Durmiendo con el elefante

“Las deudas se pagan”.

Por Lic. Alejandro Marcó del Pont @Eltabanoeconomi

“Las deudas se pagan”. Esto afirma el relato, admirablemente instalado por el sistema financiero, y que ha calado hondo en las sociedades, sobre todo del tercer mundo, para quienes está dirigido, por la simple razón que son las receptoras de deuda. No importan sus términos ni condiciones, tampoco lo descabellado o miserable de las propuestas de devolución, menos aún las penurias que deberán afrontar los que menos tienen, y sobre quienes habitualmente recae la mayor carga.

Las deudas, por lo general, son tomadas por gobiernos conservadores que, cuando formaban parte de la oposición eran férreos defensores del equilibrio presupuestario, de la responsabilidad fiscal, austeridad del gasto y del respeto de los compromisos asumidos. Pero, misteriosamente, cuando forman parte del gobierno, contraen deudas impagables, brindan beneficios impositivos a sus socios, a ellos mismos, o simplemente al establishment, bajando aportes a los ricos, disminuyendo alícuota sobre patrimonio, etc. Estas medidas suponen desequilibrio en las cuentas públicas, incrementos en la deuda, que, en general, será afrontada por un gobierno progresista, como un relato lógico inscrito dentro de hacerse responsable de los compromisos asumidos.

Esta es la lógica imperante antes de la pandemia. El advenimiento del COVID-19 y el enorme aumento en el gasto público, engendrado por la depresión, obligó a los principales gobiernos a proteger la oferta, empresas grandes y pequeñas, así como a conservar el empleo. Las estimaciones del FMI sugieren que el estímulo fiscal y monetario combinado, proporcionado por las economías avanzadas, ha sido equivalente al 20% del PBI. Los países de ingresos medios del mundo en desarrollo han podido hacer menos, pero aun así lograron una respuesta combinada equivalente al 6 o 7% del PIB. Para los países más pobres, la intervención ha sido más modesta, del orden del 2% del PBI, lo que muestra la disparidad existente en la protección social de los países ricos y pobres. Estos últimos han dejado a sus economías mucho más vulnerables a una recesión prolongada, lo que podría llevar a millones de personas a la pobreza.

Muchos gobiernos del primer mundo recompraron deuda a través de sus bancos centrales, lo que permitió mantener tasas de interés muy bajas y avalar el endeudamiento estatal, permitiendo de esa manera una respuesta fiscal más alentadora y manteniendo la economía abierta. Lo cierto es que la deuda global llegó a 277 mil billones, algo así como 365% del PBI mundial, y según el  Instituto de Finanzas Internacionales (IIF), la deuda estaría hoy rondando el 432% del PBI.

Lo más importante, a nivel mundial, es que el aumento de la deuda no se produjo solo en el sector público, sino también en el sector privado, especialmente bajo la forma de  deuda empresarial. Empresas de todo el mundo habían aumentado sus niveles de endeudamiento mientras las tasas de interés eran bajas, o incluso nulas, antes del COVID-19, con una lógica determinada: recomprar sus acciones, aumentar sus precios de mercado y llevar a cabo fusiones o adquisiciones que garantizaran su hegemonía monopólica. Como lo muestran el cuadro que acompaña a este texto, los graves riesgos que enfrentan las economías del primero como del tercer mundos no son solo resultado del endeudamiento público, sino por la potenciales quiebras generales del sector privado.

¿Cómo ha reaccionado el mundo y qué debería hacer con estos problemas? Aunque son obligaciones diferentes, afectan decididamente las necesidades políticas plasmadas numéricamente en los presupuestos del año siguiente.

Desde el punto de vista estatal y de los organismos internacionales, ya lo hemos dicho en numerosas ocasiones en este blog, la única iniciativa que se afianzó durante la cumbre del G-20 fue la suspensión del servicio de la deuda (DSSI, por sus siglas en inglés), lo que permitió a 73 de los países más pobres del mundo posponer los reembolsos. Pero pausar los pagos no es una solución: la deuda permanece e, incluso si los gobiernos del G20 muestran una mayor relajación, los acreedores privados (bancos, fondos de pensiones, fondos de cobertura y ‘vigilantes’ de bonos) continúan exigiendo su tajada del pastel.

Esta idea ha llevado a distorsionar las iniciativas de financiamiento del déficit por parte de los países pobres y de medianos ingresos, reinstalado la idea de mecanismos de financiamiento del déficit fiscal con austeridad. Esta vez con indicadores extremadamente degradados y amplificados por la pandemia, lo que torna las discusiones del financiamiento del déficit en un problema moral, no político ni económico. 

La respuesta fiscal a la crisis a escala mundial no ha tenido precedentes, pero la respuesta de cada país ha dependido de su acceso al endeudamiento y de los niveles de deuda pública y privada que tenían al iniciarse la crisis. “A medida que las economías reabren tentativamente, los gobiernos deben asegurarse de no retirar el apoyo fiscal demasiado rápido. No obstante, deben ser más selectivos. El apoyo debe reorientarse gradualmente de proteger los antiguos empleos, a facilitar la vuelta al trabajo, reduciendo los programas de retención de empleo (subsidios salariales), reintroduciendo los requisitos de búsqueda de empleo”.

“Las economías de mercados emergentes y de bajo ingreso con fuertes limitaciones de financiamiento tendrán que generar más con menos, reordenando las prioridades del gasto y mejorando su eficiencia. Los gobiernos deben, asimismo, tomar medidas para mejorar el cumplimiento tributario y evaluar la aplicación de impuestos más altos para los grupos más acaudalados y las empresas más rentables.” Esta es la idea del FMI que describe en “Política fiscal para una crisis sin precedentes”. En varios pasajes deja entrever la idea de austeridad encubierta con la propuesta que los gobiernos incrementen la tributación, no solo en forma ocasional, sino continua y no solo para algunos evasores, sino a corporaciones que han tenido ingresos extraordinarios durante la pandemia.

Desde el punto de vista de los organismos multiláterales de crédito, la respuesta tendría que haber sido generar nuevos créditos, el FMI mayores DEG (Derechos de Giro), una moneda fiduciaria valorada por una canasta de monedas importantes como el dólar, el euro y el yen, y solo emitida por el FMI, algo que ya se hizo en las crisis anteriores, y darle holgura y tiempo a las economías para recuperarse, no solamente un diferimiento de pago, y en algunos países se debería anular la deuda pública y de los privados.

El problema es que el gobierno americano vetó el incremento de los DEG, veremos cómo reacciona el nuevo gobierno de Biden a esto. En su blog, Michael Roberts describe una entrevista con William White, economista del Banco de Pagos Internacionales que cree que los bancos centrales han creado inestabilidad en últimos 30 años y, por los tanto, sostiene: “Mi punto es: los bancos centrales crean las inestabilidades, luego tienen que salvar el sistema durante la crisis, y con eso crean aún más inestabilidades. Siguen disparándose en el pie”. 

Hay algo de verdad en este análisis, como admitió incluso la Reserva Federal en su último informe sobre la estabilidad financiera en Estados Unidos. Ha habido un aumento de $ 7 billones en los activos del banco central del G7 en solo ocho meses, en contraste con el aumento de $ 3 billones en el año que le siguió al colapso de Lehman Brothers en 2008. 

Ahora bien, una estimación conservadora del Banco Mundial sostiene que la pandemia de COVID-19 empujará a entre 88 millones y 115 millones de personas a la pobreza extrema este año, mientras que la cifra total llegará a los 150 millones para 2021, dependiendo de la gravedad de la contracción económica. La pobreza extrema, definida como la situación de quienes viven con menos de UD 1,90 al día, probablemente afecte a entre un 9,1 % y un 9,4 % de la población mundial en 2020. Esa tasa representaría una regresión a la registrada en 2017, que fue del 9,2 %. 

Mientras que las inyecciones de crédito generaron una “disminución de los costos financieros y redujeron la carga de la deuda”, se alentó una mayor acumulación de deuda, lo que “significó que las empresas se vieron cada vez más expuestas al riesgo de una recesión económica importante o un aumento inesperado de las tasas de interés”. Parecería que la salida a la deuda es más crédito o deuda, que es lo mismo. Tal es la forma que Argentina, por ejemplo, está tratando de paliar su déficit, con más deuda. Y si hay tasas de interés bajas, las empresas zombis harán lo mismo hasta que el sistema detone.

White aboga por otras soluciones. Apunta: “No hay vuelta atrás a ninguna forma de normalidad sin lidiar con el sobreendeudamiento”. Es como dormir con un elefante, es manso y bueno, el problema es que no se de vuelta. “Si estamos de acuerdo en que la política de los últimos treinta años ha creado una montaña cada vez mayor de deuda y una inestabilidad cada vez mayor en el sistema, entonces tenemos que lidiar con eso”.

“Se puede intentar salir de un sobreendeudamiento mediante un crecimiento económico real más fuerte. Pero sabemos que un sobreendeudamiento impide el crecimiento económico real”. Otra forma es deshacerse de un exceso de deudas incobrables. “Uno: los hogares, las empresas y los gobiernos tratan de ahorrar más para pagar su deuda. Pero sabemos que esto te lleva a la paradoja keynesiana del ahorro, donde la economía colapsa. Así que esta forma conduce al desastre”.  No apuestes por la “austeridad”.

Lo que es cierto es que la salida de las potencias, y sus facilidades de emisión y generación de crédito con tasas bajas, no son las de los países endeudados y en vías de desarrollo con serios problemas para financiarse. Es hora de mirar otros horizontes, comenzar en pensar y testear el RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership, Alianza Integradora Económica Regional), el mayor acuerdo comercial mundial,  cuyos miembros suman casi un tercio de la población mundial y el 29% del producto interno bruto del planeta.

La dinámica – deuda- inflación-pobreza-desempleo- caída del PBI- aumento de la deuda no parece ser la salida indicada a una nueva sociedad.

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