Bajo el hielo

Por Ficcional para Noticias La Insuperable  ·

Hasta la blancura infinita que motivó tantos deseos de aventura o conquista de riquezas ocultas se ha vuelto amenazante. Extremos del planeta que en otros tiempos contaban con un halo de misterio y despertaban cierta curiosidad romántica ahora comienzan a inspirar más temores que suspiros. El realismo vírico coloniza territorios insospechados.

En 1950 el automovilista suizo Hans Ruesch, por ejemplo, había dado un batacazo literario con la novela Top of the World  – titulada El país de la sombras largas en la traducción castellana-, una narración que se desarrolla en la exótica y gélida región ártica. El viraje hacia las letras del piloto suizo radicado en USA había logrado, además, interés cinematográfico: nueve años después Anthony Quinn protagonizaría la adaptación de la exitosa novela de Ruesch.

Pero en este momento de inquietud pandémica, una advertencia que en 2019 había pasado casi desapercibida recobró tétrico interés: “El deshielo del Ártico facilita la dispersión de nuevos patógenos.”. La ferocidad microscópica, por lo visto, también inicia su ominoso recorrido desde los hielos que se presumían eternos. El fenómeno se desarrolló a lo largo de varios años.

La activación de los patógenos poco inquietaba cuando el deshielo en ciernes se veía con los ojos de la oportunidad del beneficio: “Para la economía nacional y el impulso tecnológico e industrial mundial, el Ártico es un diamante en bruto y los cambios en su estructura, facilitados por el calentamiento global, ayudan a descubrir las oportunidades que ofrece. Ya en 2008 John Hofmeister, exdirector de la petrolera Shell en Estados Unidos, apuntaba que “las reservas más prolíficas de petróleo y gas convencionales se hallan en el Ártico o Subártico. Por su boca hablaba toda una industria que poco a poco se fue posicionando a su favor.”. (Andrea G. Rodríguez: Geopolítica polar: conquistar un continente que no existe)

Las primeras víctimas de los virus provenientes del sustrato otrora congelado son focas y distintos animales de las especies con las que Ernenek, personaje creado por Ruesch para protagonizar Top of the world, interactuaba en sus andanzas. Los científicos, inclementes con cualquier nostalgia literaria, auguran que esta efervescencia viral no quedará circunscripta al pequeño mundo exótico del protagonista de El país de las sombras largas.

Mientras los covides mutan y algunos primos lejanos viajan a su encuentro montados en aguas de deshielo, las ciencias duras reafirman su severa hegemonía cultural, esa que todos nos esforzamos por considerar exenta de fantasía, dueña del realismo que pensamos nos salvará de la tiranía de lo invisible. En suspenso queda, tras la incertidumbre que reina en todas partes, el frotado de manos de los que ven en el deshielo un rentable milagro.

Las ciencias blandas, en tanto, asumen un papel profético. Slavoj Žižek, sin ir más lejos, se ha permitido pensar en voz bien alta lo que nos espera a la vuelta de la esquina como sociedad. Para el controvertido filósofo ya no habrá un regreso a lo que llamamos normalidad. Cree, para horror de libertarios y acumuladores de riquezas, que la única disyuntiva será “¡Comunismo o barbarie, así de simple!”. Y aclara: “No es la visión de un futuro luminoso, sino más bien ‘un comunismo del desastre’ como antídoto al ‘capitalismo del desastre’.”.

En otro plano, con una perspectiva distante hasta el momento, la literatura calla ante lo inmediato pero simbólicamente responde con su acervo de lejanías, mundos posibles, utopías y distopías que invitan a evocar la manera en que veíamos el mundo que pasó y el que quizá llegará. Por algo la sentencia de Barthes siempre retorna: “la ciencia es grosera, la vida es sutil; para salvar esa distancia existe la literatura.”.

Los confines de hielo, nieve e inclemencias que rara vez ocupan a los mass media salvo para aludir a ellos como zona de reserva de algún elemento que se prevé escaseará o para destacar con mesura algún peligroso desequilibrio, sí han tenido  y conservan una existencia literaria multifacética. El éxito editorial y cinematográfico que marcó la narración de Hans Ruesch es un hito, un nodo que brilla entre muchos otros de la misma red.

Estas regiones del ártico que hoy por hoy sufren las consecuencias de desequilibrios en los que el saber científico es juez, vocero y parte, causa de enfermedad y búsqueda de alivio a la vez, han sido tanto fetiche de emprendedores avariciosos, deseo de obsesos y sueño de aventureros solitarios como marco de culturas cuya esencia los creadores intentaron desentrañar en clave artística y los políticos de las metrópolis hollar.

Siempre fueron parte del mundo por más que la soberbia de la uniformidad civilizatoria les haya quitado entidad social e interés para la gran industria turística que hoy teme que  a la postre vaticinios como el de Žižek resultaren ciertos.

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No falta allí experiencia en epidemias. En su tiempo la tuberculosis golpeó con dureza, pero el drama del avasallamiento cultural ha sido la peste que asoló Groenlandia a partir de 1970. Cobra víctimas hasta hoy.

“El imaginario popular suele aventurar la ausencia de luz en invierno, los rigores climáticos extremos o la escasa sociabilización como causas de las altísimas tasas de suicidio groenlandesas. Pero en realidad el factor más letal en las vidas de los isleños es el trauma de la colonización danesa, que impuso la modernidad a un pueblo con un orgulloso carácter autosuficiente.”  (Marcos Bartolomé: El problema del suicidio en Groenlandia)

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En 2018 Bernhard Schlink publicó, en Zurich, Olga. Herbert, amante poco convencional de la protagonista que da nombre a la novela,  azuza el espíritu colonialista de sus contemporáneos de principios del siglo XX en Alemania tentándolos con los tesoros del subsuelo de la región del Ártico. Sus ansias de organizar una expedición polar son coherentes con su espíritu de viajero pertinaz. Pero sus argumentos para conseguir un mecenazgo muestran con claridad una tendencia que se mantuvo a lo largo de un siglo: espíritu de rapiña e ignorancia voluntaria de cualquier riqueza cultural, valor humano o bien no oneroso presente en la zona.

Muchas tendencias que hasta ayer parecían constantes perdurables hoy se derriten como el hielo polar. El calor de la incertidumbre es intenso. El miedo aviva las llamas. Nadie sabe a ciencia cierta si se trata de una pausa que les dará nuevos bríos predatorios o de un quiebre profundo.

De las codiciadas entrañas del Ártico no llegan los anunciados tesoros. El Herbert de Schlink jamás regresó para acompañar a Olga en su madurez. Ernenek, el gran cazador inuit que imaginó Ruesch, sufrió en cuerpo y alma el desequilibrio que a su comarca llevó el hombre blanco “civilizado” e, imprevistamente y contra todo pronóstico, pereció bajo las garras de un oso que lo superó en habilidad.   El deshielo libera patógenos como el PDV, que buscan otras aguas para readaptarse o mutar. Tras un largo estudio del Phocine Distemper Virus, se sabe que ya llegó al Pacífico. A su paso sorprende a las focas hasta doblegar su resistencia.

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