La inteligencia artificial dispara el consumo energético de los centros de datos y abre una nueva disputa mundial por electricidad, agua e infraestructura.
Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

La inteligencia artificial suele presentarse como una tecnología intangible, casi mágica, que vive en la nube y parece funcionar fuera de las reglas materiales que gobiernan cualquier otra industria. Una pregunta escrita desde un teléfono puede recibir una respuesta en segundos, una imagen puede generarse en un instante y un modelo puede analizar millones de datos sin que el usuario vea otra cosa que una pantalla. Pero detrás de esa aparente liviandad existe una infraestructura gigantesca de servidores, chips, sistemas de refrigeración, redes eléctricas y centros de datos que consumen cantidades cada vez mayores de energía. El boom de la inteligencia artificial está transformando a los centros de datos en nuevos grandes consumidores de electricidad, hasta el punto de que la Agencia Internacional de Energía (IEA) estima que su demanda eléctrica global pasó de unos 415 TWh en 2024 a aproximadamente 485 TWh en 2025, y podría llegar a unos 950 TWh en 2030.
La cifra puede resultar abstracta hasta que se la coloca en perspectiva. Según la IEA, el consumo eléctrico de los centros de datos podría duplicarse aproximadamente hacia 2030 y alcanzar un nivel cercano al consumo actual de Japón. No significa que la inteligencia artificial vaya a consumir por sí sola toda esa electricidad, porque los centros de datos también sostienen servicios de almacenamiento, computación en la nube y otras aplicaciones digitales, pero la IA es uno de los principales motores del crecimiento. De hecho, durante 2025 la electricidad utilizada específicamente por los centros de datos orientados a inteligencia artificial aumentó alrededor de 50%, mientras que el consumo eléctrico de todos los centros de datos creció 17%.
La nube también necesita una enorme infraestructura
La contradicción es particularmente interesante porque durante años se construyó una imagen de internet como un espacio prácticamente inmaterial. Se habla de “la nube”, de servicios virtuales y de información que viaja instantáneamente de un continente a otro, pero cada una de esas operaciones depende de máquinas físicas que deben permanecer encendidas permanentemente. Cuanto más sofisticados son los modelos de inteligencia artificial, mayor capacidad de procesamiento necesitan, y los llamados servidores acelerados, utilizados especialmente para IA, tienen una densidad energética considerablemente superior a la de los servidores convencionales.
El crecimiento tampoco se explica solamente porque cada consulta consuma una enorme cantidad de energía. La eficiencia tecnológica está mejorando rápidamente y la energía necesaria para realizar determinadas tareas de IA está disminuyendo, pero al mismo tiempo aumenta la cantidad de personas que utilizan estos sistemas y aparecen aplicaciones mucho más exigentes. La IEA señala que tareas como la generación de video, determinados procesos de razonamiento y los sistemas capaces de actuar como agentes pueden consumir cientos o incluso miles de veces más energía por consulta que una simple generación de texto. El problema, entonces, no es únicamente cuánto cuesta energéticamente cada operación, sino la escala que puede alcanzar el uso de estas herramientas.
La expansión de los centros de datos está provocando además un problema que hasta hace pocos años parecía propio de otro tipo de industrias: la infraestructura eléctrica no siempre puede crecer a la misma velocidad que la informática. Construir un nuevo centro de datos puede llevar relativamente poco tiempo en comparación con levantar nuevas líneas de transmisión, ampliar redes, instalar transformadores o desarrollar nueva generación eléctrica. La propia IEA advierte que las restricciones en cadenas de suministro y las dificultades para conectar nuevos proyectos a las redes están comenzando a funcionar como cuellos de botella para la expansión.
Es una paradoja característica de la revolución digital: las empresas tecnológicas pueden desarrollar nuevos modelos en tiempos extraordinariamente cortos, pero la electricidad que necesitan continúa dependiendo de infraestructura física que requiere planificación, inversiones enormes y años de construcción. El software puede avanzar a una velocidad que la red eléctrica no necesariamente puede acompañar.
La pelea ya no es solamente por los chips
Durante los primeros años de la actual revolución de la IA, la competencia tecnológica estuvo concentrada principalmente en los semiconductores. Nvidia se convirtió en una de las empresas más valiosas del mundo gracias a sus procesadores especializados y las grandes compañías tecnológicas comenzaron a invertir cantidades extraordinarias para asegurarse capacidad de cómputo. Pero el cuello de botella está desplazándose: no alcanza con conseguir chips si no existe electricidad suficiente para hacerlos funcionar.
La IEA estima que las inversiones de cinco grandes compañías tecnológicas superaron los 400.000 millones de dólares en 2025 y podrían aumentar otro 75% durante 2026. Detrás de esas inversiones existe una carrera por construir centros de datos cada vez más grandes, pero también por garantizar el acceso a la energía que permitirá mantenerlos funcionando.
Eso está modificando incluso las relaciones entre empresas tecnológicas y compañías energéticas. La expansión de la IA está generando nuevas oportunidades para las energías renovables, pero también para el gas natural y, nuevamente, para la energía nuclear. Según la IEA, aproximadamente la mitad del crecimiento de la demanda eléctrica de los centros de datos hasta 2035 podría ser cubierta por energías renovables, mientras que el gas natural y la energía nuclear también tendrán un papel importante.
El escenario plantea una discusión que excede a Silicon Valley. Si la inteligencia artificial es presentada como una herramienta destinada a transformar industrias enteras, también habrá que discutir quién paga la infraestructura necesaria para que esa transformación sea posible. Una nueva central eléctrica, una línea de alta tensión o un sistema de almacenamiento no aparecen mágicamente cuando una empresa tecnológica anuncia un nuevo centro de datos. Son inversiones que pueden requerir recursos públicos, planificación estatal y décadas de amortización, aunque los beneficios económicos inmediatos queden concentrados en determinadas compañías.
El agua también entra en la ecuación
La electricidad no es el único recurso involucrado. Los centros de datos producen enormes cantidades de calor y necesitan sistemas de refrigeración capaces de mantener los equipos funcionando de manera estable. Dependiendo de la tecnología utilizada, la ubicación y las condiciones climáticas, esos sistemas pueden requerir cantidades significativas de agua.
El debate ambiental está empezando a adquirir una dimensión política precisamente por esa razón. En Estados Unidos, comunidades rurales y urbanas están cuestionando nuevos proyectos de centros de datos por sus posibles efectos sobre el suministro eléctrico, el agua y el precio de los servicios públicos. En algunos lugares, la resistencia ha reunido a sectores políticos que normalmente se encuentran enfrentados: agricultores preocupados por el uso de tierras y agua, organizaciones ambientalistas y vecinos preocupados por el impacto sobre las tarifas.
Europa también está comenzando a responder con regulaciones específicas. España, por ejemplo, anunció este mes un proyecto normativo destinado a imponer requisitos más estrictos a los nuevos centros de datos en materia de eficiencia energética, sostenibilidad, consumo de recursos y soberanía digital. La propuesta contempla que determinadas instalaciones compensen una parte sustancial de su consumo eléctrico mediante nueva generación renovable y establece condiciones destinadas a evitar que una expansión descontrolada termine saturando la infraestructura energética.
La discusión empieza así a cambiar de naturaleza. Ya no se trata solamente de preguntarse qué puede hacer la inteligencia artificial, sino de preguntarse qué recursos materiales hacen falta para que pueda hacerlo a escala planetaria.
¿Y qué significa esto para Argentina?
Para países como Argentina, el fenómeno puede representar simultáneamente una oportunidad y un riesgo. La disponibilidad de recursos energéticos, el potencial solar y eólico, el gas de Vaca Muerta y la capacidad científica y tecnológica podrían convertir al país en un territorio atractivo para nuevas inversiones vinculadas con infraestructura digital. Pero esa oportunidad solamente tendría sentido si el desarrollo de los centros de datos se integra a una estrategia energética y productiva que determine qué beneficios quedan en el país y cuáles son los costos que deberá asumir la sociedad.
La experiencia internacional empieza a mostrar que atraer un centro de datos no equivale automáticamente a generar desarrollo. La inversión puede ser gigantesca y, sin embargo, el empleo permanente ser relativamente reducido en comparación con otras industrias. Al mismo tiempo, la infraestructura eléctrica construida para abastecer esos complejos puede tener efectos sobre toda una región. Por eso, el debate debería incorporar cuestiones que van mucho más allá de los anuncios de inversión: consumo energético, generación adicional, uso del agua, infraestructura de transmisión, impacto ambiental, empleo, tributación y condiciones para garantizar que la capacidad instalada también beneficie a otras actividades productivas.
Hay además una cuestión de soberanía que comienza a adquirir una importancia creciente. Los países que no controlan sus centros de datos, sus redes, sus chips o sus modelos de inteligencia artificial pueden terminar dependiendo de empresas extranjeras para procesar una parte cada vez mayor de su información económica, científica y estatal. La carrera por la IA, en consecuencia, no es solamente una carrera tecnológica: también es una disputa por infraestructura, energía y capacidad de decisión.
La inteligencia artificial puede efectivamente convertirse en una de las tecnologías más transformadoras del siglo XXI, pero su expansión obliga a abandonar la ilusión de que lo digital carece de materia. Cada conversación, cada imagen, cada video y cada modelo que funciona en la nube necesita electricidad, refrigeración, servidores, minerales, edificios y redes. La pantalla oculta esa infraestructura porque precisamente esa es una de las características más poderosas de la tecnología moderna: hacer que procesos físicos gigantescos parezcan instantáneos e invisibles.
El desafío de los próximos años será decidir cómo se distribuyen los beneficios y los costos de esa transformación. La eficiencia de los procesadores continuará mejorando y las energías renovables podrán cubrir una parte importante de la demanda, pero el crecimiento de los usos de IA también puede neutralizar buena parte de esas ganancias. La revolución artificial, en definitiva, necesita una infraestructura muy real, y allí aparecerá una de las grandes discusiones de esta década: si la inteligencia artificial será solamente una nueva fuente de concentración económica o si podrá convertirse en una herramienta de desarrollo sin trasladar sus costos energéticos y ambientales al conjunto de la sociedad.
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