Perra vida

Un maestro del género autobiográfico que pone patas arriba las convenciones afectivas familiares y las maneras de conjurar la infelicidad.

Por Silvina Belén para NLI ·

Cuando no tenemos cerca a ningún fan de los mercaderes del optimismo, puede que nos animemos a expresar en voz alta nuestras decepciones existenciales o materiales. Proferir un “perro mundo”, “porca miseria” o un contundente “perra vida”, a veces, tiene más sentido que agradecer la llegada de facturas impagables que reflejan confianza en nuestras capacidades de pago o festejar como oportunidades de aprendizaje los fracasos que nos dejaron al borde del abismo.

Confiar en que amigándonos con las fuerzas del universo conjuraremos el desamor, las condenas parentales, cualquiera de las caras de la miseria, los  prejuicios que nos hieren y la discriminación que nos aísla es casi siempre –por no decir toda vez- una rústica quimera, buena solamente para llenar los bolsillos de asiduos oradores de charlas TED, coachs de verba florida y autores de superventas del voluntarismo trasnochado.

En tiempos de Joseph Randolph Ackerley (1896-1967), la autoayuda y el optimismo irreflexivo aún no se habían sistematizado en torno al lugar común o el disparate,  ni se explotaban económicamente a plena luz. Sin embargo, para desgracia de su generación y las que le siguieron,  la charlatanería existencial se iba abriendo camino.

Sin marketing pero en nombre de dudosos valores, se invitaba a la persona lúcida a amigarse con todo lo que la hería, a agradecer y hasta honrar entornos insufribles. Padecer el juicio discriminatorio de moralistas, puntales de familia e implacables parientes era una bendición en la que había que zambullirse sin hesitar.

J. R. Ackerley, homosexual, solitario, escritor y editor, no se engañaba ni agradecía cachetazos o convivencias forzadas: honraba solamente su libertad de elección y eludía el displacer viniera de donde viniese. Él convirtió la perra vida que por mandato moral se le exigía vivir en la originalmente placentera perra vida de su elección, un remanso que duró casi dieciséis años.

Además de su reconocida obra Mi padre y yo, otras dos ponen blanco sobre negro su imago mundi existencial: Mi hermana y yo (My Sister and Myself), publicada póstumamente en 1989, y, sobre todo, Mi perra Tulip (My Dog Tulip, 1956).

Ambas dan un amplio e íntimo panorama de los muchos años que supo disfrutar de la perra vida que se forjó a fuerza de amor por Queenie, que no es otra que la “perrita” a la que literariamente llamó Evie –en su única novela, Vales tu peso en oro– y Tulip, es decir: tulipán, flor que de no ser negra siempre se asocia al amor profundo, en su inclasificable libro Mi perra Tulip.

Mi hermana y yo, con estructura de diario y última anotación el 9 de julio de 1957, desafía supuestos convencionales sobre el amor fraterno y los límites del afecto entre humanos y animales. También refleja cómo la hipocresía, el hartazgo, los castigos disimulados e intereses mezquinos pueden teñir las relaciones familiares hasta puntos cercanos al odio, solo refrenado por la necesidad de mantener unas apariencias que, en esos tiempos, ni el más transgresor podía permitirse no guardar.

Si bien el carácter íntimo de la obra ameritaría, en principio, revelaciones poco halagüeñas para el autor, como su misoginia y sus arbitrariedades de juicio, estas y otras que aparecen no se limitan solamente a las páginas de Mi hermana y yo: recorren el grueso de los textos de carácter autobiográfico de Ackerley, con especial claridad en My Dog Tulip.

Ni en momentos como el actual,  cuando el aislamiento, la soledad y la indiferencia del prójimo  castigan a tantas almas, encontramos confesiones tan contundentes sobre la prioridad afectiva que Ackerley le otorga a Queenie, muy por encima de la que podría inspirarle cualquier persona humana, por lazos de sangre o de amistad con él.

La sinceridad de Ackerley puede resultar tan incómoda como atractiva o indignante porque, aunque la franqueza y la autocrítica predominen (“Mientras paseaba sobre la sonora nieve me dediqué a pensar en mí mismo y en mi propio carácter. También yo tengo un pésimo carácter; cruel, resentido.”), la arbitrariedad y los prejuicios, los vaivenes de la mirada hacia el otro, las contradicciones e indolencias también atraviesan sus textos.

Sin embargo, como  señala Claudio Zieger en su reseña –P/12, 2010– de Mi perra Tulip, “Por los proustianos caminos del amor, los celos, el celo y el ansia, Ackerley nos transmitió la lección seguramente involuntaria de esta perra legendaria: el triunfo de la tolerancia, la caricia, la franqueza.”.

Las traducciones de la mayor parte de la obra del autor, por muchos años, no estuvieron al alcance de los lectores de habla hispana. Hubo que esperar bastante: recién a partir de 2010 Anagrama, Beatriz Viterbo y Sexto piso publicaron traducciones al castellano de My Dog Tulip y My Sister and Myself.

La edición de Mi hermana y yo de Sexto piso –Barcelona,  2013-, al cuidado de Francis King, con prólogo y traducción de Andrés Barba, incluye un significativo epílogo del propio King –albacea de Ackerley-. Su lectura aporta claves de gran importancia para comprender y valorar en su singularidad la producción autobiográfica del autor de Mi padre y yo.


2009: Animación de Sandra y Paul Fierlinger



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