El negocio detrás de los datos: por qué la información personal se convirtió en uno de los recursos más valiosos del siglo XXI

Cada búsqueda en internet, cada compra con tarjeta, cada recorrido registrado por un teléfono celular y cada interacción en redes sociales generan información que alimenta una gigantesca economía basada en los datos. Mientras empresas y gobiernos incrementan su capacidad para recopilar y procesar esa información, especialistas advierten que la discusión ya no pasa solamente por la privacidad, sino también por el poder económico y político que surge de administrar esos enormes volúmenes de datos.

Por Redacción de NLI

Hace apenas dos décadas, la principal riqueza de las grandes empresas tecnológicas parecía estar en sus programas informáticos o en los dispositivos que fabricaban. Hoy, numerosos economistas sostienen que el activo más valioso ya no son los productos que venden, sino la enorme cantidad de información que reúnen sobre el comportamiento cotidiano de miles de millones de personas. Cada vez que alguien realiza una búsqueda en internet, acepta las condiciones de una aplicación, mira un video durante algunos segundos o utiliza una tarjeta para realizar una compra, deja una huella digital que puede ser procesada para conocer hábitos de consumo, preferencias políticas, rutinas de movilidad e incluso estados de ánimo.

La magnitud de ese fenómeno resulta difícil de dimensionar porque ocurre de manera silenciosa. La mayoría de los usuarios entrega datos personales a cambio de acceder gratuitamente a plataformas de comunicación, servicios de correo electrónico, mapas digitales o aplicaciones de entretenimiento. Sin embargo, detrás de esa aparente gratuidad funciona un modelo económico que convirtió a la información en una materia prima de enorme valor comercial. Cuanto más precisa sea la información sobre una persona, mayor será la capacidad de ofrecer publicidad personalizada, diseñar productos adaptados a sus intereses o anticipar sus futuras decisiones de consumo.

La economía de los datos transformó el capitalismo

El desarrollo de esta nueva lógica llevó a distintos investigadores a plantear que el capitalismo atraviesa una transformación profunda. La académica estadounidense Shoshana Zuboff, una de las principales especialistas en la materia, popularizó el concepto de «capitalismo de la vigilancia» para describir un sistema donde la recopilación masiva de datos personales deja de ser una actividad complementaria y pasa a convertirse en el núcleo mismo del negocio. Según esa interpretación, las grandes plataformas no compiten solamente por vender servicios tecnológicos, sino por construir la base de datos más completa posible sobre la vida cotidiana de las personas.

Ese cambio explica por qué compañías que ofrecen aplicaciones gratuitas alcanzaron valuaciones superiores a muchas empresas industriales tradicionales. El producto que comercializan no es únicamente una red social, un buscador o una plataforma de videos, sino la posibilidad de segmentar con enorme precisión los mensajes publicitarios y las estrategias comerciales dirigidas a millones de usuarios.

El resultado es una concentración inédita de información en manos de un número relativamente reducido de corporaciones capaces de procesar datos provenientes de distintas actividades de la vida cotidiana.

Cuando los datos también se convierten en poder político

La discusión, sin embargo, trasciende el ámbito económico. Diversos procesos electorales registrados durante la última década pusieron de manifiesto que el análisis masivo de datos también puede utilizarse para orientar campañas políticas, identificar perfiles ideológicos o difundir mensajes diseñados específicamente para determinados grupos sociales.

El caso de Cambridge Analytica, que alcanzó notoriedad internacional por el uso de información obtenida a través de redes sociales con fines de segmentación política, mostró hasta qué punto la información personal puede adquirir relevancia más allá del mercado publicitario. A partir de ese episodio, distintos gobiernos comenzaron a revisar sus legislaciones sobre protección de datos y transparencia en el funcionamiento de las plataformas digitales.

No se trata únicamente de proteger la intimidad de las personas. También está en discusión la capacidad que pueden adquirir actores privados para influir sobre procesos democráticos mediante el conocimiento detallado de los comportamientos individuales.

Argentina frente a un debate que recién comienza

Aunque la conversación suele concentrarse en Europa o Estados Unidos, Argentina también enfrenta desafíos vinculados con la economía de los datos. El crecimiento del comercio electrónico, los servicios financieros digitales, la expansión de la inteligencia artificial y la digitalización de numerosos trámites públicos incrementan permanentemente el volumen de información que circula por sistemas informáticos.

Especialistas en derecho digital sostienen que el país cuenta con una trayectoria importante en materia de protección de datos personales, pero advierten que la velocidad del cambio tecnológico obliga a revisar permanentemente las normas existentes. Herramientas capaces de combinar información proveniente de múltiples fuentes permiten elaborar perfiles cada vez más detallados, lo que plantea interrogantes sobre los límites del consentimiento informado y la responsabilidad de quienes administran esas bases de datos.

En paralelo, algunos analistas subrayan otro aspecto menos discutido: si los datos constituyen uno de los recursos estratégicos de la economía contemporánea, la capacidad de un país para desarrollar infraestructura tecnológica, investigación en inteligencia artificial y empresas nacionales del sector también comienza a formar parte de la discusión sobre soberanía. La dependencia tecnológica ya no se expresa únicamente en la importación de equipos o programas, sino también en quién controla la información generada por millones de ciudadanos.

Mucho más que una cuestión de privacidad

Durante años, la protección de datos personales fue presentada como un asunto relacionado exclusivamente con el derecho a la intimidad. Sin embargo, la evolución de la economía digital demuestra que la cuestión posee una dimensión mucho más amplia. Los datos organizan mercados, orientan inversiones, condicionan estrategias comerciales, permiten entrenar sistemas de inteligencia artificial y ofrecen ventajas competitivas difíciles de igualar para quienes no disponen de esa información.

Comprender cómo circulan los datos y quién obtiene beneficios de esa circulación será una de las alfabetizaciones fundamentales del siglo XXI. Del mismo modo que las sociedades industriales debieron aprender a regular el trabajo, la competencia y los recursos naturales, las democracias contemporáneas enfrentan el desafío de construir reglas para un nuevo tipo de riqueza que no se extrae de la tierra ni se fabrica en una planta industrial, sino que se produce cada vez que una persona interactúa con el mundo digital. En esa discusión se jugará una parte importante del equilibrio entre innovación, desarrollo económico, derechos individuales y soberanía tecnológica.


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