El motor teatral

El valor del teatro independiente nacional no se limita al plano simbólico ni está alejado de la dinámica de la economía real argentina.

Por Jorge G. Andreadis para Noticias La Insuperable

En el artículo “Una pesadilla para el teatro independiente” se describía una situación de encarnizado acoso cultural que buscaba, desde el inicio de la gestión libertariana, debilitar económica y funcionalmente el Instituto Nacional del Teatro (INT), un primer paso que auguraba más golpes hirientes por venir. Ahora, aquí, nos interesa ver qué empobrecimiento implica para el país este despropósito del oficialismo.

Planteamos que la asignación de muy modestos subsidios a la escena independiente y al sostenimiento del INT representan para el Estado argentino una inversión mínima de base para alimentar una actividad que genera riquezas materiales mayores a la erogación estatal.

El sentido de esta inversión de base es sostener el efecto multiplicador del teatro independiente para la actividad económica y cultural. Consumo, ocupación, turismo, bienes simbólicos y valor agregado a la Marca País benefician la economía real argentina.

Adelantar sumas ínfimas -en relación al PBI- que el Estado Nacional recupera con creces de manera directa e indirecta y que, además, contribuyen al bienestar general, no puede verse más que como una excelente práctica.

En lo referido a la marca país, se presume que la política estatal no ha cambiado. La información que se mantiene y difunde a través de los sitios oficiales es, sintéticamente, la que sigue:

El teatro independiente se relaciona con todos los ítems destacados por esta política de Estado: demanda insumos al sector productivo y de servicios, ofrece, a su vez, servicios de calidad en el ámbito de la cultura –a la que enriquece- y la educación, proyecta el talento y es uno de los atractivos turísticos que convoca a los muchos amantes del teatro que hay en el mundo.

Otro aspecto importante en el plano nacional es la federalización progresiva de la escena independiente, objetivo que el INT contribuye a alcanzar con acciones concretas desde hace décadas e implica no solo una dinámica virtuosas en el plano cultural y simbólico, sino también un beneficio tangible para las siempre tan castigadas economías regionales.

Así como el orbe empresarial recibe subsidios que se presume redundarán en un futuro beneficio para el desarrollo del país; así como la ciudadanía, en el mercado local, podría beneficiarse indirectamente de lo que produce una actividad subsidiada de productos o servicios, con igual lógica debería considerarse la micro inversión estatal en pro del crecimiento en calidad, oferta y federalización del teatro independiente.

Tampoco desde una visión netamente economicista pero racional, que considere tanto la macro como la microeconomía, sería coherente validar la desfinanciación y el virulento ataque del que venimos hablando: un Estado que se empeña en destruir un bien oneroso y multiplicador de actividad y riqueza en distintos planos representa un sinsentido mayúsculo.

Se entiende que en los países capitalistas la oferta de bienes y servicios de calidad a precios excelentes es tan virtuosa como deseable, una de las bases del creciente bienestar que el sistema dice o promete brindar a la ciudadanía. La actividad teatral no choca con esta visión.

La mentada relación precio-calidad es rasgo esencial del teatro independiente: quien elige sus propuestas artísticas frente a las más costosas del  circuito comercial queda con más dinero en el bolsillo sin privarse de la excelencia. El excedente irá a la economía real, a otros bienes.  O al ahorro, otra de las mentadas panaceas del sistema.

La dinámica hasta aquí descripta es positiva desde todo punto de vista. Se impone explicarse tan feroz ataque por la ideologización extrema del libertarianismo que aquí gobierna y, en concreto, una guerra irracional, destructiva e infame, que unifica a las derechas radicalizadas a través de la ofensiva contra todo lo que ellas etiquetan como progresista, woke e igualitarista.

El brutalismo, como puede esperarse, embrutece de fanatismo y encara brutales contiendas sin vergüenza a la contradicción de sus postulados de libertad, economía y mercado. Se apodera del estado que dice aborrecer, lo profundiza en arbitrariedad, lo burocratiza y lo usa contra los que ha tildado de enemigos, enemigos jurados desde su óptica sesgada, al tiempo que empobrece en todo sentido a las mayorías, en especial a los estratos medios.

También el despojo a las clases medias, algo que luce como primer paso de la destrucción del bienestar general que busca el libertarianismo, implica no solamente una privación material vía transferencia de recursos sino, además, el afán de alejarlas todo lo posible de los bienes simbólicos que alguna vez las fortalecieron.

Por infortunio, el teatro independiente es símbolo de muchas de las riquezas culturales que el tétrico experimento socio-político que padecemos –justificado en un economicismo a todas luces contradictorio y dañino, especulativo en esencia- tiene en vistas extirpar a como dé lugar. El potencial de esas riquezas para la toma de conciencia, cuestionamiento de sentido común impuesto y lucha, desvela al libertariano.

El ataque desde el plano económico es, entonces, un recurso espurio de esta guerra. No puede justificarse, como se intenta con voz oficial, desde el nivel macroeconómico, por tratarse de una erogación sin peso en ese nivel pero, por oposición, de gran valor en el plano microeconómico. En definitiva, una impostura a la medida de fanáticos e ingenuos.

El tesoro del acontecimiento teatral tiene tras de sí aspectos que el amante del teatro, naturalmente, no acostumbra evaluar ni tener presentes en todo momento. Se trata de inversiones, ingresos y egresos de dinero, contratación y oferta de servicios, etc. Incluso la denominada cultura del trabajo muestra un desarrollo sostenido en este ámbito.

Pensar en algo tan sencillo como ampliar o remodelar una sala –o su simple mantenimiento e iluminación- dispara relaciones con la construcción, los insumos específicos, el trabajo de mano de obra y mucho más. Este ejemplo, por supuesto, es ínfimo reflejo de la enorme red de intercambios y transacciones que se generan en torno a la actividad teatral.

El gran motor que representa el teatro independiente, entonces, se proyecta mucho más allá de lo que a simple vista suele apreciarse. Quizá la costumbre de centrarnos en su valor como bien intangible, simbólico,  nos haya llevado a no prestarle la suficiente atención a su importancia para el dinamismo microeconómico, a su protagonismo en una economía real hoy comatosa que necesita de todos los aportes que la ayuden a superar el letargo empobrecedor.

Valorar el teatro, participar de sus irrepetibles acontecimientos y rituales es, por suerte, un privilegio que todavía está al alcance de quienes sienten la atracción de este humano universo artístico. Su defensa, nos guste o no, también reclama hacer explícita una visión que permita argumentar a través de aspectos ligados a una realidad que, por poco que nos seduzca describirla, tiene fuerza de supervivencia en el trance actual.



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