Mucho antes de que las computadoras personales transformaran la vida cotidiana, un grupo de científicos argentinos decidió que el país necesitaba una máquina capaz de resolver problemas que demandaban días de cálculo manual. En 1960 llegó a Buenos Aires una enorme computadora británica que cambiaría la ciencia nacional y daría origen a una de las primeras carreras universitarias de computación de América Latina.
Por Redacción de NLI

Hoy resulta difícil imaginar una computadora que ocupara varios armarios metálicos, necesitara un sistema especial de refrigeración y no tuviera pantalla, teclado ni mouse. Mucho más difícil todavía resulta imaginar que una máquina semejante pudiera convertirse en una herramienta cotidiana para científicos argentinos cuando buena parte del mundo recién comenzaba a descubrir las posibilidades de la computación. Sin embargo, eso ocurrió en la Argentina de fines de los años 50, cuando la Universidad de Buenos Aires decidió apostar por una tecnología que todavía estaba lejos de ser un negocio masivo y que era considerada, fundamentalmente, una herramienta para la investigación científica.
Aquella máquina fue una Ferranti Mercury, fabricada en el Reino Unido. Llegó al país en noviembre de 1960, fue instalada en el Pabellón 1 de Ciudad Universitaria y comenzó a funcionar oficialmente el 15 de mayo de 1961. Su nombre técnico era Mercury, pero los argentinos terminaron llamándola Clementina, porque al finalizar determinados cálculos emitía una melodía basada en los primeros acordes de Oh My Darling, Clementine.
Lo extraordinario no fue solamente tener una computadora. Lo verdaderamente importante fue lo que se decidió hacer con ella.
Una máquina para cambiar la forma de hacer ciencia
La llegada de Clementina estuvo vinculada al proyecto de crear en la UBA un Instituto de Cálculo, impulsado por matemáticos y científicos que entendían que las nuevas máquinas podían transformar radicalmente la investigación. Entre quienes participaron de ese proceso estuvo Manuel Sadosky, una figura central para el desarrollo de la computación argentina, junto con Rebeca Cherep de Guber y otros investigadores.
La idea era mucho más ambiciosa que comprar una computadora y ponerla a disposición de algunos especialistas. Se buscaba construir alrededor de ella una comunidad científica capaz de utilizar el cálculo automático para abordar problemas complejos de matemática, física, economía, estadística, ingeniería y otras disciplinas. La máquina debía ser una herramienta para producir conocimiento y resolver problemas concretos de la sociedad.
Ese enfoque resulta particularmente interesante porque se produjo cuando la informática todavía no era concebida como hoy. No existían teléfonos inteligentes, internet ni computadoras personales. La programación era un campo prácticamente nuevo y quienes trabajaban con esas máquinas debían aprender procedimientos que hoy parecen extraordinariamente rudimentarios.
La propia UBA destaca que el Instituto de Cálculo llegó a trabajar en áreas como mecánica celeste, estadística, economía matemática, investigación operativa y dinámica de fluidos, convirtiendo a Clementina en una herramienta de investigación de enorme importancia.
Incluso se utilizó para procesar información vinculada con problemas concretos de la Argentina. La computadora podía realizar en minutos operaciones que manualmente hubieran requerido jornadas enteras de trabajo, permitiendo que matemáticos y científicos dedicaran más tiempo a interpretar los resultados y plantear nuevos problemas.
Las mujeres que programaban la máquina
Uno de los aspectos menos conocidos de esta historia es que las mujeres tuvieron un papel fundamental en los primeros años de la computación argentina.
El grupo que rodeó a Clementina contó con investigadoras y programadoras como Cecilia Berdichevsky, Rebeca Cherep de Guber, Viola Eandi, Alicia de Marval y María Rosa Pistol de Pignotti. La participación femenina no fue una excepción anecdótica: durante aquellos primeros años, las mujeres tuvieron una presencia muy importante en el desarrollo de la computación científica en la Argentina.
Cecilia Berdichevsky quedó particularmente ligada a la historia de Clementina. Matemática formada en la UBA, se capacitó para trabajar con la nueva máquina y se convirtió en una de las primeras especialistas argentinas en programación. Su trayectoria permite desmontar una idea instalada posteriormente: que la informática fue desde sus comienzos un territorio exclusivamente masculino.
La historia de Clementina también demuestra que la computación no nació simplemente de la aparición de las máquinas. Detrás había matemáticos, programadores, docentes, técnicos e instituciones capaces de desarrollar nuevos conocimientos. La computadora era apenas una parte de un proyecto mucho más amplio.
Por eso, en paralelo con el Instituto de Cálculo, Sadosky impulsó la creación de la carrera de Computador Científico, considerada por la UBA como la primera de Argentina y de Latinoamérica.
La apuesta era extraordinariamente moderna: formar profesionales específicamente preparados para trabajar con una tecnología que todavía estaba buscando definir su propio lenguaje.
El proyecto que chocó contra la historia política argentina
La experiencia de Clementina también terminó convirtiéndose en una muestra de las dificultades que tuvo la Argentina para sostener en el tiempo sus proyectos científicos.
Durante la primera mitad de la década de 1960, el Instituto de Cálculo desarrolló una intensa actividad y reunió grupos de investigación que alcanzaron reconocimiento internacional. La computadora dejó de ser una curiosidad tecnológica para convertirse en una infraestructura científica. Pero ese proceso quedó abruptamente afectado por el golpe de Estado de 1966 y, especialmente, por la Noche de los Bastones Largos, cuando la dictadura de Juan Carlos Onganía intervino las universidades y reprimió violentamente a estudiantes y docentes.
El episodio tuvo consecuencias devastadoras para la ciencia argentina. Numerosos investigadores abandonaron sus cargos y muchos terminaron emigrando. El Instituto de Cálculo perdió parte importante de sus integrantes y aquel ecosistema científico que se había construido alrededor de Clementina comenzó a desarticularse.
La computadora continuó funcionando durante algunos años, pero su historia quedó inevitablemente ligada a la de aquel proyecto científico que había comenzado a desarrollarse en la universidad pública. Clementina fue retirada de servicio en 1971, después de una década en la que había demostrado que la Argentina podía formar profesionales y desarrollar investigación en un campo tecnológico que recién comenzaba a expandirse.
Lo más interesante de Clementina, entonces, no es solamente que Argentina haya tenido una computadora avanzada en 1961. Es que alrededor de ella se construyó una política científica: se formaron investigadores, se creó una carrera universitaria, se desarrollaron aplicaciones y se intentó poner una tecnología de frontera al servicio de problemas nacionales.
En tiempos en que la inteligencia artificial, los datos y la computación vuelven a ocupar el centro de las discusiones sobre el desarrollo, aquella experiencia adquiere una nueva dimensión. Clementina recuerda que la soberanía tecnológica no comienza cuando un país fabrica el último dispositivo del mercado. Comienza mucho antes: cuando una sociedad decide formar científicos, financiar universidades, sostener instituciones y desarrollar conocimiento propio.
La enorme máquina que alguna vez ocupó una sala de Ciudad Universitaria puede parecer hoy un objeto prehistórico frente a cualquier teléfono celular. Pero detrás de sus válvulas y sus armarios metálicos había una idea extraordinariamente moderna: que el conocimiento científico podía ser una herramienta de desarrollo nacional. Y esa idea, más de seis décadas después, sigue siendo mucho más importante que la computadora que la hizo posible.
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