Para estos futbolistas ser gay es un orgullo

En el fútbol el odio no es algo conceptual ni abstracto: los cantos en las tribunas usan en la identidad puto y marica y la penetración anal como insulto. En Tucumán, una de las provincias más conservadoras del país, un grupo de futbolistas visibiliza el orgullo de ser gay. Quizás algún día “romperle el culo” al adversario ya no sea un insulto sino una práctica amatoria.

Por Matías Máximo para Cosecha Roja

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En Argentina no jugar al fútbol es casi como ser vegetariano, se lee como una traición a la patria. Pensemos en cualquier país del mundo, Sudáfrica, por ejemplo: ¿qué saben de Argentina?

—¡Maradona!, ¡Messi!.

David Atienza era lo que en la jerga del deporte se conoce como un patadura, alguien que no nació con habilidades para la gambeta y el jueguito. Pero además es gay, una identidad que convoca el principal prejuicio de las canchas. En Tucumán, una de las provincias más conservadoras del país, David encontró un equipo donde se siente cómodo: el Monarca

“Siendo gay uno está más expuesto al machismo y malos tratos propios del fútbol ´tradicional’. La gente piensa que porque no les sucede es algo que no está pasando. Y sí, pasa. En 2020 siguen golpeando chicos por su condición sexual, se sigue discriminando en la calle.Visibilizar la problemática de una minoría es hacerlos presente en el colectivo: es un crecimiento para la sociedad para el deporte”, dijo a Cosecha Roja David, uno de los delanteros de Monarca.

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¿Cuántos jugadores de primera división son visiblemente gays? Cero. Y esto no tiene que ver con que no haya ninguno entre los 20 mil, sino con que se tapa algo que es insulto en tribunas, vestuarios y entrenamientos. Esta semana el tema estuvo instalado en los medios: Nicolás Fernández, del Club General Belgrano (cuarta categoría) contó que era gay y se viralizó una publicación que hizo en 2019, cuando contó en su Facebook que estaba enamorado.

En el fútbol la violencia no es algo conceptual ni abstracto: los cantos de “aliento” que se dan en las tribunas usan en la identidad puto, marica y la penetración anal como insulto.

Escuchen, corran la bola / se hicieron putos los negros de Casanova / Que lindo es, vamos a cojer / allá en los ranchos cerca de la Ruta 3 / Los negros llegan de noche / y se visten de mujer / para hacer un par de pesos  / porque tienen que comer” (canción contra Almirante Brown)

A los putos de Tigre les gusta la pija / chamuyan chamuyan con la policía / andan chamuyando otra vez por tv / que dicen que chaca lo van a correr (Chacarita)

Daría mi vida por verte salir campeón / Ya vas a ver, Tatengue puto te vamos a ir a coger / Ya vas a ver, Te voy a mostra’ quien es el capo de Santa Fe (Colón de Santa Fe)

Monarca busca ser una respuesta a estas canciones desde una de las provincias más conservadoras del país. “No podemos negar que en el fútbol en la Argentina actualmente predomina el machismo y la homofobia. Poder hablarlo, decirlo, genera más tolerancia”, opina Martín Gauna, delantero. “Por ser rival en un partido las cosas cambian, y justamente ahí se muestra la intolerancia al otro por ser simplemente de otro equipo. El fútbol refleja o potencia nuestras propias miserias, pero no son es el causante”.

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A nivel nacional ya existe un antecedente: el equipo de Los Dogos fue creado en 1997 y en 2007 ganó el mundial de la IGFLA (The International Gay & Lesbian Football Association).

Para Eduardo Maneses, defensor, en un futuro cercano debería incorporarse a los equipos propuestas similiares a la de Monarca. “Y en un futuro lejano creo que no harán falta más de estos espacios y todo se tomará con más naturalidad”, dice.

Dario Quiroga, otro de los defensores, también piensa que visibilizar es una herramienta para terminar con la naturalidad de la violencia: “Queremos que el fútbol abrace a todas las personas, absolutamente a todas. La sexualidad y la homofobia sigue siendo un tema delicado en el norte de nuestro país, aún a pesar de tener derechos  y beneficios como el matrimonio igualitario. La sociedad necesita todavía realizar grandes transformaciones de pensamiento”.

Quizá en un futuro “romperle el culo” al adversario ya no sea considerado un insulto sino una práctica amatoria. La batalla cultural de sentido, el capital simbólico de la integración, es una deuda pendiente de los clubes.

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