Durante buena parte del siglo XIX, los perros fueron considerados en Buenos Aires un problema sanitario, económico y hasta de orden público. Hubo campañas para eliminarlos, animales envenenados en las calles, matanzas organizadas por las autoridades y hasta discusiones sobre cómo evitar que los cadáveres quedaran abandonados. La llegada de la vacuna de Pasteur en 1886 empezó a cambiar aquella historia, pero también transformó para siempre la relación entre los porteños y sus perros.
Por Alcides Blanco para NLI

Hubo una Buenos Aires en la que tener un perro no era necesariamente una expresión de cariño, compañía o vida familiar. Durante buena parte del siglo XIX, los perros podían ser considerados directamente una amenaza para la ciudad. Los había vagabundos que recorrían las calles, animales que se escapaban de las casas, jaurías que atacaban ganado en la campaña y, sobre todo, perros sospechosos de transmitir una enfermedad que provocaba un miedo particular porque, una vez manifestados sus síntomas, la rabia era prácticamente una sentencia de muerte. Mucho antes de que la medicina comprendiera con precisión el mecanismo de transmisión del virus, las autoridades porteñas ya habían decidido combatir el problema de una manera brutalmente sencilla: reducir la cantidad de perros.
El problema venía de lejos. Una investigación reciente del historiador Mauro Vallejo reconstruye la historia de la rabia en Buenos Aires desde comienzos del siglo XIX y muestra cómo aquella enfermedad se instaló en el imaginario porteño junto con una enorme población canina. Los perros estaban en todas partes y cumplían funciones muy diferentes: algunos protegían casas y establecimientos, otros acompañaban a sus dueños, muchos sobrevivían en las calles y en la campaña existían verdaderas jaurías de perros cimarrones capaces de atacar ganado y convertir determinados caminos en zonas peligrosas. El perro podía ser guardián, compañero, animal de trabajo o simplemente un vagabundo al que nadie consideraba propio. Para las autoridades sanitarias, todos esos mundos terminaban mezclándose cuando aparecía la rabia.
La respuesta institucional durante décadas fue tan sencilla como terrible. Una vez por año se ordenaban matanzas masivas de perros, y los métodos utilizados fueron cambiando según la época y la sensibilidad de las autoridades. Se emplearon garrotes, espadas, alimentos envenenados y otros procedimientos destinados a eliminar a los animales que circulaban sin control. La investigación de Vallejo muestra que aquellas campañas tenían resultados decepcionantes: eliminaban grandes cantidades de perros, pero la población canina volvía a crecer y el problema reaparecía. Era una especie de guerra urbana que las autoridades no podían ganar.
El problema de matar perros en plena calle
La brutalidad del procedimiento empezó a generar además otro problema: la propia matanza se había convertido en un espectáculo de violencia en medio de la ciudad. En 1885, la Sociedad Argentina Protectora de Animales, vinculada a Domingo Faustino Sarmiento, presentó ante la Municipalidad una propuesta para modificar el sistema utilizado contra los perros sueltos. El planteo no significaba ignorar el problema sanitario, pero sí cuestionaba la forma en que se lo enfrentaba. La organización pedía que los animales fueran recogidos y mantenidos durante un tiempo antes de ser sacrificados, de manera que sus posibles dueños pudieran recuperarlos.
La discusión revela algo que suele perderse cuando se cuenta la historia de la medicina como una sucesión de grandes descubrimientos. La cuestión no era solamente cómo curar la rabia: también se estaba discutiendo qué clase de ciudad quería ser Buenos Aires. Matar animales a garrotazos en plena calle podía ser considerado una solución sanitaria, pero al mismo tiempo empezaba a resultar incompatible con una ciudad que pretendía presentarse como moderna, civilizada y ordenada.
La paradoja era evidente. Buenos Aires quería parecerse cada vez más a las grandes capitales europeas, pero todavía resolvía determinados problemas sanitarios mediante prácticas que parecían propias de otro mundo. Y los perros estaban justamente en el centro de esa contradicción: eran considerados parte del desorden urbano y, al mismo tiempo, comenzaban lentamente a convertirse en animales de compañía.
Ese cambio cultural fue tan importante como el médico. El perro dejó de ser exclusivamente una herramienta para custodiar una casa, un establecimiento o una majada y empezó a ocupar un lugar afectivo dentro del hogar. La propia investigación histórica sobre los perros porteños señala cómo, durante el siglo XIX, comenzó a desarrollarse una sensibilidad diferente hacia ellos, visible tanto en imágenes como en textos literarios. El animal podía ser objeto de afecto y no solamente de utilidad.
Cuando llegó Pasteur
El gran cambio llegó desde París.
En 1885, Louis Pasteur había desarrollado el procedimiento preventivo contra la rabia que abriría una nueva etapa en la historia de la enfermedad. La noticia llegó rápidamente a la Argentina. El ministro argentino en París, José C. Paz, reunió a médicos argentinos que se encontraban en Francia para analizar la posibilidad de incorporar aquel conocimiento, y los doctores Desiderio Davel y Reynal O’Connor fueron enviados a capacitarse en el laboratorio de Pasteur.
Davel regresó a Buenos Aires en agosto de 1886 con material para continuar los experimentos y comenzó a trabajar en su propio domicilio de la calle Solís. Allí realizó inoculaciones experimentales en conejos antes de iniciar el tratamiento de personas mordidas. El 4 de septiembre de 1886, Davel aplicó por primera vez en Buenos Aires la vacuna antirrábica desarrollada por Pasteur. Ese episodio sería el punto de partida del centro antirrábico que con el tiempo se convertiría en una institución fundamental de la salud pública porteña.
La escena que siguió fue todavía más extraordinaria. Una de las primeras pacientes fue una niña de cinco años, mordida en el muslo por una perra que vivía de manera intermitente en su casa. El animal había comenzado a mostrar síntomas extraños y terminó muerto. La pequeña recibió durante varios días las inyecciones preventivas y sobrevivió. Aquellas primeras aplicaciones demostraron que la ciudad tenía, por primera vez, una herramienta concreta frente a una enfermedad que durante décadas había generado terror.
Pero la vacuna no hizo desaparecer inmediatamente el viejo miedo. Durante años continuaron las campañas para controlar a los perros callejeros y se mantuvo la preocupación por las mordeduras. El propio material de divulgación producido posteriormente por el Laboratorio Pasteur advertía a los porteños que no escondieran a un perro mordedor, que lo llevaran para ser examinado y que no arrojaran animales a la calle. La medicina había avanzado, pero la ciudad todavía tenía que aprender nuevas formas de convivir con sus animales.
Del enemigo público al perro de la familia
Ahí está quizás la parte más interesante de esta historia. La rabia ayudó a convertir al perro en un asunto de salud pública, pero la modernización sanitaria también permitió que lentamente pudiera convertirse en otra cosa: un animal doméstico protegido por la medicina, registrado, vacunado y reconocido como parte de la vida familiar.
La historia de los perros porteños es, en ese sentido, también una historia sobre cómo cambia una sociedad. En un extremo aparece la jauría considerada una amenaza que debía ser exterminada; en el otro, el perro que duerme dentro de una casa y tiene nombre propio. Entre ambos extremos hay más de un siglo de transformaciones en la medicina, las costumbres, la legislación, la sensibilidad hacia los animales y la propia idea de ciudad.
Y quizás por eso aquella vieja guerra contra los perros resulte tan extraña desde el presente. Los mismos animales que alguna vez fueron perseguidos por las calles de Buenos Aires terminaron convirtiéndose en uno de los compañeros más habituales de los porteños.
La ciudad cambió. La medicina cambió. También cambió la mirada sobre los animales.
Y detrás de esa transformación quedó una historia bastante menos simpática: durante décadas, antes de que Pasteur ofreciera una alternativa, Buenos Aires intentó combatir el miedo a la rabia persiguiendo perros por las calles, en una guerra sanitaria que se repetía una y otra vez sin conseguir resolver el problema.
La vacuna terminó haciendo algo que ninguna matanza había conseguido: convertir el miedo en una política de prevención.
Y de paso, ayudó a que el perro dejara de ser visto solamente como un problema para empezar a convertirse definitivamente en parte de la familia.
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