Las voces que salen del monte

Arde el amazonas. Arden los bosques bolivianos. Y Juan Grabois pide una reforma agraria. ¿Qué voces hay que escuchar? Primero, a esas que empiezan a hablar donde termina la pampa húmeda. Las voces de una guerra: la de la frontera agrupecuaria.

Por Bruno Reichert para La Vanguardia Digital

El Amazonas brasilero arde, los bosques bolivianos arden, Santiago del Estero también. Para sumar al debate social y ambiental Juan Grabois, referente de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), pide una reforma agraria. Miles de voces intentan aportar algo a un debate que volvió a mirar a la tierra. Pero si pudiéramos acercar el oído a donde se termina la pampa húmeda y comienza a crecer el quebrachal, escucharíamos los sonidos de una combate librado hace años. Es la guerra de la frontera agrícola.

Tanto el Amazonas como el Chaco son lugares de tierras consideras durante años subocupadas, en las que se mezclaba la producción de enclave extractivo (madera, carbón), la ganadería extensiva y la agricultura de subsistencia de pueblos originarios y criollos.

Las recientes afirmaciones de Grabois generaron desde elogios a burlas. Pero si la solución es una reforma agraria o algo distinto requiere un análisis bastante más profundo.

Pero los modelos productivos no son eternos. La transgénesis y el propio movimiento del capital permitieron el avance de la agricultura extensiva y la ganadería intensiva con consecuencias palpables. El Gran Chaco, que ocupa buena parte de Paraguay, Bolivia, Argentina y en menor medida Brasil, es uno de los 11 puntos más deforestados del mundo. Según un reciente informe de la Fundación Vida Silvestre, con apoyo técnico del INTA, para 2028 habrá perdido el equivalente a 200 veces la Ciudad de Buenos Aires. Entre 2007 y 2017, solo en Santiago del Estero se perdieron más de un millón de hectáreas de bosque nativo.

Esa misma provincia hoy pelea el cuarto puesto en la producción de maíz y está entre las mayores productoras de biodiesel de soja del país. Algunos cultivos industrializables como el algodón y la caña de azúcar, más al norte, también perdieron terreno frente a la soja y el maíz y producto de las desregulaciones de las economías regionales en la década del 90.

En el medio de esta expansión están campesinos desplazados por bandas armadas. El Mocase, el Mocase Vía Campesina o ACINA, son respuestas organizadas de los habitantes del secano a la invasión de capitales en movimiento. Inversores agropecuarios sin rostro que se mueven a través de sociedades anónimas. Firmas que contratan abogados, topadoras y, si es necesario, a matones, al juez y a la policía.

Las recientes afirmaciones de Grabois generaron desde elogios a burlas. Pero si la solución es una reforma agraria o algo distinto requiere un análisis bastante más profundo.

Una planta de biodiesel de soja en Santiago del Estero o una de bioetanol de caña en Tucumán o Jujuy es fuente de trabajos en overol.

Tal vez uno de los estudios mejor fundados de la producción agroalimentaria y distribución de tierra sea el dirigido por el filipino Saturnino Borras. El especialista en estudios agrarios, dirigió y público en 2011 la investigación bajo la órbita de la FAO: Dynamic of Land Grabbing in Latin America and the Caribbean.

Land grabbing, o su versión en castellano aparcamiento de tierras, es un concepto bastante más complejo que el de extranjerización y concentración pero puede contener a ambos. El grupo de estudio dirigido por Borras centró su atención en 17 países. El texto derriba varios mitos, entre ellos, que países “débiles”, como los de Centroamérica y el Caribe el capital de potencias centrales controla buena parte del territorio. También la concepción más lógica hace suponer que países agroindustriales como Brasil y Argentina la presencia de elites locales y una burguesía de clase media trastoca todo el esquema. Verdades a medias. Fue en Argentina y Brasil donde el complejo concepto de aparcamiento de tierras brilla en su esplendor.

El estudio de FAO encuentra un fuerte grado de concentración precisamente en las regiones de expansión agrícola, compuesto principalmente de capitales locales, solo en algunos casos con cierto grado de asociación con países limítrofes. Ese asociaciativismo lo podemos encontrar en Misiones con el capital chileno de la industria forestal. No obstante, el gran cambio lo generó es la burguesía local y cómo esta se amoldó a la distribución internacional del trabajo en los últimos años.

La FAO encuentra un fuerte grado de concentración precisamente en las regiones de expansión agrícola, compuesto principalmente de capitales locales, solo en algunos casos con cierto grado de asociación con países limítrofes.

Ahora bien, cabe preguntarse qué ocurre en esas zonas con esta frontera agrícola. Los gobiernos locales tienden a ser árbitros módicos frente a estos conflictos. El estudio de FAO señala que los países sudamericanos en el período estudiado tendieron a tener una predica de tipo nacionalista en cuanto a la inversión extranjera pero llegaron a incluso facilitar el acceso a inversiones de sus capitales vernáculos en países vecinos.

Alguna vez Cristina Fernández de Kirchner presentó un proyecto de ley para proteger tierras argentinas de la inversión extranjera. Durante su discurso se mostraba un gran mapa de Argentina con puntos en rojos. Eran distintos departamentos provinciales donde se concretaban la mayor parte de las propiedades de capitales extranjeros. Sin embargo el estudio de FAO echa por tierra un problema de extranjerización. No así, de cierta concentración que avanza sobre poblaciones locales. Los latifundios ganaderos de Benetton en Santa Cruz no hacen gran diferencia cuando cada hectárea puede contener menos de una oveja. Algo que no suelen tener en cuenta quienes siguen sosteniendo que la Patagonia tuvo un patrón de apropiación de tierra demasiado similar al de la Provincia de Buenos Aires.

Por otro lado, los estados provinciales del Norte Argentino se encuentran en una posición aún más débil. La frontera agrícola es tierra que alguna vez soñó con fábricas. Hoy, más allá de los problemas de infraestructura y logística encuentra sus industrias de chimeneas. Una planta de biodiesel de soja en Santiago del Estero o una de bioetanol de caña en Tucumán o Jujuy es fuente de trabajos en overol.

Esto último no solo separa al gobierno local de los reclamos del campesinado -el cual debemos recordar que en Argentina es una porción chica de la población rural- sino también marca una diferencia entre estos y otros actores sociales. Los movimientos campesinos, sea el Mocase o el Movimiento Sin Tierra de Brasil, nunca lograron un espacio de contención en la estructura sindical que hunde sus raíces en el siglo XX. Las posibilidades de trabajo formal versus una forma de vida ancestral basada en el sostenimiento alimentario del mercado interno, se contraponen. En el medio, queda un futuro incierto.

Los movimientos campesinos, sea el Mocase o el Movimiento Sin Tierra de Brasil, nunca lograron un espacio de contención en la estructura sindical que hunde sus raíces en el siglo XX.

La pampa húmeda es otro cantar. La tecnificación de campo generó trabajo puertas afuera y permitieron que el capital no tuviera que concentrarse en el productor. Los contratistas siembran, aplican el herbicida y cosechan. Luego vienen el transporte y el acopio. Incluso la plata para la inversión inicial en compra de semillas, insumos y demás puede dividirse en multiples pequeños inversores. No es que ese mundo oligárquico del que se suele hablar haya desaparecido por completo pero quedó sumamente reducido entre divisiones de herencia y el ingreso de nuevos actores al agro.

Sin embargo, ese campo de la llanura también creció excluyendo. La tecnificación de la actividad agrícola, el declive de la ganadería frente a la agricultura, la concentración del sector lácteo en pocas manos y otros factores relacionados a falta de políticas públicas, han dado un combo que vacía los pueblos pampeanos.

Las perspectivas de cambio implican enfrentar un lobby muy fuerte que penetra el sentido común y el discurso cotidiano. El sociólogo Pablo Lapegna, en su libro La Argentina Transgénica, considera que se ha adoptado un discurso neomalthusiano que justifica la expansión desmedida de los agro negocios. Este discurso entiende que ante el crecimiento exponencial de la población, se tienen desarrollarse tecnologías que aumenten la productividad y así enfrentar las necesidades alimentarias del mundo.

Al mundo le sobran alimentos. Se desechan millones y millones de toneladas en productos aptos para consumo humano cada año. Quién produce y quién puede acceder a la comida es otra historia.

Pero esto no es así. Al mundo le sobran alimentos. Se desechan millones y millones de toneladas en productos aptos para consumo humano cada año. Quién produce y quién puede acceder a la comida es otra historia. Pero en los congresos de productores y cámaras empresarias se habla del desafío de un mundo en crecimiento, de una argentina que debe alimentar a 600 millones de personas por año, de pasar de ser granero a supermercado.

Si hacemos silencio un rato, tal vez escuchemos las voces que salen del monte.

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