Chejov también

El narrador y dramaturgo ruso fue precursor del  policial psicológico: a los veinticuatro años publicó una novela fundacional que reapareció muchos años después de su muerte.

Por Alfonsina Madry para NLI

No estaría muy errado quien afirmara que los argentinos somos apasionados de Anton Chejov. Nuestro teatro independiente, como hemos dicho más de una vez en NLI, jamás lo abandona. Y Borges, Bioy y Peyrou, setenta años atrás, rescataron una novela que el escritor ruso había publicado en folletín entre 1884 y 1885: Drama en la cacería.

La tradujo Manuel Peyrou y en 1945 apareció en la colección El Séptimo Círculo –número 9- bajo el título Extraña confesión.  El mismo Peyrou, reconocido autor de narrativa policial, prologó la novela que, entre la publicación original y 2003, Emecé reeditó muchísimas veces.

La celebridad de Chejov como dramaturgo y cuentista, unida al carácter de clásico que desde hace mucho se le reconoce, eclipsó esta narración de largo aliento. Tampoco el autor en su corta vida (1860-1904) volvió a cultivar el policial ni se interesó por que Drama en la cacería reapareciese en forma de libro.

Escena de ‘El jardín de los cerezos’ en el Teatro de Arte de Moscú | Mijaíl Oziorski/Sputnik

La crítica académica, que hasta las postrimerías del siglo XX se obcecó en considerar el policíaco como género marginal, ignoró esta faceta precursora del autor. En España e Hispanoamérica hubo ediciones tardías de la novela, pero los expertos  en el policial no hicieron mucho por incluir a Chejov entre los precursores de una modalidad con un posterior desarrollo literariamente valorado.

Si bien es verdad que el perfil de Anton Chejov puede prescindir de este mérito sin perder brillo, también es cierto que el interés de su aporte trasciende el mero propósito de sumar virtudes a quien ya acumula suficientes: para la innovación en la técnica narrativa, estructura y temática hay claves tempranas que años después se considerarán avances cuasi revolucionarios en la obra de otros creadores.

No hablamos de claves tempranas como esbozos o intentos desprolijos sino como reales logros: la primera persona auto-limitada e impostada del narrador protagonista, el relato como manuscrito o texto dentro del texto, las trampas del lenguaje en su apariencia denotativa, el editor detective y la caracterización psicológica de personajes ligados a un ambiente que refleja taras sociales profundas.

En el artículo “Pequeñas revoluciones”  podemos ver cómo irrumpen técnicas y recursos análogos mucho después en narraciones del género que se presumen hitos de importancia en el camino de su evolución o en el terreno de las innovaciones.

El referido prólogo de Manuel Peyrou contiene los datos externos imprescindibles y, concisamente, las características destacadas de la novela, excepcionales en vistas de su fecha de composición. Afirma, sobre todo, el carácter precursor de Chejov como mérito digno de recordar: “ser el precursor de la novela policial de tipo psicológico, una de las formas más evolucionadas de esta clase de ficción”.

En cuanto a estructura y argumento, digamos que se trata de un relato enmarcado que abre y cierra un editor que, en definitiva, hace las veces de detective. Recibe de un ex juez de instrucción y autor el manuscrito de un relato sobre un crimen real, el de Olga, cometido en un bosque próximo a la las tierras del conde Karneev. La lectura del manuscrito inquieta al editor, que transcribe para nosotros, receptores, el texto completo escrito por el juez, que es el texto enmarcado, medular, dividido en veintisiete capítulos y una breve carta dirigida al mismo editor.

El cierre y resolución verdadera del caso se da con el retorno de la voz narrativa del editor, es decir: la misma que abrió la novela y luego dio entrada a la del juez de instrucción, que sabemos fue juez y parte en el caso criminal. Por oficio e inteligencia, el editor descubre las inconsistencias del relato, los disimulos y descuidos que señalan al real culpable del asesinato y los expone en diálogo final con el juez.

Drama en la cacería -para nosotros, Extraña confesión– podría incluso hoy, a la distancia de casi un siglo y medio, seguir siendo un hallazgo para los lectores del género que no hubiesen conocido antes la novela.



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