
Una aliada a la que no le toleramos flaquezas bajo el severo juicio científico y los sutiles alegatos de la imaginación.
Por Silvina Belén para NLI ·
En las dos primeras décadas de nuestro siglo, en virtud del notable avance de las neurociencias y la explosión tecnológica, hoy por hoy centrada en la IA, resurgieron temas e intereses que antes daban la impresión de haber quedado relegados al insípido territorio de los especialistas o que ya habían agotado su cuarto de hora.
En variada gama, se reabrieron discusiones, se aportó conocimiento y divulgó información relevante sobre temas que pasaron del olvido u ostracismo al estrellato. Irremediablemente, algunos de ellos dieron lugar a la moda insubstancial o la frivolidad.
El avance en la comprensión del autismo como condición personal en el marco de un rico espectro en el que no faltan talentos descollantes, por ejemplo, llevó a que muchos ricos y famosos se autodenominaran autistas por el simple hecho de creerse poseedores de un singular don para el éxito matizado con una que otra excentricidad.
Ciencias duras y blandas, tecnologías, artes y letras, nutrición, gastronomía, ludología, robótica y otros campos, desempolvaron cuestiones relacionadas con las temáticas redivivas. Uno de los temas estrella del momento, la memoria, alcanzó un grado de divulgación de alta calidad en los ámbitos editoriales y de carácter audiovisual. Tanto en inglés como en castellano menudeó la producción.

Un trabajo de Daniel L. Schacter, traducido a diversas lenguas, Los siete pecados de la memoria: cómo la mente olvida y recuerda (The Seven Sins of Memory: How the Mind Forgets and Remembers, 2003), cosechó excelentes ventas y correlatos televisivos, como el ciclo de RTVE de España. Tanto en su libro como en las entrevistas, Schacter apelaba a una analogía difusa pero didáctica para acercar los fallos memorísticos a los pecados capitales.
La teoría del experto, que contempla siete fallos, por transcurso, distracción, bloqueo, atribución errónea, sugestión, parcialidad (propensión) y persistencia, se reforzaba con las facilidades que la tecnología brinda a la investigación en el siglo XXI y con antecedentes de la vida social y la literatura de distintas épocas.
Esta obra, gracias a los ejemplos literarios a los que el autor apela, aunque marginalmente, llama la atención sobre cómo el tema de la memoria se mantuvo vigente a través de la ficción cuando la investigación científica casi no lo abordaba o avanzaba a paso lento y su divulgación era marginal.

Muchos de los artículos publicados en el último año aquí, en las páginas de NLI, hacen hincapié en la producción narrativa y dramática que problematiza humanamente la memoria desde puntos de vista existenciales y de relación interpersonal.
Otra vuelta de tuerca al asunto nos llevará a apreciar el contrapunto y relevos arte-ciencia, las alternancias y convergencias entre dominios no tan alejados como parece. Los mundos posibles de la ficción algunas veces son acicate para la ciencia, y otras la severa objetividad científica dispara la imaginación con una verosimilitud que difumina límites.
El contraste entre discontinuidad divulgativa y pertinacia creadora también, en determinados lapsos, desaparece hasta dar lugar a una retroalimentación que, como se verá, contribuye a universalizar la comprensión de temas tan complejos como el de la memoria y sus muchas derivaciones.

Pecar y traicionar sin castigo ni culpa (a veces)
La tradición literaria anglosajona, de Jane Austen a Joyce, Beckett, Pinter, Barnes y más allá, tiene a la memoria entre sus hilos conductores de envergadura. Por conocimiento intuitivo, empatía humana, auxilio de la psicología o inspiración, estos y otros autores le dieron al recuerdo, el olvido y la distorsión evocativa un protagonismo análogo y entrelazado con el de sus personajes mejor construidos.
En novelas, cuentos y dramas anticiparon todos los pecados que con anclaje científico describió Schacter. Sin el corsé fáctico y de la mínima comprobación experimental necesaria que limita al experto, la riqueza situacional, los conflictos e interacciones imaginados por estas plumas corroboran la sentencia de Barthes (1977) en su Lección inaugural: “la ciencia es basta, la vida es sutil; y es para salvar esta distancia que nos interesa la literatura”[i].

Si en lo que entendemos por vida real el grueso de estos pecados, en acto, está más cerca de los veniales que de los capitales y el remordimiento o la culpa son más la excepción que la regla, o permanecen ocultos, la profundidad que sus consecuencias podría alcanzar en el plano afectivo, en las relaciones, convivencia o conflictos es mucho más significativa e inquietante en la visión ficcional que en la científica, una visión artística que a menudo da la sensación de ser más realista y verosímil que la que nos presentan los investigadores.
Por otro lado, algunos científicos, conscientes de la necesidad de caracterizar con mayor espesor humano los nunca exentos de misterio fenómenos de la psiquis, incluso en textos académicos, han convertido casi en lugar común la referencia a las mismas obras de ficción. Es paradigmático el caso del archicitado relato “Funes el memorioso”, de Borges.
El neurólogo Oliver Sacks eludió esta tendencia monótona reconvirtiéndose, a la hora de escribir ―y a riesgo cierto de la crítica de sus colegas―, en artista de la ciencia. Tácitamente, hizo carne la distancia señalada por Barthes. Así produjo textos como “Un antropólogo en Marte” o “El asesinato”, en los que dar cuenta de una condición o características de un caso clínico es tan importante como ahondar en sus implicancias vitales, consecuencias sociales y alcances de la comprensión humana.

Que las celadas de la memoria alcanzan a justos y pecadores, condicionan vidas y obsesionan a personas tenidas por muy respetables fue para la Dama del Crimen casi una verdad de Perogrullo. Si alguna vez hablamos de Los elefantes pueden recordar, deberíamos agregar, al menos, dos de sus novelas famosas: Cinco cerditos y Diez negritos.
Aunque podría decirse que cuando doña Agatha brillaba las neurociencias aún estaban en pañales, lo cierto es que ella sola podría haberle aportado a Daniel Schacter todos los ejemplos necesarios para ilustrar los siete pecados. El catedrático de Harvard prefirió a Kawabata, Austen, Orwell y Beckett, que igual valen y dan más lustre.

De la ciencia a la ficción
La prodigiosa memoria que caracteriza a algunas personas de condición autista, realidad que la divulgación puso en primer plano al profundizarse los avances en la investigación que aún hoy brega por desterrar preconceptos ligados al espectro autista y la neurodivergencia, inspiró a escritores y guionistas fascinados con elementos argumentales provenientes de un tema virgen de alcance mediático.
Así, en camino inverso al hasta aquí descrito, la ciencia le dio abundante material a las artes narrativas del nuevo siglo. Dejamos afuera, por evidente, la constante relación con la ciencia-ficción, un género que ameritaría un extenso y exclusivo artículo enfocado en el lugar que la memoria ocupa en las distopías y narraciones post apocalípticas más recientes.
El Nordic Noir, con la trilogía Millennium, puso a Lisbeth Salander entre los personajes más fascinantes del renacer del policial. Salander, personaje encuadrado dentro del espectro autista, cuenta, entre otros atributos cognitivos, con una memoria asombrosa, fotográfica e infalible.

Dentro y fuera del policial, series, películas y miniseries se aferraron a la neurodivergencia, el espectro autista y los prodigios de la memoria para tentar a públicos de todas las latitudes: Sorjonen, (Ciudad fronteriza), producción finlandesa de 2016-19, y Woo, una abogada extraordinaria, serie surcoreana de 2022, son dos entre los muchos ejemplos de la última década.
Tanto el inspector Kari Sorjonen como Woo Young-woo son autistas de alto rendimiento. Despliegan su talento en la investigación criminal y en el ámbito forense respectivamente. Entre ambos personajes memoriosos, sobresale la memoria fotográfica de Woo y su capacidad para recuperar información y relacionarla en brevísimos lapsos: atesora en su cerebro códigos y jurisprudencia que están muy lejos de ser meros datos archivados en una cabeza.

El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, es una novela multipremiada de 2003 y se encuadra entre las precursoras de la temática relacionada con el espectro autista. Christopher, el personaje protagónico, adolescente, también de alto rendimiento, con memoria fotográfica y dotes lógico-matemáticos, por su caracterización permite suponer que Haddon se documentó a fondo para construirlo y relevar las dificultades que afronta un autista joven en la vida social urbana.
Más allá de la divulgación, las series ficcionalmente bienintencionadas y las buenas novelas, uno de los pecados de la memoria, la propensión, en su faceta de generalizaciones e internalización de estereotipos ―prontos a ser evocados automáticamente― para clasificar seres humanos y objetos, lleva a que muchos individuos neurotípicos aún consideren, sin reflexión, a las personas autistas como enfermas, incapaces o trastornadas mentales, igual que en épocas de ignorancia plena.

Falsos recuerdos, olvido, amnesia & cía.
Yasunari Kawabata, Nobel 1968, es el primer escritor al que recurre Daniel L. Schacter en Los siete pecados. Ya en la Introducción lo cita a propósito de un cuento redactado casi cincuenta años antes por el escritor nipón: «Un pueblo llamado Yumiura» (“Yumiura-shi”, relato incluido en la colección Primera nieve en el monte Fuji ―Fuji no Hatsuyuki―, 1958).
El falso recuerdo en torno al que gira el relato es lo que le interesa a Schacter. Shosuke Kasumi, escritor, recibe la visita de una mujer que dice haberlo conocido treinta años atrás en el pequeño pueblo costero de Yumiura, Kyushu, ocasión en la que Shosuke le habría propuesto matrimonio. El escritor, sin embargo, no recuerda haber conocido a la visitante ni haberle propuesto casarse con él.
Tras despedir a la dama, perturbado por lo que presupone un tremendo e increíble olvido, busca el pueblo en el mapa y termina corroborando que sin duda no existe. La evocación tan cargada de lirismo de la mujer es, evidentemente, un falso recuerdo, uno de esos pecados de la memoria que desmenuza en su libro el catedrático de Harvard.

Pero este cuento, que aquí podrá disfrutarlo quien lo desee, va más allá de un fallo memorístico y las singularidades existenciales que podrían haberlo generado. Es, en cierta manera, una reflexión vital sobre el protagonismo que cobra la memoria en la edad madura, el duelo por la pérdida de recuerdos que no podremos evitar y el lugar que tendremos al morir en las memorias ajenas.
En este caso, no había existido un pueblo llamado Yumiura, pero cuánto de su pasado, un pasado que él había olvidado y que para él ya no existía, podía ser recordado por otros. Después de su muerte, la visitante de hoy iba a pensar que Kozumi le había propuesto matrimonio en Yumiura. Para él no había diferencia entre uno y otro caso.

Las jerarquías psíquicas de recuerdo y olvido convergen en el extremo de la amnesia. Sus variedades clínicas desafían a los investigadores, a los terapeutas, a los neurólogos. Y a los artistas: cine, series, teatro y literatura la han abordado desde todos los ángulos que la ficción habilita.
El desafío, en el terreno de la ficción, está ligado a la originalidad argumental, a la estructura narrativa y la construcción de personajes que logren conmover. A estas alturas, un tema transitado miles de veces exige tanta imaginación como maestría.
En textos no ficcionales pero inclasificables como los de Oliver Sacks, los casos clínicos de amnesia casi siempre resultan conmovedores porque, simbólicamente, el papel de la ciencia se asemeja al de un personaje envuelto en el sino trágico del agonista. Las Moiras pesan más que el laboratorio y a menudo el único alivio para el lector llega con la purga de la catarsis, que se revela como único fármaco útil.

Para otro Nobel, Ishiguro, trasladar la amnesia al medievo en El gigante enterrado fue algo más que servirse de un tópico: el aliento brumoso de Querig, dragón hembra senil que sostiene el olvido, representa el desesperado intento de mantener la convivencia social obliterando el recuerdo de infamias y traiciones, de malas artes políticas e imposturas que forjaron oscuras hegemonías legendarias.
Desde 1984, novela de G. Orwell, Al otro lado del Canal, colección de relatos de J. Barnes, y hasta El gigante enterrado, novela de K. Ishiguro, afloran las más burdas y las más sutiles alteraciones del recuerdo, los contrastes entre la pertinacia de los esfuerzos por no olvidar y los recursos para forzar el olvido.
Reescribir el pasado para adecuarlo al relato del presente, luchar contra el pecado de transcurso hasta límites inauditos o suspender por amnesia el violento contrapunto entre olds britons y anglosaxons son también parte de los satélites de la memoria que alteran historia y existencia humanas igual que la luna a las mareas.

Así como nuestra historia de vida, la que nos sostiene y reafirma como personas, puede acoplarse coherentemente con lo que elegimos ser en el presente a través de recuerdos alterados o falsos pero no, en esencia, fraudulentos, perderlos sin que la memoria tenga siquiera la oportunidad de embellecerlos, hacerlos épicos o retocarlos, es la inexorable tragedia del pecado de transcurso.
Llevando el pecado a sus límites, tanto a luz de memorias semi-amnésicas como normales, Schacter dice que el transcurso es “acaso el más aterrador de los siete pecados: impide que la memoria nos conecte con los pensamientos y sucesos del pasado que definen quiénes somos.”. En bambalinas, terrores supremos acechan: demencia senil y Alzheimer, espectros cognitivos que Samanta Schweblin invocó en su cuento “La respiración cavernaria”.

El transcurso del tiempo que convierte el pasado en brumoso escenario también desdibuja el recuerdo de los seres queridos que en duelo creíamos no poder olvidar jamás. Plantarle cara al transcurso tienta pero desgata o, peor, aísla y perturba. “Evermore”, de Barnes ―cuento incluido en Al otro lado del Canal― es la ficcionalización del triunfo pírrico en la guerra contra el transcurso.
La señorita Moss, protagonista del relato de Barnes, despliega mil recursos para asegurarse no olvidar jamás ni dejar de rendir homenaje a Sammy, su hermano muerto en combate durante la Primera Guerra Mundial. Pretende, además, que su lucha contra el olvido propio se extienda a todos los ingleses perdurablemente: recordar y honrar por siempre a Sammy y sus pares caídos.
Con epicentro en la de su hermano, la señorita Moss trajina tumbas ―que inspecciona con celo―, cementerios y monumentos de uno y otro lado del Canal. Protesta ante cualquier descuido, peticiona ante burócratas para lograr acciones en favor del recuerdo y homenaje de los muertos en la guerra. Festeja la soledad en que vive porque le da más tiempo para velar por la honra a Sammy.
Envejece mientras con acritud profundiza su calidad esperpéntica. De la muerte solo teme el oscuro olvido: “aun cuando [ella] declaraba ser una antigualla, sus recuerdos parecían hacerse más vivos. Si eso sucedía con un individuo, ¿no podría suceder también a escala nacional?”. En el fondo, claro, la señorita Moss vislumbra la amarga verdad: ninguna cruzada le gana al tiempo ni al olvido.
***
Más allá de la analogía que la liga al pecado que nos victimiza, la memoria parecería estar en el lugar del benefactor que no pocas veces nos secunda en mentiras piadosas que necesitamos contarnos para no desesperar. Si como benefactora y aliada en ciertas ocasiones nos suelta la mano, a la larga lo compensa con uno que otro tributo.
En ocasiones arduas, la tentación de acusarla de quintacolumnista afincada en nuestro cerebro es grande. Sin embargo, sus coartadas verosímiles y antecedentes de trabajo agotadoramente continuo la absuelven de antemano. A la larga, envejece con nosotros, poco o muy achacosa. Sea como fuere, todo hace sospechar que está dispuesta a llevarse sus secretos a nuestra tumba, que también será la suya.

Sin embargo, a contracorriente de todo equilibrio, mesura y aceptación, la más mínima sospecha de traición y pecado capital, la mantienen siempre al borde de la cruel ordalía.
[i] «La science est vaste, la vie est subtile, et pour corriger cette distance, c’est ce qui nous intéresse dans la littérature» (1977). La traducción “La ciencia es vasta, la vida es sutil, y es para salvar esta distancia que nos interesa la literatura” es otra posible: vasta en lugar de basta expresa generalidad y amplitud en vez de rusticidad y falta de refinamiento.
Descubre más desde Noticias La Insuperable
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

🧠
Me gustaMe gusta