Mercedes Sosa fue mucho más que una cantante: fue una expresión artística y política de América Latina. Desde Tucumán hasta los escenarios más importantes del planeta, “La Negra” construyó una carrera basada en la defensa de la cultura popular, la justicia social y la identidad de los pueblos. Su voz atravesó dictaduras, exilios, censuras y transformaciones políticas hasta convertirse en una de las referencias culturales argentinas más reconocidas de la historia.
Por Redacción de NLI

Hay artistas que interpretan canciones y hay artistas que logran que una sociedad entera se reconozca en una voz. Mercedes Sosa pertenece a esa segunda categoría. Nacida en Tucumán en 1935, en el seno de una familia trabajadora, comenzó cantando en espacios pequeños y concursos radiales hasta convertirse en una de las figuras centrales del folklore argentino y en una de las voces más importantes de América Latina. Su historia está profundamente ligada a la historia política y cultural del país: al nacimiento del Nuevo Cancionero, a las luchas sociales de las décadas del sesenta y setenta, al exilio provocado por la dictadura y a la reconstrucción democrática.
Su carrera no se explicó solamente por su extraordinaria capacidad vocal. Mercedes Sosa construyó una identidad artística donde la música era también una forma de contar la realidad de quienes muchas veces no tenían espacio en los grandes escenarios: trabajadores, campesinos, pueblos originarios, mujeres y sectores populares. En sus interpretaciones convivieron las raíces del folklore argentino con una mirada latinoamericana que entendía la canción como una herramienta de memoria y expresión colectiva.
En una época donde la cultura estaba atravesada por fuertes disputas políticas, Mercedes eligió un camino definido: cantar aquello que otros intentaban silenciar. Esa decisión marcó su trayectoria y también la convirtió en una figura incómoda para los sectores de poder que pretendían imponer una cultura alejada de los conflictos sociales.
De Tucumán al nacimiento de una nueva canción argentina
Mercedes Sosa comenzó su carrera artística bajo el seudónimo de Gladys Osorio, participando en concursos de canto durante su adolescencia. Con el tiempo adoptó su nombre real y empezó a construir una propuesta propia dentro del folklore argentino, un género que en aquellos años atravesaba una profunda transformación.
A mediados de la década del sesenta surgió el Movimiento del Nuevo Cancionero, impulsado por artistas que buscaban renovar la música popular argentina incorporando nuevas temáticas sociales y una mirada más amplia sobre la realidad del país. Junto al músico y compositor Armando Tejada Gómez, Mercedes se convirtió en una de las principales referentes de esa corriente.
El Nuevo Cancionero planteaba que el folklore no debía quedar reducido a una repetición de tradiciones, sino que debía ser una expresión viva de los pueblos y de los problemas de su tiempo. Esa concepción permitió que la música popular se transformara en un espacio de reflexión sobre la desigualdad, la identidad nacional y las luchas sociales.
La dictadura, la censura y el exilio
La relación entre Mercedes Sosa y el poder político fue especialmente conflictiva durante la última dictadura cívico-militar argentina. Sus canciones, su compromiso público y los artistas con los que compartía escenario hicieron que fuera incluida en listas de artistas considerados “peligrosos” por el régimen.
En 1979, durante un recital en La Plata, fue detenida junto al público que había asistido a verla. Poco después, la persecución política la llevó al exilio. Primero viajó a Europa y luego comenzó una etapa internacional donde su voz encontró nuevos públicos.
El exilio fue una experiencia dolorosa, pero también permitió que Mercedes Sosa se convirtiera en una embajadora de la cultura argentina y latinoamericana. Mientras en su país muchas expresiones artísticas eran perseguidas, ella llevaba al exterior canciones que hablaban de memoria, libertad y dignidad.
Su regreso a la Argentina en 1983, antes incluso del retorno formal de la democracia, fue recibido como un acontecimiento cultural y político. Sus conciertos en el Teatro Ópera quedaron grabados como uno de los símbolos del renacer democrático y de la recuperación de una voz que la dictadura había intentado callar.
Una voz que atravesó generaciones
Con el paso de los años, Mercedes Sosa dejó de pertenecer solamente al mundo del folklore y se convirtió en una figura transversal de la música argentina. Grabó junto a artistas de distintas generaciones y géneros, desde referentes latinoamericanos hasta músicos jóvenes que encontraron en ella una maestra.
Su interpretación de canciones como “Gracias a la vida”, “Alfonsina y el mar”, “Sólo le pido a Dios” o “Todo cambia” trascendió fronteras y convirtió su repertorio en parte del patrimonio cultural de América Latina.
Pero detrás de esa popularidad había una definición artística: Mercedes nunca entendió la música como un simple entretenimiento. Para ella, una canción podía acompañar una lucha, recuperar una memoria o darle voz a quienes no eran escuchados.
Ese compromiso hizo que fuera reconocida internacionalmente, pero también generó críticas de quienes cuestionaban su cercanía con determinadas posiciones políticas. Como ocurrió con muchos artistas latinoamericanos de su generación, su obra estuvo atravesada por la tensión entre arte, identidad y compromiso social.
El legado de una artista que todavía canta
Mercedes Sosa murió el 4 de octubre de 2009, pero su influencia continúa presente en nuevas generaciones de músicos y en millones de argentinos que siguen encontrando en su voz una forma de identidad colectiva.
Su trayectoria recuerda que la cultura de un país no se construye solamente en grandes instituciones, sino también en las canciones que acompañan la vida cotidiana de su pueblo. La voz de Mercedes estuvo presente en momentos de dolor, esperanza y transformación, desde los años de persecución política hasta las celebraciones democráticas.
En tiempos donde la cultura vuelve a ser discutida como un gasto o un privilegio, la historia de Mercedes Sosa recupera una idea fundamental: una sociedad también se construye a través de sus símbolos, sus artistas y sus relatos compartidos. Su voz no fue solamente una voz argentina; fue la expresión de una parte profunda de América Latina que encontró en una canción una forma de decir “aquí estamos”.
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