Ajedrez, educación y cultura

El viejo anhelo de los mejor intencionados amantes del juego ciencia de verlo integrado a la escuela podría no ser la panacea soñada.

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Por Rafael Laborian, especial para Noticias La Insuperable ·

Hace poco, según el relato de Leontxo García, Vlástimil Hort propuso informalmente que para alcanzar el título de gran maestro (GM) hubiese que “superar un examen sobre historia del ajedrez”. Elo y normas ya no bastarían…

Puede que el veterano artista del tablero haya vislumbrado en el horizonte algún peligro que pudiere traer consigo pérdidas culturales irreparables y que el lema “Gens una sumus” (podría traducirse como “somos una nación”) terminara convirtiéndose en un latiguillo publicitario más. A fin de cuentas no existe ninguna nación sin historia, literatura, tradiciones, lengua y cultura propias.

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El AJEDREZ, efectivamente, a finales de esta segunda década del siglo, se ha integrado a la industria de servicios globalizados. Como disciplina multifacética se abre en distintas áreas de interés: la deportiva, profesional y amateur, centrada en la competición, la cognoscitivo-analítica,  la del espectáculo y la educativa, entre las más importantes.

Un alto porcentaje de profesionales explota esta última rama a través de la enseñanza que, cuando aborda el nivel deportivo no amateur, se convierte en entrenamiento especializado para la competencia de élite en sus diversos estratos. Las empresas con presencia más arraigada en el ciberespacio intentan acaparar los recursos provenientes de la afición mundial con ofertas de capacitación estandarizada y membresías de costo variado.

El trabajo conjunto de grupos de presión, lobistas y dirigentes brega por el ingreso del ajedrez a los sistemas educativos nacionales en el mayor número posible de países. Lograr estatus académico para la disciplina generaría oportunidades en el siempre solapado negocio de la educación pública, estatal o privada, que ya explotan de otras maneras ─con beneficio prácticamente asegurado─  fundaciones con fachada de neutralidad pero ligadas a intereses corporativos e iniciativas de personas o grupos privilegiados por sus relaciones con los poderes políticos.

Para el caso de nuestro país, como en muchas otras disciplinas con un gran número de profesionales en actividad, la salida laboral docente fue creciendo como opción para ajedrecistas titulados en busca de ingresos fijos o medio de vida más estable que la incierta fuente económica de honorarios y premiaciones en torneos. Esta tendencia se consolidó con el renacimiento experimentado por el ajedrez nacional en el último lustro.

Vale aclarar que se habla de ajedrecistas titulados para referirse a los que obtienen alguno de los “diplomas” certificados por FIDE y que poco o nada tienen que ver con las ciencias de la educación.

En consonancia con los cambios políticos que en Argentina, a partir de 2015, buscan la imposición de un nuevo sentido común orientado a instaurar el discurso propio de la meritocracia, el optimismo irreflexivo y el voluntarismo como basamento cultural, la mayor parte de la oferta educativa de los “profesionales” del ajedrez se presenta a la potencial clientela o alumnado como propuesta de coaching ornamentada con el estilo del lenguaje de la autoayuda, puente para crear la ilusoria imagen de un ascenso posible a la élite nacional gracias al acompañamiento de un experto que la integra en sus estratos medios o altos.

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Este estilo propositivo cercano a la prédica evangélica o a los lugares comunes, presente, por ejemplo, en las capacitaciones dirigidas a los mandos medios empresariales, abunda como anzuelo de profesores que apuntan a captar aficionados para integrar una cartera de clientes pasible de ser gestionada con facilidad y recursos comunes pero con apariencia de atención personalizada. Se trata de un estilo precario que más temprano que tarde caerá en desgracia, con descrédito difícil de revertir para sus cultores, que son muchos.

Por otro lado, en la misma medida que el nombrado objetivo de incorporar el ajedrez como asignatura en programas oficiales de enseñanza se acerara a su concreción, el panorama nacional relacionado con la disciplina se iría modificando. Igual que en otros aspectos del quehacer educativo, sería previsible una colonización de las pocas empresas que monopolizan este mercado en el mundo de habla hispana.

El viejo anhelo de los mejor intencionados amantes del juego ciencia de verlo integrado a la escuela podría no ser la panacea soñada. Tanto la farandulización como las estandarizaciones que reclaman los inversores ávidos de rápidos beneficios quizá generarían esos famosos cambios para peor a los que ya estamos acostumbrándonos en otras áreas mucho más sensibles para la subsistencia.

Así el ajedrez-aloe vera, tan milagroso en el aula como en el geriátrico, podría languidecer cuando tanta expectativa se resecase al calor de los motores de la industria de servicios de apariencia eficiente. La dimensión social que lo hizo tan longevo como singular tal vez sería evaluada como obstáculo, algo que se intuye al considerar la difícil situación que atraviesan los clubes.

Por otro lado, la normalización que impuso la FIDE para unificar criterios, certificar funciones y valorizar tanto a los jugadores como a las instancias competitivas hizo crecer el poderío de la burocracia recaudatorio-regulativa que centraliza al tiempo que propició otra en cierta medida descentralizada pero que se fortalece con la intermediación. Esto alcanza también a la enseñanza. Sin embargo, la investigación y los criterios pedagógicos todavía brillan por su ausencia.

En tiempos en los que ya quedó claro qué campo de acción le corresponde a las computadoras y cuál a las personas, deslinde que sin dudas contribuyó a humanizar el ajedrez, aparecen interrogantes que bien vistos despiertan mayor inquietud que la que en su momento trajo el acelerado desarrollo de la informática.

Los riesgos de fracaso en el plano local son enormes. El sostenimiento económico de la actividad, repleto de costos ocultos,  aún recae en su mayor medida sobre el amateurismo. Hay una gran burocracia que alimentar, cenáculos de abarcatutis que mantener  y una saturación de oferta de instrucción improvisada muy cercana a la picaresca. Muchos de los padres que hasta ayer habían visto en el ajedrez una actividad formativa deseable para sus hijos quizá mañana busquen horizontes más claros.

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Los nuevos vientos que agitan el ajedrez mundial podrían ser tornados en esta comarca. La primavera ajedrecística que en los últimos años favoreció a la actividad argentina no es tan fácil de sostener como parece.  Las modas suelen ser pasajeras.

 


 

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