La actividad de la construcción cayó 4,5% interanual en julio y 4,6% contra junio. El derrumbe de materiales básicos como asfalto, cemento, ladrillos y hormigón muestra el impacto de una política económica que retiró al Estado de la obra pública y apostó a que el sector privado reemplazara ese motor. Por ahora, la inversión prometida no aparece y la economía real vuelve a retroceder.
Por Celina Fraticiangi para NLI

Hay momentos en que un dato económico deja de ser solamente un porcentaje y empieza a contar una historia. El número que acaba de publicar el INDEC sobre la construcción es uno de esos casos: la actividad cayó 4,5% en julio respecto de julio de 2025 y se desplomó 4,6% en comparación con junio. La tendencia-ciclo, que permite observar la evolución más persistente del sector, también retrocedió 1,1%.
El Gobierno todavía puede mostrar un dato positivo: en los primeros siete meses del año la construcción acumula una mejora del 1,7%. Pero esa cifra necesita ser puesta en contexto. La comparación se realiza contra una actividad que había sido brutalmente golpeada por el ajuste de 2024. La construcción había quedado contra las cuerdas después de la decisión de frenar la obra pública y comprimir el gasto. Por eso, recuperar una parte de aquello que se había perdido no equivale a haber construido un modelo de crecimiento.
Y ahora aparece la parte que el discurso oficial preferiría esconder: la recuperación se está dando vuelta.
El ajuste que frenó las obras
La construcción fue uno de los sectores que recibió de lleno el programa económico de Milei. El Gobierno decidió reducir drásticamente la obra pública nacional como parte de su política de ajuste y sostuvo que el sector privado iba a ocupar ese espacio.
La promesa era conocida: menos Estado, más inversión privada, más actividad y finalmente más crecimiento.
Pero una ruta que no construye el Estado no aparece mágicamente porque se anuncie una economía “libre”. Una escuela que deja de hacerse no es reemplazada automáticamente por una empresa privada. Y una familia que perdió poder de compra tampoco sale corriendo a construir su casa porque el Gobierno haya anunciado que ahora la economía funciona de otra manera.
La construcción necesita demanda, crédito y plata circulando.
Y justamente eso es lo que falta.
Los propios números de julio muestran hasta qué punto se frenó el movimiento. El consumo aparente de asfalto cayó 23,1%, el yeso 21,2%, los ladrillos huecos 12,9%, las cales 9,8%, el hormigón elaborado 9,5% y el cemento Portland 8,1%. También retrocedieron las placas de yeso, los pisos y revestimientos y el hierro redondo y los aceros para construcción.
No estamos hablando de indicadores financieros ni de una discusión de economistas sobre modelos matemáticos. Son ladrillos, cemento, hormigón y asfalto. Son los materiales que tienen que llegar a una obra para que una obra exista.
Y en julio llegaron menos.
La obra privada no vino a salvar el ajuste
Durante meses, el argumento oficial fue que el Estado debía retirarse para liberar la iniciativa privada. El problema es que el capital privado no construye por patriotismo ni por entusiasmo ideológico: construye cuando hay rentabilidad y demanda.
Si una familia no puede acceder a un crédito hipotecario, no construye. Si una empresa no consigue financiamiento razonable, posterga una inversión. Si no hay compradores para los departamentos, los desarrolladores esperan. Y si el consumo está deprimido, buena parte de las actividades vinculadas a la construcción también sufren.
Los propios empresarios del sector reflejan esa incertidumbre. Para el período agosto-octubre, el 75% de las empresas dedicadas principalmente a obras privadas no esperaba cambios en la actividad, mientras apenas 10,6% proyectaba una mejora. Entre las empresas que anticipaban una caída, la principal explicación era precisamente la debilidad de la actividad económica; luego aparecían los altos costos, la falta de crédito y los problemas en la cadena de pagos.
Es decir: el sector privado tampoco está viendo esa lluvia de inversiones que debía compensar el retiro del Estado.
Y en la obra pública el panorama tampoco es alentador. Más de una cuarta parte de las empresas vinculadas al sector esperaba una disminución de la actividad para los próximos meses, mientras los atrasos en la cadena de pagos aparecen como uno de los principales problemas.
El resultado es una suerte de tierra arrasada: el Estado dejó de empujar y el sector privado no tomó el lugar que el Gobierno había prometido que ocuparía.
No es solamente la construcción
La gravedad del dato aumenta cuando se lo mira junto con otro número difundido por el INDEC el mismo día.
La industria manufacturera cayó 4,9% interanual en julio y 5% frente a junio. En los primeros siete meses del año acumula una caída de 2,6%. Doce de las dieciséis ramas industriales relevadas mostraron retrocesos interanuales.
Esto ya no parece un problema particular de un sector.
Mientras el Gobierno insiste en que la Argentina atraviesa una transformación económica histórica, dos pilares de la economía real se están contrayendo al mismo tiempo.
Y hay un dato especialmente incómodo: la industria vinculada a maquinaria y equipos registró retrocesos enormes. La fabricación de maquinaria agropecuaria cayó 46,6% interanual, mientras que otras ramas de maquinaria y equipos también mostraron derrumbes muy fuertes.
Eso permite hacer una pregunta incómoda: ¿de qué sirve hablar de una economía que supuestamente vuelve a crecer si fábricas, obras y sectores productivos están trabajando menos?
El Gobierno puede celebrar el 1,7% acumulado de la construcción. Puede hacerlo porque estadísticamente es cierto. Pero también es cierto que julio mostró un desplome mensual del 4,6% y que la tendencia viene deteriorándose.
La diferencia entre ambas lecturas es política.
Una dice: “la construcción crece 1,7% en el año”.
La otra dice: “después de recuperarse parcialmente del pozo al que la llevó el ajuste, la construcción volvió a caer y en julio se desplomó”.
Las dos frases pueden ser verdaderas. Pero solamente una permite entender qué está pasando ahora.
El verdadero resultado del modelo
El problema de fondo no es que haya caído un índice durante un mes. El problema es el modelo que hay detrás de esa caída.
Milei llegó al Gobierno prometiendo que el sacrificio inicial sería el precio de una transformación que después produciría crecimiento, inversión y prosperidad. El ajuste fue presentado como inevitable. La obra pública fue tratada como un gasto prescindible. El Estado debía correrse y el mercado ocupar su lugar.
Pero una economía no funciona con consignas.
Cuando se corta la obra pública, desaparece actividad. Cuando cae el consumo, desaparece demanda. Cuando no hay crédito, desaparece inversión. Y cuando todo eso ocurre al mismo tiempo, la economía real se achica.
La construcción es uno de los sectores donde esa realidad se ve con mayor crudeza porque detrás de cada porcentaje hay trabajadores, corralones, transportistas, fábricas de cemento, acerías, ladrilleras, empresas constructoras y miles de proveedores.
Por eso el dato de julio no es simplemente que “la construcción perdió fuerza”.
Es bastante más grave: el dato empieza a desnudar el costo del programa económico de Milei.
El supuesto motor privado no alcanzó para reemplazar el retiro del Estado. La recuperación posterior al derrumbe de 2024 no consiguió consolidarse. Y ahora, mientras el Gobierno sigue hablando de una nueva Argentina, la economía productiva vuelve a mostrar números en rojo.
La construcción no está pidiendo permiso para entrar en crisis: ya está mostrando las consecuencias del ajuste.
Y esta vez resulta cada vez más difícil esconderlas detrás de un porcentaje acumulado.
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