De poetas y titiriteros

Recordar a uno de los más grandes poetas populares argentinos significa disfrutar de nuevo las eternamente jóvenes creaciones que esculpieron los rasgos líricos de nuestras tierras.

Por Silvina Belén para Noticias la Insuperable ·

Cuando llega agosto siempre recordamos que se acerca el cumpleaños de Manuel J. Castilla. Aunque él ya no esté, aunque Balderrama se haya quedado sin arroyo a la vista y sea ahora meca turística, paladear de nuevo sus versos o reencontrarse con sus canciones reaviva las ansias de festejo.

No es imprescindible estar en Salta para que su impronta aflore en estrofas hechas canción o se lo evoque con otras: en cualquier rincón de Argentina, sea en Córdoba, en el litoral o en la Patagonia, las mejores voces traerán su recuerdo. Este Manuel que yo canto, de Jorge Marziali, es uno de esos homenajes líricos que se  ganó un lugar constante en los repertorios de los intérpretes populares.

A este Manuel que yo canto
no lo halla el frío,
anda cruzando el invierno
con un ponchito de vino.
Este Manuel que yo canto
no alcanza olvido.
 
Cómo lo acercan las coplas
que acerca el viento,
el duende las va cantando
con los duendes guitarreros
y lo reclaman los changos
titiriteros.
 
Viene un tren tronador
humeando como el recuerdo
y los muñecos del “Guayra”
lo llenan de pasajeros.
Despierte al vino Manuel
que no lo pillen durmiendo.
Este Manuel que yo digo
se ha demorado,
se fue por la mañanita
Chaco adentro, alucinado,
a ver florcitas de ancoche,
nácar en llanto.
 
No hay copla que no lo traiga
como a semilla
enamorada del aire
cuando la tarde lo agita.
No hay copla que no te traiga,
Manuel Castilla.
 
Viene un tren tronador
humeando como el recuerdo
y los muñecos del “Guayra”
lo llenan de pasajeros.
Despierte al vino Manuel
que no lo pillen durmiendo.

Hasta hace poco, en vida de Marziali, su creador, antes de que sonara esta canción se imponía, previo a los acordes y como natural obsequio expresivo, el recitado del poema La casa, soneto que don Manuel había escrito allá por la década del sesenta.

Ese que va por esa casa muerta
y que en la noche por la galería
recuerda aquella tarde en que llovía
mientras empuja la pesada puerta,
 
ese que ve por la ventana abierta
llegar en gris como hace mucho el día
y que no ve que su melancolía
hace la casa mucho más desierta,
ese que amanecido, con el vino,
se arrima alucinado al mandarino
y con su corazón lo va tanteando,
 
ese ya no es, aunque parezca cierto,
es un Manuel Castilla que se ha muerto
y en esa casa está resucitando.
 
1964

La llamada renovación del folclore le debe mucho a la inspiración de Manuel Castilla —figura ineludible del movimiento de la Nueva canción—, pero también, y sobre todo, la poesía social cultivada al desamparo de las grandes urbes. A partir de aportes líricos como el suyo, el carácter predominantemente descriptivo de la poesía norteña quedaría atrás.

En 1943 fue destacado integrante de La carpa, agrupación cultural con centro geográfico en Tucumán, que tuvo incluso su manifiesto literario. En el texto se hacía hincapié en la centralidad de las personas, su ligazón con la tierra, el entorno y el contexto latinoamericano.

Este grupo debe su nombre a la actividad de los titiriteros, arte que Manuel J. Castilla cultivó y transmitió a su hijo Gabriel “Guayra” Castilla. La carpa era el teatro de títeres en el que, además, se llevaban a cabo recitales de poesía, encuentros y ediciones artesanales. El entonces editor en ciernes Alberto Burnichón, titiritero también, fue quien en verdad impulsó la agrupación.

Burnichón posteriormente recorrió el país, formó redes culturales, creó lazos entre artistas y fundó su editorial. Fue generoso con sus publicaciones: los creadores de todos los rincones argentinos tenían en Alberto un apoyo desinteresado, una admiración irrestricta. Lo asesinó en 1976 el brazo letal del estado terrorista que impuso la dictadura cívico-militar. Manuel J. Castilla escribió:

Vengan, arrimensé, vean lo que han hecho.
Antes de que se lo lleven mirenló de perfil en este charco.
Ya le va ahogando el agua poco a poco el cabello
y la alta frente noble.
Los pastos pequeños afloran entre el agua sangrienta
y le tocan el rostro levemente.
Su corazón sin nadie está aguachento con una bala adentro.
¿Miraron ya?
¿Era de mañana, de tarde, de noche que ustedes lo mataron?
¿Se acuerdan cuándo era?
(los alquilones sólo miran la hora del dinero.)
No, no se vayan, oigan esto:
el hombre que ustedes han matado amaba la poesía.
Cuando ustedes aún no habían nacido
los pies de ese señor iban por todos los pueblos de Argentina
dejando en cada uno la voz de los poetas.
Esos versos llevaban
sus ganas de justicia y de mostrar belleza.
Ustedes han cobrado dinero por matarlo
y él jamás cobró nada porque ustedes aprendieran a leer.
Fíjense: hacía libros de poemas que regalaba a los obreros.
Tenía como ustedes, hijos, mujer y un techo
que también le han derrumbado
y libros de aprender a ser gente.
Todo eso han destruido, ¿se dan cuenta?
¿Y ahora?
Ustedes, pobres matadores,
perdonados por él, ya reposados
piensan conmigo: ¿Qué haremos con el muerto?
Yo lo recobro ahora, húmedo en yuyarales.
Mi mano le despeina como a un nido dormido.
Miro su portafolios abierto en donde caben todas
las sorpresas del mundo,
fotos de sus amigos pintores y escultores
saliendo entre las pruebas de algún libro de versos.
Lo miro apareciendo en cualquier parte en cuanto lo han nombrado.
Se iba quedando siempre que se iba.
Por eso estaba con nosotros, ausente.
Nos quería en silencio.
A Wernicke, a Galán, a Lino Spilimbergo y a Alonso.
Luis Víctor Outes, Bustos,
le arrodillaban el corazón
cuando Rolando Valladares triste, andaba en las vidalas.
Se echaba en la amistad como un vino en las copas
y había que beberlo
hasta la última luz del alba y la alegría.
Va cielo arriba, en Córdoba, solito.
Nosotros, aquí en Salta, lo pensamos.
Y ahora, matadores alquilados:
¿qué hacemos con el muerto?

Copajira, obra fundamental del poeta, se publicó en Salta en agosto de 1949. Dedicada a los mineros de Oruro y Potosí, es la decodificación en clave lírica de la hiriente realidad que representa el trabajo humano en las minas. En la profundidad de los socavones, en la superficie, toda labor es ardua en ese microcosmos boliviano que Castilla torna universal.

El derrotero del poemario es completo e intenso: desde la misma copajira —»Copajira» es la poesía que abre esta colección—, una suerte de sulfato de cobre que al tomar contacto con el agua se convierte en el fluido ácido que humedece y corroe la piel de los mineros, hasta “La Palliri” —poema que cierra el libro—, evocación de la mujer que labora en boca de mina, y desde  los cinco poemas —“Alba”, “Mediodía”, “Tarde”, “Noche” y “Sueño”— que representan el día entero en la vida del minero, hasta “La hora”, que aborda el tema del tiempo en las profundidades, todos los aspectos existenciales y materiales se convierten en metáfora viva e imagen elocuente.

Manuel Castilla también realizó un enorme trabajo en favor de las coplas populares. Lo plasmó en dos importantes recopilaciones: Coplas para cantar con caja (1951) y Coplas de Salta (1973). Fue, además, periodista por décadas en El Intransigente; es decir: también cultivó la prosa.

Su producción poética armonizó sencillez con asombro a través de un vocabulario rico e intenso. Como investigador, buscó sin descanso las raíces de la expresividad de su entorno. Legó un archivo del que aún hoy pueden esperarse hallazgos.

La mayor divulgación de la producción poética de Castilla sigue dándose a través de las canciones que compuso con Rolando Valladares, Eduardo Falú y, sobre todo, con Gustavo “Cuchi” Leguizamón: Balderrama, La arenosa y La pomeña, entre las más populares.

Manuel José Castilla nació en Cerrillos el 14 de agosto de 1918 y murió en Salta en 1980, un 19 de julio. Ese día, según refirieron los habitués de aquella época, fue el único en el que la Casa Balderrama no abrió sus puertas.


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