Escritores reflexionan sobre sus hábitos de lectura durante el aislamiento

En el Día Nacional del Libro, escritores como Federico Jeanmaire, Ángela Pradelli, Juan Diego Incardona y Leila Sucari cuentan cómo se fue resignificando el hábito de la lectura en este tiempo de cuarentena.

Por Emilia Racciatti para Télam

Federico JeanmaireFederico Jeanmaire

Esta conmemoración comenzó el 15 de junio de 1908 cuando el Consejo Nacional de Mujeres entregó los premios de su concurso literario e instaló la fecha como festejo anual. Dieciséis años después ese Consejo logró que el presidente Marcelo T. de Alvear firmara un decreto que declaró el día como “Fiesta del Libro” y en 1941, por una resolución del Ministerio de Educación, esa denominación pasó a ser “Día del Libro”.

La celebración será este año la más atípica desde que se instituyó y estará atravesada por las sensaciones impuestas por el aislamiento ante la pandemia del coronavirus ¿Cómo confluyen el repliegue y la concentración a la hora de leer y de escribir? Sobre estos interrogantes, hablaron los cuatro autores argentinos con Télam.

Federico Jeanmaire, autor de libros como “Más liviano que el aire”, “Tacos altos” y “Amores enanos”, dice que al principio de la cuarentena le costaba mucho leer y escribir pero que en el último tiempo pudo retomar la lectura y en las últimas semanas logró volver a escribir.

“Soy un tipo bastante encerrado naturalmente, supongo que porque escribo o escribo porque soy encerrado, no lo pude saber nunca del todo bien. A pesar de eso, me costó mucho tener una vida parecida a la que tenía. Me cambió todo, entonces empecé a pintar la casa, a hacer arreglos. No podía leer, escribir. Con el tiempo eso pasó y hace bastante que volví a tener una vida más parecida. Aunque sigo pintando y arreglando alguna cosa, volví a leer y hará unas tres semanas volví a escribir”, cuenta Jeanmaire (Baradero, 1957).

Ángela PradelliÁngela Pradelli

Sus lecturas “están pasando estos días por filosofía”, ya que está leyendo a Friedrich Nietzsche y a Arthur Schopenhauer que logran sacarlo “de algún modo” de lo cotidiano aunque resalta: “Me sacan un poco de la coyuntura pero no de lo que soy: un ser humando viviendo una situación un tanto límite, que es estar encerrado durante meses. No se si uno puede salirse de lo cotidiano”, cuenta.

Al igual que a Jeanmaire, Ángela Pradelli (Buenos Aires 1959) dice que al principio le “costaba mucho leer, ni hablar de escribir” y señala que sus lecturas “tenían que ver con el virus y las consecuencias y lo que estaba padeciendo el conurbano”, el territorio que habita y en el que se desarrollan muchos de sus trabajos de ficción como “Turdera”, “Combi” o “La respiración violenta del mundo”.

“Tenía que entregar un cuento, una historia que sucede en el 47, tenía unos apuntes, algunas notas, di muchas vueltas. Siempre me pasa que antes de escribir la historia da vueltas en mi cabeza pero esta vez más. Hasta que la historia empezó y estuve tres, cuatro semanas muy tomada por esa escritura”.

Con respecto al ritual de la lectura, dice haberlo retomado pero que cuando no puede, no lo toma como “un obstáculo a vencer”, lo mismo con la escritura. Ahora relata que ya recuperó cierto ritmo de lecturas, que tiene “varios libros que había comprado antes de la cuarentena” y ya pidió nuevos a la librería de su barrio, Adrogué, que hace envíos a domicilio.

Juan Diego IncardonaJuan Diego Incardona

Leila Sucari (Buenos Aires, 1987) coincide con Jeanmaire y Pradelli y también reconoce que “al comienzo de la cuarentena no podía leer, tampoco escribir”.

La autora de “Adentro tampoco hay luz” y “Fugaz” afirma que “los libros no funcionaban como un corte porque el corte de la realidad había sido tan abrupto que la vida misma era un estado de perplejidad, un paréntesis extraño”.

“Durante las primeras semanas, lo más cerca que estuve de la literatura fue hacer collages: pasé noches de insomnio recortando letras y palabritas de revistas, armando frases, hilando sinsentidos. Después me reencontré con los cuentos de Silvina Ocampo y empecé a leer poesía. Lo que más leo ahora es poesía, fragmentos de libros. Me cuesta lo narrativo y lo extenso. La cabeza y la percepción me funcionan en lo breve, pequeños encuentros”, relata.

El tiempo de lectura de Juan Diego Incardona (Buenos Aires, 1971) está hoy muy atravesado por la actividad de los talleres que está dictando: “Estoy muy activo en las lecturas en mis talleres, que son dos en este momento, y ahora estamos trabajando literatura argentina, leemos a Leopolgo Lugones, Horacio Quiroga, Alfonsina Storni, Roberto Arlt”, explica el autor de “Villa Celina”, “El campito” y “Las estrellas federales”.

En ese sentido, sostiene que en este momento “la actividad literaria está muy asociada a la virtualidad, ya que estamos viviendo una vinculación muy directa con la pantalla, no solo con el libro. Estamos leyendo mucho en pantalla. Han circulado muchos libros, hay autores que han liberado trabajos”.

Leila SucariLeila Sucari

“Con compañeros de la facultad en el 2003 editamos una de las revistas pioneras de literatura en Internet que fue El interpretador. Llegamos a publicar 37 números. Fue una revista digital de las primeras en Argentina, hubo otras vinculadas al género de ciencia ficción o fantasía pero ésta fue una de las primeras en replicar la lógica de las revistas tradicionales, ya que no era un portal de actualización diaria sino que nos anclamos más en la tradición de las revistas de reemplazar contenido en bloque, cerrar como números, armar sumarios y trabajar con un consejo editor. Además me ocupaba de diseñarla, así que me acostumbré desde esa época a leer mucho en pantalla”, rememora.

Para el escritor “la lectura en papel sigue siendo algo mucho más cómodo, estético y tiene un aura que la pantalla no logra replicar” pero advierte que, en parte por las redes sociales, es un tiempo en el que se va asimilando la experiencia de la lectura en formato digital.

Por eso considera que “el día del libro hoy no solo incluye los soportes tradicionales en papel sino también todas las formas del libro, incluso las digitales, que replican el espíritu de las sobras de la literatura. También incluso los objetos artísticos, los libros que se han editado autogestivamente, libros objetos hechos con materiales no tradicionales… pienso en los libros de Eloísa cartonera pero también en lo que fue la editorial Chapita de Daniel Durán”.

De esta manera, Incardona subraya que no tiene “una posición purista del libro, sino que es algo en constante transformación y está bueno que así suceda” porque hoy el libro “es algo multifacético” y “no es solo el que todos concebimos alguna vez en la biblioteca, sino que también lo son aquellos proyectos que se han hecho híbrido con la artes plásticas y también las ediciones digitales”.

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