El capitalismo corrosivo

La amenaza de tratar de recomponer la economía posterior a la pandemia es una tarea realmente compleja.

Por Lic. Alejandro Marcó del Pont

La dificultad no reside en las nuevas ideas, sino en escapar de las viejas

(John M. Keynes)

Fruto de la pandemia, los países del mundo echaron andar lo que el FMI dio en llamar “el gran confinamiento”, una suspensión de las interacciones sociales que componen gran parte de la vida comercial y productiva de las naciones. El fin de esta iniciativa apuntaba a aliviar los contagios, y evitar de esta manera la congestión y el colapso de los sistemas sanitarios.

Si bien resulta difícil calibrar el impacto final de la pandemia, sus actuales consecuencias son enormes, llevando la conmoción a los niveles de la crisis de 1930 en lo que respecta a producción, desempleo, comercio y pobreza, entre otros. La confianza en la reactivación mundial se encuentra centrada en la esperanza científica de vacunas eficaces y ampliamente difundidas a nivel mundial, propósito, este último, rápidamente contravenido por la lógica de beneficios de los grandes laboratorios y la influencia geopolítica de la inmunización.

Al parecer, hay varias ramificaciones en el abordaje de los efectos de este capitalismo corrosivo. En principio, el neoliberalismo ha activado sabiamente la amnesia social con respecto a las consecuencias generadas por la aplicación de sus políticas económicas, antes de la pandemia. El resultado de estas medidas económicas ha sido tan devastador que ha vuelto inviable casi cualquier acción para moderar las consecuencias de la segunda ola de la depresión. El legado resulta un mundo económicamente desmembrado y con mínimos márgenes de acción para amortiguar sus impactos negativos.

La amenaza de tratar de recomponer la economía posterior a la pandemia es una tarea realmente compleja. Aun así, debemos dejar constancia del punto de partida en el que nos encontrábamos con anterioridad al COVID-19, producto del inventario heredado de las políticas neoliberales que aún hoy se quieren poner en práctica.

Como muestra en cuadro, el mundo previo a la pandemia venía con una tasa de crecimiento del producto aceptable, hasta el afianzamiento del neoliberalismo, que lo redujo a la mitad.  América Latina creció a una tasa razonable de 1970 a 2000, incluso con la década perdida jugando en su contra, al soportar la carga de un magro crecimiento del 1.2%.

Fuente: El Tábano Economista en base a datos oficiales

Para la OIT, 500 millones de personas trabajaban en el 2019 menos horas que las que hubieran querido; el motivo, la desaceleración del crecimiento económico. Unos 370 millones personas se encuentras desempleados, nivel estándar en los últimos diez años, aunque habría que agregarle 122 millones que no están catalogados como desempleados. Unos 270 millones de jóvenes entre 15 y 24 años no trabaja ni estudia, 2.000 millones viven con menos de U$S 3.50 por día.

De las 5.700 millones de personas en el mundo mayores de 15 años en edad de trabajar solo están empleadas 3.300 millones, el 57%. Padecían hambre en el 2019 unas 690 millones de personas y 750 millones, es decir, uno de cada 10 seres humanos que habitan el planeta está expuesto a la inseguridad alimentaria. Si tomamos en cuenta las necesidades de una dieta balanceada, unas 2.000 millones de personas, el 27% de la población mundial, no dispone del acceso a los nutrientes necesarios por sus niveles de ingresos. Ya en el 2019 se conjeturaba, sin pandemia a la vista, que de seguir así la distribución del ingreso y la falta de empleo, se podría arribar antes del 2030 a 850 millones de personas que sufran hambre; la pandemia ya se encargó de hacerlo realidad.

De acuerdo con Oxfam, el 82% de la riqueza mundial generada durante 2018 fue a parar a manos del 1% más rico de la población mundial, mientras el 50% más pobre, 3.700 millones de personas, no se benefició  en lo más mínimo de dicho crecimiento. De hecho, tan solo 8 personas (8 hombres, en realidad) poseen la misma riqueza que 3.600 millones de seres humanos, la mitad más pobre de la humanidad.

La deuda mundial, por su parte, alcanzó en 2019 los 255 billones de dólares, superado en 322% el PIB anual del planeta, lo que supone 40 puntos porcentuales (87 billones de dólares) más que la acumulada al inicio de la anterior crisis económica, en 2008. Todo esta calamidad sin pandemia.

Ahora, con pandemia, los números expuestos se agravan. El PBI, que ronda un 2 o 2.5%, retrocedió en el mundo un -4.5%, el empleo perdió hasta ahora unos 255 millones de puestos de trabajo, el empleo, que alcanzaba un 57% de la población económicamente activa, se retrajo 51%, y la participación del trabajo en la renta nacional, que venía cayendo desde el 2004, no presenta piso conocido, al igual que las deudas, el déficit, la expansión de los niveles de pobreza. Así, al menos 166 millones de personas caerá en la pobreza y sobre las heridas de esta desigualdad aterradora, el coronavirus amplió la brecha.

La recuperación de la crisis del 2008 fue magra, lenta e intensamente desequilibrada. La desproporción tuvo su lógica en el rescate de los grandes bancos, y las enormes compañías, en contraposición con el empleo, el salario y la obvia consecuencia de una mayor desigualdad. Una política monetaria laxa, sobre el estandarte de la flexibilidad cuantitativa, tipos de interés bajos, estímulos fiscales para los beneficiarios de siempre, no terminaron por equilibrar nada, pero dejaron a su paso un incremento del valor de los activos, empresas más fuertes, flexibilización laboral, déficit fiscal y, sobre todo, un monumental endeudamiento estatal, producto del rescate y los estímulos fiscales.

Cuando los vientos se asentaron, la concentración del ingreso se consolidó y los gobiernos del mundo internalizaron sus deudas, el brutal desequilibrio fiscal dibujó la nueva etapa, la de las “reformas estructurales”, o mejor llamada austeridad. Este eufemismo, que se encargó de desbaratar las redes de contención social, los mínimos preceptos de la seguridad social, manteniendo deprimidos los salarios, inventando nuevas formas de contratación laboral más flexibles, menos costosas, con la esperanza que estos ajustes favorecieran un crecimientos del producto, el empleo y los ingresos en el mediano plazo.

Los cierto es que el resultado de estas políticas se pueden sintetizar en Grecia. El país helénico comenzó con una deuda en 2008 de unos 264 mil millones de dólares, algo así como el 109% de su PBI, le prestaron 320 MM, y ahora debe U$S 341 MM (205% de su PBI) con una economía extranjerizada y completamente demolida.

El enorme agujero en las cuentas públicas creado por la crisis financiera dio lugar a interminables tandas de austeridad siempre con la falsa promesa de que el recorte del gasto público liberaría recursos productivos para el sector privado y reactivaría el crecimiento. Este desmembramiento económico fue el factor preponderante de la falta de preparación para una situación de crisis como la ocasionada por la COVID-19, principalmente en el área de la salud pública. 

Los portavoces del status quo comienzan al unísono a tocar la misma melodía de austeridad para salir de la pandemia. El confinamiento llevó a los economistas portavoces del poder real a moverse en terreno cenagoso, poco conocido, complicando su discurso hasta que el establishment invariablemente fijo la lógica a seguir, esta vez se trata de profundizar el odio.

En el artículo anterior, “La sombra del poder” describimos una reunión llevada a cabo en 1933 entre los 24 hombres más poderosos de Alemania para llevar a Hitler al poder y levantar la economía teutona. Las consecuencias son conocidas, pero partes de este relato, que bien puede ocuparse en la actualidad, quedaron en el camino. La mayoría de estos empresarios sacaron ventajas de los inexistentes salarios de los trabajadores de los campos de concentración.  

Gustav Krupp, empresario de la industria del acero alemán, gestor del grupo de industria pesada Krupp AG desde 1909 hasta 1941, fue procesado en los Juicios de Núremberg por prácticas esclavistas producto de las personas que la SS suministró para sus fábricas. Seguir a un demente, apoyarlo en el poder y hasta avalar una guerra, resultó rentable, porque las ganancias por los inexistentes costos laborales no fueron propiedad exclusiva de Krupp. Bayer utilizó gente del campo de concentración de Mauthausen, Agfa del campo de Dachau, y casi todos los de Auschwitz. Se cuenta que de los seiscientos deportados que llegaron a las fábricas de Krupp, un año después solo quedaban veinte.

Dicen que nunca se cae dos veces en el mismo abismo, pero siempre se cae de la misma manera, con mezcla de ridículo y pavor. ¿Hay alguna diferencia en buscar en campos de concentración trabajadores que localizarlos en países que paguen salarios de miseria con la globalización? Sí hay: no existe un nazi que lo mate, es verdad. Hay alguna diferencia sobre quiénes recae el peso de la pandemia o la carga de crisis 2008, no. La diferencia es la profundización y el afianzamiento del modelo, el desembozado ataque racista a las minorías, pobres, o el inusual despliegue de la insensatez meritocrática.

Los que mantienen presidentes, ministros, parlamentarios, son lo que ganan con sus favores. Los mismos que mantuvieron a Hitler ganaron con sus negocios, lo que mantiene a Bolsonaro también, y los que endeudaron a los Estados, son los dueños de bonos emitidos, de los intereses por pagar y de los dólares fugados a paraísos fiscales. La disputa vuelve a ser superávit fiscal para pagar la deuda, o déficit para reconstruir la destrucción de la economía mundial o nacional.

Brasil hace doce años vacunaba 3 millones de personas por día y hoy su sistema está desarmado. Michel Temer tuvo que congelar en gasto público por 20 años para poder pagar los intereses de la deuda. ¿Cómo haría Bolsonaro para mantener a los privilegiados de estos negocios, que lo llevaron a la presidencia, si no es negando la pandemia? Si hay que incrementar el gasto en salud, se saca del mismo lugar que el pago de intereses. La grieta, o la profundización de diferencias, necesariamente se tiene que ampliar, no se puede sacar del mismo fondo.

Los estímulos fiscales en los países en desarrollo comenzaron a disminuir, en un mundo cuyo PBI se cree que retrocederá un 4.5%, unos 6 billones de dólares. En Latinoamérica seguramente los daños económicos y sociales serán mayores que en el mundo desarrollado. Los niveles de informalidad son elevados, existe una dependencia permanente de unos pocos productos básicos o del turismo como fuente de divisas y el espacio fiscal y de políticas es limitado. Nadie quiere pagar por ser rico, menos aún por sus beneficios en dólares con productos primarios. ¿A quién habría que cobrarle impuestos, entonces?

Muchos piensan que el FMI se volvió “progresista”’ hasta en el Financial Times están entusiasmados con este cambio de actitud y política. “En los años 90, era una perogrullada que el consenso de Washington reflejaba las prioridades alineadas de dos instituciones en Washington DC: las instituciones internacionales con sede allí y el gobierno de los Estados Unidos, que empujaba a las primeras … pero es difícil argumentar hoy que el FMI y el Banco Mundial simplemente repiten las opciones de Estados Unidos”. Novedosa mirada que no tuvieron en los noventa.

Aun así, el FMI, el Banco Mundial, la Organización del Comercio, forman parte actual de los 24 alemanes que se sentaban a la mesa a mantener el establishment antes de la segunda guerra mundial. ¿Realmente cambiaron? Al igual que las políticas de endeudamiento y beneficios fiscales que endeudaron y sepultaron a los Estados, el relato pasó, después que se salvaran a bancos, empresas, etc., a la doctrina del horror de la emisión. Los organismos suenan diferentes, pero actúan igual.

Según Michael Roberts, durante la recesión de COVID la generosidad del FMI no ha sido realmente significativa. “De la asistencia comprometida, la mayor parte es en forma de líneas de crédito pre-aprobadas que se ofrecen a Perú, Chile y Colombia. Hasta ahora, solo Colombia ha utilizado su línea de crédito. Los desembolsos a través de préstamos rápidos de emergencia, que comprenden el apoyo ofrecido a casi 70 países, solo ascienden a unos 30.000 millones de dólares. En combinación con los acuerdos crediticios tradicionales, el FMI desembolsó alrededor de 50.000 millones de dólares a 81 países en 2020. Los desembolsos para 2020 son solo un poco mayores que en años anteriores, cuando la asistencia del FMI se destinó a un número mucho menor de países”.

Si hay un nuevo consenso se parece al nuevo mundo imaginado con posterioridad a la crisis del 2008, nadie se va portar más mal, siempre y cuando, los que mandan sigan recibiendo, al menos, la gran concentración que ya obtuvieron. Equiparar los tantos, eso sí que no. Tenemos todo tipo de voceros que prometen que la rigidez fiscal nos llevará a buen puerto.

Gentileza: El Tábano Economista

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