El médico escocés

Por Silvina Belén para Noticias La Insuperable ·

Cuando los médicos se lanzan a escribir suelen generar alboroto. Unas veces a causa de la falta de rigor al divulgar teorías que los embelesaron o les hicieron creer que los llevarían a la fama y la riqueza, otras porque ingresan a los dominios de la literatura con peculiar fuerza. Sobran los ejemplos. El amplio listado lo integran notables como Antón Chéjov, Pío Baroja, Louis-Ferdinand Céline…

Singular fue el caso –por citar uno entre muchos otros pero que merecería un artículo aparte- de António Agostinho Neto: médico, poeta y primer presidente de Angola tras la independencia. Prócer en su país, las poesías que dejó, a estas alturas, ya son parte del canon lírico de la literatura africana en lengua portuguesa. A muchos lectores seguramente les sonará familiar Havemos de voltar, una composición que incluso puede disfrutarse  en la voz de Pablo Milanés.

António Agostinho Neto: Havemos de voltar

Pero en esta ocasión interesa evocar la narrativa del doctor Cronin, un escocés que brilló a mediados del siglo XX, sobre todo en la primera mitad. Difícil sería no encontrar en las bibliotecas de padres o abuelos aficionados a la literatura alguna de sus novelas. Lo que escribía se vendía como pan caliente porque era un narrador hábil, sin alardes técnicos pero sí gran solvencia para contar una historia, crear personajes, describir con soltura y poner frente al lector problemas humanos que despertaran empatía e interés.

También fue dramaturgo, condición que afloraba en los diálogos ingeniosos, a veces agudos, de sus relatos y novelas. A estas habilidades se sumaba una que lo convirtió en temida pluma para los políticos: sabía cómo hacerles picar las orejas. Y era prolífico, así que los golpes podían venir en cadena. Para colmo de males, los burócratas no podían alegar que el hombre se excediera en fantasías sobre temas que no dominaba.

A. J. Cronin se había graduado con honores en la  Universidad de Glasgow –dejó su Escocia natal para marchar becado a Gales- y a pesar del duro trabajo como novelista hiperactivo nunca declinó su vocación médica. En fin, todo un dolor de cabeza para los altos funcionarios del Reino Unido.

En esos tiempos las novelas de los escritores famosos llegaban a un público ciertamente amplio. Se esperaban con ansias. Muchas veces, como se diría hoy, “formaban opinión”. Así las cosas, el doctor aplicó dos golpes certeros con La ciudadela. La obra se publicó en 1937 y en seguida llegó al cine –un año después- con gran éxito. Muchos ejemplares vendidos de la novela, traducciones, cuatro nominaciones para el Óscar la película… Menú completo. El cuestionado sistema de salud del Reino Unido quedó en la palestra.

Don Archibald Joseph no dudó en afirmar que él había sido testigo de todos los horrores que narraba en La ciudadela y que “con esta novela no quiero denunciar a ninguna persona en concreto, sino al sistema”. Las reformas no tardaron en llegar. Es que el doctor, a su manera, era un peso pesado en aquellos años.

La ofensiva de 1937-1938 con núcleo en La ciudadela, además, tuvo su marco. La había precedido en 1935 la publicación de la novela Las estrellas miran hacia abajo, llevada al cine en 1939, año en el que Cronin se estableció en Estados Unidos. De esa manera el tema de las condiciones deplorables en las que trabajaban los mineros, el padecimiento de sus familias, la crueldad de las prácticas médicas y el gravísimo problema sanitario que tan triste conjunto implicaba permaneció en el candelero por más de un lustro.  

Su influyente condición, sumada a una marcada tendencia al realismo y la crítica social,  no le impedía en absoluto hacer uso de abundantes pinceladas románticas, infaltables en sus narraciones. Tampoco demorarse en algunos pasajes quizá sobrecargados de sentimentalismo que no se sabe bien si estaban destinados a fidelizar a los lectores más sensibles o exasperar a los burócratas con cola de paja. Porque de una forma mesurada, británica si se quiere, el doctor Cronin fue un escritor comprometido.

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