La mayoría del Consejo de Seguridad repudió la operación militar de Washington en Venezuela y exigió respeto por la soberanía. Sin embargo, más allá de los discursos, el organismo volvió a exhibir sus límites reales para frenar a una potencia que actúa por fuera del derecho internacional sin consecuencias concretas.
Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

La reunión de urgencia del Consejo de Seguridad de la ONU dejó una escena ya conocida: fuertes condenas retóricas, llamados al respeto del derecho internacional y advertencias sobre los riesgos para la estabilidad regional, mientras Estados Unidos avanza sin retroceder un centímetro tras la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores en territorio venezolano. Washington, impermeable a cualquier reproche, ratificó que no se trató de un acto de guerra sino de una acción “necesaria y legítima”, cerrando la puerta a cualquier rectificación.
Discursos duros, efectos nulos
Rusia fue una de las voces más contundentes. Su representante, Vasily Nebenzya, calificó la operación estadounidense como una “operación criminal” y un “acto de agresión”, denunciando que Washington pisoteó la soberanía venezolana y aplicó de manera selectiva el llamado “orden internacional basado en reglas”. Moscú sostuvo que el verdadero objetivo es el control de los recursos naturales venezolanos y la reafirmación de la hegemonía estadounidense en América latina, en un esquema que definió como neocolonial e imperialista.
China acompañó esa línea. El representante adjunto Sun Lei afirmó que Estados Unidos violó los principios básicos de la Carta de la ONU, actuando de forma unilateral y arrogándose el rol de “policía del mundo”. Beijing advirtió que el uso de la fuerza debilita la credibilidad del sistema multilateral y representa un riesgo serio para la paz regional, además de subrayar que protegerá sus intereses energéticos en Venezuela conforme al derecho internacional.
Las intervenciones fueron duras, claras y políticamente correctas. Pero también previsibles. Nada de lo dicho se tradujo en sanciones, medidas concretas o mecanismos reales de presión sobre Estados Unidos, que además cuenta con poder de veto dentro del propio Consejo de Seguridad. La paradoja vuelve a quedar expuesta: el órgano encargado de garantizar la paz mundial no puede —o no quiere— actuar cuando el agresor es una potencia central.
América latina, entre la condena y la sumisión
En el plano regional, el mapa fue desigual. México, Colombia, Cuba y Nicaragua condenaron la intervención armada y advirtieron sobre el peligro de normalizar este tipo de acciones. Venezuela, a través de su embajador Samuel Moncada, denunció una violación flagrante de la Carta de la ONU, con bombardeos, víctimas civiles y destrucción de infraestructura, alertando que tolerar estos hechos erosiona los fundamentos del sistema de seguridad colectiva.
Brasil y Chile optaron por una postura más moderada, limitándose a condenar la operación y a reclamar soluciones que respeten la autodeterminación del pueblo venezolano. En el otro extremo, Argentina y Paraguay respaldaron abiertamente la captura de Maduro, alineándose sin matices con Washington. El embajador argentino, en sintonía con el gobierno de Milei, justificó la operación presentándola como una acción contra el narcotráfico y el crimen organizado, avalando de hecho la violación de la soberanía de un país latinoamericano.
Estados Unidos, por su parte, fue explícito: negó que se trate de una ocupación, habló de una “acción policial” y dejó en claro que no permitirá que los recursos energéticos venezolanos queden bajo control de sus adversarios. Una confesión que refuerza lo que muchos denunciaron en el recinto, pero que no generó ninguna respuesta efectiva.
El límite estructural de la ONU
El mensaje del secretario general António Guterres, expresando preocupación por el precedente que sienta la intervención y exhortando a respetar la soberanía y la integridad territorial, cerró la jornada con tono diplomático. Demasiado diplomático, para un escenario en el que un Estado miembro fue invadido y su presidente secuestrado.
La reunión del Consejo volvió a demostrar que la ONU puede condenar, advertir y lamentar, pero carece de herramientas reales cuando el que viola el derecho internacional es uno de los actores que domina el sistema. Mientras tanto, Venezuela sigue intervenida de hecho, Maduro continúa detenido y la región observa cómo el multilateralismo se reduce a declaraciones sin impacto, incapaz de frenar la ley del más fuerte.
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