Narcotráfico y geopolítica: quiénes venden droga, quiénes controlan el relato

El narcotráfico es presentado habitualmente como un fenómeno criminal propio de Estados “fallidos” o gobiernos del Sur global. Sin embargo, la historia demuestra que las grandes potencias —en especial Estados Unidos— no solo han convivido con el negocio de la droga, sino que lo han utilizado como herramienta geopolítica, sin que jamás se consolide una narrativa dominante que las señale como “narco-Estados”.

Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

CIA FOIA — “Drug Smuggling and the Contras” (Documento de la CIA desclasificado en parte)

El narcotráfico como herramienta política

Desde mediados del siglo XX, el narcotráfico dejó de ser únicamente un negocio criminal para convertirse en una variable funcional a la política internacional. En múltiples escenarios, el flujo de drogas fue tolerado, facilitado o directamente protegido cuando servía a objetivos estratégicos mayores: financiamiento de guerras encubiertas, control territorial, desestabilización de gobiernos adversos o fortalecimiento de aliados convenientes.

La diferencia central no radica en la existencia o no de vínculos con el narcotráfico, sino en quién tiene el poder de imponer el relato global.


Irán-Contras: cuando la droga financió la “democracia”

Durante los años 80, el escándalo Irán-Contras dejó al descubierto un mecanismo brutal: sectores del gobierno de Ronald Reagan financiaron ilegalmente a la Contra nicaragüense —una fuerza paramilitar acusada de violaciones masivas a los derechos humanos— mientras aliados directos de esa estructura traficaban cocaína hacia Estados Unidos.

Investigaciones del Congreso estadounidense y documentos desclasificados confirmaron que la CIA tenía conocimiento de esos vínculos y decidió no intervenir. El narcotráfico no fue un desvío: fue un costo asumido para sostener una operación geopolítica contra el sandinismo.

Pese a la magnitud del escándalo, Estados Unidos nunca fue caracterizado como un narco-Estado. La narrativa dominante habló de “excesos”, “errores” y “manzanas podridas”.


La epidemia del crack y el silencio institucional

En los años 90, la investigación periodística de Gary Webb reveló cómo redes vinculadas a la Contra introdujeron grandes volúmenes de cocaína que terminaron alimentando la epidemia de crack en barrios afroamericanos. Décadas después, informes internos de la CIA reconocieron que se toleró conscientemente el accionar de narcotraficantes aliados.

El impacto social fue devastador: encarcelamiento masivo, destrucción comunitaria y criminalización de las víctimas. Sin embargo, el Estado que permitió ese flujo jamás fue puesto en el banquillo moral internacional.


Afganistán: ocupación militar y opio

Tras la invasión de Afganistán en 2001, el país pasó a concentrar más del 80 % de la producción mundial de opio. Señores de la guerra aliados de Estados Unidos financiaron sus estructuras mediante la heroína, mientras tropas de la OTAN garantizaban estabilidad política a gobiernos sostenidos por ese dinero.

Informes de la ONU y del Senado estadounidense señalaron que la “guerra contra el terrorismo” convivió sin conflictos con el narcotráfico, siempre que este no alterara el equilibrio geopolítico regional.

Una vez más, no hubo etiqueta de narco-Estado, ni sanciones, ni bloqueos.


El doble estándar: enemigos y aliados

Cuando funcionarios de países no alineados —Venezuela, Bolivia, Nicaragua— son acusados de vínculos con el narcotráfico, el discurso es inmediato: narco-Estado, amenaza global, justificación de sanciones.
Cuando los implicados pertenecen a estructuras estadounidenses o a sus aliados estratégicos, el enfoque cambia: casos aislados, fallas institucionales, problemas del pasado.

Este doble estándar no es casual, sino parte de una arquitectura de poder donde quien controla los medios, las agencias internacionales y los tribunales simbólicos controla también la verdad aceptada.


Quién define qué es un “narco-Estado”

No existe un criterio jurídico universal para definir un narco-Estado. Es una categoría política, no legal. Su aplicación depende menos de los hechos que del alineamiento geopolítico.

Estados Unidos, con militares, agentes y contratistas condenados por narcotráfico, con operaciones encubiertas financiadas por droga y con aliados sostenidos por economías narco, jamás entra en esa categoría. No porque no haya pruebas, sino porque controla el relato global.

Venezuela

Venezuela encaja de lleno en esta lógica de doble vara geopolítica: mientras existen acusaciones judiciales y denuncias —principalmente impulsadas por Estados Unidos— contra funcionarios venezolanos por presuntos vínculos con el narcotráfico, el país es presentado directamente como un narco-Estado, sin que jamás se aplique el mismo criterio a Washington o a sus aliados. La noción del llamado “Cartel de los Soles” funciona así más como categoría política que jurídica: no hay una definición internacional ni una sentencia que declare al Estado venezolano como tal, pero sí una narrativa persistente que lo asocia estructuralmente al delito. Esa construcción discursiva permite legitimar sanciones, bloqueos y amenazas de intervención, del mismo modo que en otros momentos históricos se utilizaron las acusaciones de terrorismo o de armas de destrucción masiva. En contraste, cuando el narcotráfico atraviesa operaciones encubiertas estadounidenses —Irán-Contras, Afganistán, alianzas con señores de la guerra o grupos armados—, el relato dominante lo reduce a “excesos” o “desvíos”, confirmando que en la disputa internacional no se castiga el delito, sino la desobediencia política.


El narcotráfico como excusa imperial

La etiqueta “narco” funciona como:

  • justificación de sanciones económicas,
  • legitimación de intervenciones externas,
  • criminalización de proyectos políticos soberanos,
  • y disciplinamiento regional.

No se combate la droga: se combate la autonomía.


El relato

El narcotráfico no distingue banderas, pero la narrativa sí. Mientras los países periféricos son juzgados, castigados y estigmatizados, las potencias centrales administran el delito, lo encubren cuando conviene y lo denuncian cuando es útil.

Estados Unidos no es presentado como narco-Estado no porque esté libre de vínculos con el narcotráfico, sino porque es el árbitro del sistema que define quién es culpable y quién no.

En geopolítica, como en la historia, no gana el más limpio, sino el que escribe el relato.


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