El BCRA apuesta a la re-monetización 2026: más pesos, compras de dólares y una nueva banda cambiaria

El Banco Central anunció una nueva fase de su programa monetario para 2026, con el objetivo declarado de profundizar la desinflación y acompañar la recuperación de la demanda de dinero. El esquema combina bandas cambiarias atadas a la inflación, compras preanunciadas de reservas y una expansión controlada de la base monetaria, en un giro que reconoce que la economía ya no puede funcionar con “sequía” de pesos.

Por Celina Fraticiangi para NLI

En un comunicado difundido hace instantes por el Banco Central de la República Argentina, el gobierno marca el inicio de la denominada “fase de re-monetización 2026”, un concepto que, detrás del lenguaje técnico, admite algo clave: tras casi dos años de ajuste extremo, la economía empieza a demandar más dinero sin que eso implique, necesariamente, una aceleración inflacionaria inmediata.

Según el BCRA, la prioridad sigue siendo la estabilidad de precios y la convergencia de la inflación local a la internacional. Pero ahora, con el proceso electoral de medio término superado y una inflación anual que, según los datos oficiales, se ubicó al 31,4% en noviembre de 2025, la autoridad monetaria busca ampliar el horizonte de planificación y reactivar el crédito, la actividad y la acumulación de reservas.

Bandas cambiarias indexadas y dólar con “colchón” real

Uno de los cambios centrales es que, desde el 1 de enero de 2026, el piso y el techo de la banda de flotación cambiaria se ajustarán mensualmente según la inflación medida por el INDEC, con un rezago de dos meses. A diferencia de esquemas anteriores, este ajuste no contempla la inflación de Estados Unidos, lo que implica que el techo de la banda se apreciará en términos reales con el paso del tiempo.

En términos políticos y económicos, la señal es clara: se busca evitar saltos bruscos del tipo de cambio, pero sin comprometerse a un atraso cambiario explícito. Las bandas funcionan como red de contención, no como ancla rígida, en un contexto donde el mercado cambiario sigue siendo sensible a shocks de expectativas.

Más base monetaria y compras de reservas

El corazón del programa es la expansión gradual de la base monetaria. El escenario base del BCRA prevé que pase del 4,2% actual al 4,8% del PBI hacia diciembre de 2026. Para abastecer esa mayor demanda de dinero, la entidad planea comprar alrededor de USD 10.000 millones en el mercado de cambios, siempre que los flujos de la balanza de pagos lo permitan.

Si la demanda de dinero creciera todavía más —hasta un punto adicional del PBI—, las compras podrían escalar a USD 17.000 millones, sin necesidad, según el propio Banco Central, de recurrir a una esterilización masiva. Es decir, el BCRA confía en que más pesos pueden convivir con menos inflación, algo que contrasta con el dogma monetarista extremo que dominó buena parte del discurso oficial en los últimos años.

Las compras de divisas, además, estarán acotadas a un máximo del 5% del volumen diario del mercado, con la posibilidad de operaciones en bloque para no alterar la operatoria. El mensaje es doble: previsibilidad para el mercado y control político del ritmo de acumulación de reservas.

El trasfondo: del ajuste al reconocimiento de límites

El comunicado repasa los “logros” del programa iniciado en diciembre de 2023: fin del financiamiento monetario al Tesoro, eliminación de LELIQ, saneamiento del balance del BCRA y caída de la inflación desde niveles cercanos a un escenario hiperinflacionario. También reconoce, aunque con eufemismos, que la inestabilidad política de 2025 provocó un colapso de la demanda de dinero y una dolarización récord de carteras.

En ese marco, la re-monetización aparece como una corrección necesaria. Históricamente, la base monetaria argentina osciló entre el 8% y el 9% del PBI. Incluso con el aumento previsto, el nivel proyectado para 2026 seguiría muy por debajo de esos parámetros, lo que relativiza el relato oficial de “expansión peligrosa”.

El BCRA también anunció que retomará su informe trimestral de política monetaria y que avanzará en una normalización gradual de los encajes bancarios, buscando reactivar la intermediación financiera sin desordenar la liquidez.

En síntesis, el Banco Central intenta reequilibrar su propio programa: menos fetichismo del ajuste permanente y más reconocimiento de que, sin dinero, no hay crédito ni crecimiento. La gran incógnita es si este giro llega a tiempo y si el esquema resistirá nuevos episodios de volatilidad política y social, un factor que ningún modelo monetario logra neutralizar del todo.


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