En 1994, una jirafa recién llegada desde Estados Unidos escapó del Zoológico de Mendoza.
Por Alcides Blanco para NLI

Hay historias que parecen escritas por alguien que se tomó demasiado en serio la tarea de imaginar qué podía salir mal en un zoológico. Esta empieza en Mendoza, en septiembre de 1994, cuando dos jirafas recién llegadas desde Estados Unidos fueron incorporadas al viejo Zoológico provincial, instalado al pie del Cerro de la Gloria. Eran animales jóvenes, todavía en proceso de adaptación, y habían llegado para ocupar el espacio que había dejado vacío Lucerito, una jirafa que había muerto cuatro años antes después de ingerir un envoltorio plástico. Todo parecía formar parte de la rutina de un zoológico que buscaba renovar sus especies y volver a ofrecer a sus visitantes esos animales extraordinarios que, durante décadas, fueron uno de los grandes atractivos de los paseos familiares. Pero había un pequeño problema: hacía apenas tres días que las jirafas estaban en Mendoza cuando una de ellas decidió que el recinto provisorio no era, evidentemente, el lugar donde pensaba pasar la noche.
La historia quedó registrada por Los Andes y recuperada décadas después por el propio diario mendocino. El episodio ocurrió durante la madrugada y tuvo un desenlace tan absurdo como trágico: la jirafa escapó del recinto provisorio y cayó al foso de los leones. Cuando finalmente encontraron al animal, ya era demasiado tarde. Había sufrido una caída desde una altura considerable y murió como consecuencia del golpe. Ni siquiera tenía nombre propio: había llegado junto con una hembra que posteriormente sería bautizada Soledad, pero el macho no alcanzó a recibir bautismo zoológico. Había sido presentado apenas unos días antes como parte de una nueva adquisición y, en cuestión de horas, pasó de ser una de las grandes novedades del paseo mendocino a convertirse en una de las historias más tristes y extrañas de aquel zoológico.
Tres días en Mendoza y una fuga fatal
Hay algo particularmente desconcertante en la historia: la jirafa prácticamente no había tenido tiempo de conocer su nueva casa. Había cruzado desde Michigan, Estados Unidos, y apenas llevaba tres días en Mendoza. Todavía debía estar atravesando el proceso de adaptación al clima, a los olores, a los ruidos y a un ambiente completamente diferente del que había conocido hasta entonces. El zoológico había preparado un recinto provisorio mientras se acomodaban los animales, pero fue precisamente desde allí donde se produjo la fuga. La reconstrucción publicada por Los Andes señala que el ejemplar salió durante la madrugada y terminó dentro del sector de los leones. En una ciudad donde una jirafa caminando libre por la calle habría provocado seguramente una estampida de curiosos, el episodio ni siquiera llegó a convertirse en aventura urbana: la fuga terminó antes de que el animal pudiera ir demasiado lejos.
La imagen mental, sin embargo, es inevitable. Una jirafa de varios metros de altura desplazándose en plena noche por un zoológico mendocino, con el personal tratando de descubrir por dónde había salido y, en algún momento, encontrándose con que el animal había terminado en el foso de los leones. No hubo persecución cinematográfica, ni policías persiguiendo al animal por las calles, ni una multitud tratando de capturarlo. Hubo algo bastante más propio de la historia real: un recinto que no consiguió contener al animal, una fuga durante la madrugada y una caída fatal. Y justamente por eso la historia resulta tan poderosa: porque detrás de lo insólito no había una escena de película sino una sucesión de decisiones, instalaciones y circunstancias que terminaron de la peor manera.
El episodio fue especialmente doloroso porque aquellas dos jirafas habían llegado con la expectativa de renovar una especie que ya venía acumulando desgracias en el zoológico mendocino. La primera había sido Lucerito, fallecida en 1990 después de ingerir un envoltorio plástico que le provocó asfixia. La llegada del macho y de la hembra desde Michigan parecía abrir una nueva etapa, pero apenas tres días después el macho estaba muerto. Su compañera quedó sola y fue bautizada Soledad. En noviembre de ese mismo año llegaría otra jirafa, Claudia, precisamente para acompañarla. Pero tampoco tendría una larga vida: murió seis meses después por un edema agudo de pulmón. Soledad terminaría muriendo en 1997 a causa de un cuadro de tripanosomiasis.
La maldición de las jirafas
Vista en perspectiva, la historia del macho que escapó adquiere una dimensión todavía más extraña. Entre 1990 y 2004, seis jirafas pasaron por el Zoológico de Mendoza y las seis murieron, por causas completamente diferentes pero igualmente trágicas. Lucerito murió por un plástico; el macho sin nombre, por la caída al foso de los leones; Claudia, por un edema agudo de pulmón; Soledad, por un parásito que afectó su sangre; y Belén y Tomy, las últimas jirafas del predio, murieron en 2004 después de ingerir clavel amarillo, una planta venenosa que había terminado mezclada con el alimento. Los Andes reconstruyó esa sucesión de episodios y la calificó como una verdadera “maldición de las jirafas”.
La historia del animal que escapó fue, por lo tanto, apenas el segundo capítulo de una relación particularmente desgraciada entre el zoológico mendocino y las jirafas. Lo curioso es que, pese a que el episodio de 1994 terminó mal, las jirafas siguieron llegando al predio. La siguiente fue Claudia, y más adelante, ya a comienzos del siglo XXI, llegaron desde Chile Belén y Tomy. Para entonces el zoológico seguía siendo uno de los paseos tradicionales de Mendoza y la presencia de animales exóticos formaba parte de esa idea de parque zoológico que durante buena parte del siglo XX parecía absolutamente natural: el público iba a contemplar especies que nunca podría ver en libertad y el establecimiento debía conseguirlas, mantenerlas y reproducirlas.
Pero aquellas historias también permiten mirar hacia atrás con otros ojos. Los viejos zoológicos estaban construidos alrededor de una lógica que hoy resulta mucho más cuestionada: animales salvajes convertidos en atracciones, recintos pensados para contenerlos y estructuras que muchas veces no contemplaban suficientemente sus necesidades. El caso de la jirafa de 1994 es particularmente elocuente porque el animal no murió después de una enfermedad exótica ni de una circunstancia imposible de prever. Murió luego de escapar de un recinto provisorio y caer en otro sector del mismo zoológico. La tragedia expuso, de una manera brutal, hasta qué punto el diseño y el manejo de un zoológico podían determinar la vida o la muerte de sus habitantes.
Una jirafa sin nombre
Quizás el detalle más extraño de toda la historia sea justamente el más pequeño: nunca llegó a tener nombre. No fue Toto, ni Pocho, ni Soledad, ni Claudia, ni Belén, ni Tomy. Fue simplemente el macho que llegó desde Michigan en septiembre de 1994 y que tres días después escapó de su recinto para terminar muerto en el foso de los leones. En los registros posteriores aparece como una de las seis jirafas que murieron en Mendoza durante esos catorce años, pero quedó prácticamente borrado de la memoria popular, eclipsado por las otras, que sí fueron bautizadas y tuvieron tiempo de convertirse en personajes del zoológico.
Y ahí aparece la parte más curiosa de esta historia: si la fuga hubiera terminado de otra manera, probablemente hoy estaríamos contando una anécdota completamente distinta. Una jirafa suelta en el Zoológico de Mendoza habría sido uno de esos episodios capaces de paralizar un paseo, reunir a empleados y curiosos y convertir al animal en protagonista absoluto de la ciudad durante unas horas. Pero no hubo persecución, ni rescate heroico, ni regreso triunfal al recinto. La aventura terminó contra el foso de los leones. Lo que pudo haber sido una de las historias más divertidas del viejo zoológico terminó siendo una de las más tristes.
Décadas después, el Zoológico de Mendoza comenzó a ser cuestionado desde otra perspectiva y finalmente se transformó en Ecoparque, en línea con un cambio más amplio en la manera de entender la relación entre las instituciones de fauna, la conservación y el cautiverio. La vieja idea del zoológico como colección de animales para ser contemplados fue perdiendo legitimidad frente a concepciones centradas en conservación, rescate y bienestar animal. La historia de aquella jirafa anónima permite entonces mirar todo ese proceso desde un episodio diminuto pero revelador: un animal que llegó desde Michigan para convertirse en atracción de los mendocinos y que, tres días después, intentó escapar de su nuevo mundo. No sabemos qué buscaba, porque no podemos ponerle palabras a una jirafa; sabemos solamente que salió de su recinto, cayó donde no debía y murió.
Quizás por eso el título queda mejor así, con cierta ironía porteña y una tristeza inevitable detrás: “El día que se nos escapó una jirafa”. Porque durante mucho tiempo los zoológicos argentinos estuvieron llenos de historias extraordinarias: elefantes que se escapaban, monos que burlaban a sus cuidadores, animales transportados desde países remotos y directores que caminaban jirafas por las calles. Pero detrás de cada una de esas aventuras había animales reales, y la historia del viejo zoológico también está hecha de esas pequeñas tragedias que durante años quedaron escondidas detrás de las postales familiares. En Mendoza, una jirafa llegó desde Estados Unidos, conoció su recinto durante tres días y después desapareció de la manera más inesperada posible. No llegó a tener nombre, pero dejó una historia que todavía hoy parece inventada.
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