cosido a su ropa. Se los entrenaba para el trabajo. Las niñas trabajaron largas horas confeccionando ajuares para los bébés, y ropa de blanco de las damas ricas que dirigían los asilos.

Los niños sólo dejaban los asilos durante los la época navideña para pararse en las calles y mendigar dinero para la Sociedad de Beneficencia.
El 95% de los fondos recaudados se usaban para pagar los salarios de las damas de caridad; sólo un 5% se destinó a mantener las obras.

Cuando ella llegó, salió el Sol.

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El gris de los uniformes fue cambiado por ropa igual a la de los demás niños.

Construyó veinte Hogares Escuela.

Los niños asistían a las escuelas públicas y cada uno mantenía los lazos con su familia nuclear siempre que fuera posible. Integración, no segregación, era el lema de cada Hogar Escuela.

El cerco que rodeaba los edificios nunca llegaba más alto de un metro.
Los edificios eran típicos de la arquitectura de la Fundación: estilo californiano misionero, amplios y bien iluminados, con techos de tejas rojas, muros blancos y jardines verdes. El decorado interior era de la más alta calidad, con mármol, mosaicos, camas de roble que todavía quedan despues de más de sesenta años de abandono. Manteles alegres y una abundancia de flores, murales pintados, libros y juguetes ayudaron a crear un ambiente hogareño.

El único uniforme que vestían, era el guardapolvo blanco para asistir a la escuela con todos los demás niños. Y muchos por primera vez, vieron un par de zapatos en sus pies, libros en sus manos, y un médico que los revisaba dos veces por mes.

Todos esos niños fueron sus hijos.

Cuando ella murió, el Sol empezó a ocultarse para engendrar la larga noche que empezó en el 55.

En diciembre de ese año, un informe estatal, elaborado por los golpistas decía en tono erizado de odio : “la atención de los menores era múltiple y casi suntuosa. Puede decirse, incluso, que era excesiva, y nada ajustada a las normas de sobriedad republicana que convenía… para la formación austera de los niños. Aves y pescado se incluían en los variados menús diarios. Y en cuanto a vestuario los equipos mudables renovados cada seis meses, se destruían.”

La acusaron de corrupción.

Y las hordas oligárquicas emprendieron la destrucción de su obra , mientras los asesinos golpistas mancillaban y vejaban su cadáver.

Maléficos e idiotas, no entendieron nada!

Ella joven, bonita, eterna y piadosa vive y vivirá por siempre en el corazón del pueblo.


· Débora Mabaires es periodista. Publicó 100 años en su cuenta de FB: https://www.facebook.com/debora.mabaires/posts/2241730355912009 


 

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