El 2 de agosto de 1867 nació en Buenos Aires Ángel Honorio Roffo, el médico que impulsó una de las revoluciones científicas más importantes de la Argentina del siglo XX. En una época en la que el cáncer era considerado poco menos que una condena inevitable, promovió la investigación, creó el primer instituto especializado de América Latina y defendió una idea que todavía hoy conserva plena vigencia: la ciencia debía estar al servicio de la salud pública y no únicamente del prestigio académico.
Por Redacción de NLI

La historia de la medicina argentina suele recordar nombres como René Favaloro, Bernardo Houssay o Luis Agote, figuras cuya trascendencia logró atravesar generaciones. Sin embargo, existe otro protagonista cuya obra modificó profundamente la manera en que el país enfrentó una de las enfermedades más complejas de la medicina moderna y que, con el paso del tiempo, fue quedando relegado del conocimiento popular. Se trata de Ángel Honorio Roffo, médico, investigador y docente nacido el 2 de agosto de 1867, considerado uno de los pioneros mundiales en el estudio del cáncer y fundador de una institución que todavía hoy constituye una referencia para la oncología argentina.
Hijo de inmigrantes italianos que llegaron al país en busca de oportunidades, Roffo perteneció a esa generación de profesionales que acompañó el proceso de modernización sanitaria de la Argentina de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Mientras Europa atravesaba una verdadera revolución científica y la medicina incorporaba nuevos conocimientos sobre bacterias, vacunas y métodos de diagnóstico, el país comenzaba a construir hospitales, laboratorios y centros de investigación capaces de dialogar con las principales corrientes científicas internacionales. En ese contexto, Roffo eligió concentrarse en una enfermedad sobre la que todavía existían más preguntas que respuestas.
El cáncer era, por entonces, un territorio prácticamente desconocido. Los tratamientos resultaban limitados y predominaba una mirada resignada frente a una patología cuya incidencia comenzaba a crecer junto con el aumento de la expectativa de vida. Roffo entendió que el desafío no consistía solamente en atender pacientes, sino también en investigar las causas de la enfermedad y promover estrategias de prevención cuando casi nadie hablaba de ellas.
El instituto que colocó a la Argentina a la vanguardia
Esa convicción se materializó en 1922 con la creación del Instituto de Medicina Experimental para el Estudio y Tratamiento del Cáncer, hoy conocido como Instituto de Oncología «Ángel H. Roffo», dependiente de la Universidad de Buenos Aires. La institución fue una de las primeras de América Latina dedicadas exclusivamente a la investigación, diagnóstico y tratamiento oncológico, combinando asistencia médica, formación de especialistas y producción científica en un mismo espacio.
Bajo la conducción de Roffo, el instituto desarrolló investigaciones que obtuvieron reconocimiento internacional y promovió campañas de prevención cuando todavía no existía una conciencia social extendida sobre factores de riesgo asociados al cáncer. Sus estudios sobre la relación entre determinadas sustancias presentes en el humo del tabaco y el desarrollo de tumores fueron especialmente innovadores para la época. Décadas antes de que el tabaquismo fuera reconocido mundialmente como un problema de salud pública, el médico argentino ya advertía sobre los riesgos de esa práctica mediante investigaciones experimentales que despertaron interés en numerosos países.
Como suele ocurrir con muchas figuras científicas, parte de sus hipótesis fueron luego revisadas, ampliadas o corregidas por investigaciones posteriores. Esa evolución forma parte del propio funcionamiento del conocimiento científico. Sin embargo, el aporte de Roffo resultó decisivo porque ayudó a instalar una idea que hoy parece evidente pero que entonces era revolucionaria: la prevención también podía salvar vidas.
Ciencia, Estado y salud pública
La trayectoria de Roffo también permite recorrer una etapa de la historia argentina donde el desarrollo científico comenzaba a consolidarse como una política de Estado. Hospitales universitarios, institutos de investigación y organismos públicos de salud fueron construyendo una infraestructura que permitió formar generaciones de profesionales y posicionar al país como un referente regional en distintas especialidades médicas.
Ese proceso no dependió exclusivamente del talento individual de investigadores brillantes. Requirió inversión pública, universidades fortalecidas y una concepción que entendía la ciencia como un instrumento para resolver problemas concretos de la sociedad. La obra de Roffo difícilmente hubiera alcanzado la dimensión que tuvo sin la existencia de instituciones capaces de sostener investigaciones durante largos períodos y de formar equipos interdisciplinarios.
La historia posterior demostraría que el desarrollo científico nunca es lineal. Argentina alternó etapas de fuerte inversión con períodos de desfinanciamiento, fuga de cerebros y pérdida de capacidades estratégicas. Esa tensión continúa vigente cada vez que se discute el presupuesto destinado a universidades, hospitales o centros de investigación.
Un legado que trasciende la medicina
Ángel H. Roffo murió en 1947, pero el instituto que lleva su nombre continúa siendo una de las instituciones más importantes del país en materia de oncología. Miles de profesionales fueron formados en sus aulas y miles de pacientes encontraron allí atención especializada a lo largo de más de un siglo de historia.
Su legado, sin embargo, excede al campo médico. La trayectoria de Roffo recuerda que los grandes avances científicos no suelen surgir de improvisaciones ni de esfuerzos individuales aislados. Son el resultado de comunidades de investigadores, universidades, hospitales públicos y políticas sostenidas en el tiempo que permiten acumular conocimiento generación tras generación.
A ciento cincuenta y nueve años de su nacimiento, Ángel H. Roffo sigue representando una tradición científica argentina que entendió el conocimiento como un bien público. En un escenario donde la investigación vuelve a enfrentar restricciones presupuestarias y donde numerosos científicos advierten sobre el riesgo de perder capacidades construidas durante décadas, su historia recupera una pregunta que atraviesa toda la experiencia argentina: si un país puede aspirar a resolver sus grandes problemas sanitarios sin invertir de manera sostenida en ciencia, educación y salud pública. La respuesta que dejó Roffo fue clara y sigue interpelando al presente.
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