Antonio Rivero encabezó el 26 de agosto de 1833 una rebelión de gauchos y trabajadores en las Islas Malvinas, pocos meses después de la ocupación británica. Su figura quedó en el centro de una histórica disputa historiográfica sobre las causas y el significado de aquel levantamiento.
Por Alcides Blanco para NLI

Hay nombres que sobreviven a los documentos porque terminan convirtiéndose en símbolos. Antonio Rivero, un gaucho entrerriano nacido, probablemente, en Concepción del Uruguay alrededor de 1808, es uno de ellos. Su vida anterior a los acontecimientos de 1833 está rodeada de pocos datos firmes, pero existe constancia de que llegó a las Islas Malvinas durante la etapa de administración argentina encabezada por Luis Vernet y que trabajó como peón rural en Puerto Soledad.
En agosto de 1833, apenas unos meses después de la ocupación británica del archipiélago, Rivero encabezó junto a otros siete trabajadores una rebelión que terminó con la muerte de cinco personas vinculadas al establecimiento de Puerto Soledad, el desplazamiento de las autoridades que habían quedado en la isla y la recuperación temporal del control del asentamiento por parte de los sublevados. Durante varios meses, hasta la llegada de nuevas fuerzas británicas a comienzos de 1834, Rivero y sus compañeros permanecieron en la isla sin reconocer la autoridad británica. La tradición histórica argentina convirtió aquella rebelión en uno de los primeros episodios de resistencia frente a la ocupación de 1833, mientras que otra corriente historiográfica sostuvo que sus causas inmediatas estuvieron relacionadas fundamentalmente con conflictos laborales, económicos y personales. Esa discusión, lejos de quitarle importancia al episodio, permite comprender por qué la figura de Rivero se convirtió en una de las más controvertidas y persistentes de la historia de Malvinas.[1]
Antes de Rivero: una colonia argentina en el Atlántico Sur
Para entender qué ocurrió en agosto de 1833 hay que retroceder algunos años. Desde la década de 1820, las autoridades de las Provincias Unidas del Río de la Plata habían desarrollado distintas iniciativas de ocupación y administración de las islas. En 1820, David Jewett tomó posesión formal del archipiélago en nombre de las Provincias Unidas y posteriormente se desarrolló un proceso de asentamiento y explotación económica que tuvo como figura central a Luis Vernet, designado comandante político y militar de las islas por el gobierno de Buenos Aires en 1829. Vernet impulsó una colonia en Puerto Soledad, organizó actividades ganaderas y comerciales y procuró establecer una presencia efectiva en un territorio cuya soberanía Argentina sostenía desde los primeros años posteriores a la independencia. Rivero llegó a las islas durante ese período y pasó a formar parte de la población trabajadora vinculada a las actividades rurales de la colonia.[2] La situación cambió violentamente a comienzos de 1833, cuando el Reino Unido envió la corbeta HMS Clio, comandada por John James Onslow, y el 3 de enero obligó al comandante argentino José María Pinedo a abandonar Puerto Soledad. La ocupación británica alteró la estructura política existente y dejó a los habitantes de la colonia en una situación completamente diferente a la que habían conocido bajo la administración vinculada a Buenos Aires.
Rivero permaneció en las islas después de aquella ocupación. Ese dato resulta fundamental porque lo convirtió en testigo directo del cambio de autoridades y de las transformaciones que afectaron la vida cotidiana de los trabajadores rurales. Las fuentes coinciden en que las relaciones entre los peones y quienes quedaron al frente de la colonia se deterioraron rápidamente. Existían conflictos por las remuneraciones, por las condiciones de trabajo y por el sistema de vales utilizado para pagar a los trabajadores. El historiador Federico Lorenz, entre otros investigadores, ha señalado que las causas inmediatas del levantamiento no pueden separarse de esos conflictos económicos y sociales. La propia historiografía argentina, sin embargo, ha discutido durante décadas si esa dimensión económica explica por completo el levantamiento o si debe incorporarse también el contexto de la ocupación británica como un elemento decisivo para comprenderlo.[3]
El 26 de agosto de 1833
La rebelión comenzó el 26 de agosto de 1833. Rivero encabezó a un grupo de ocho hombres integrado, además de él, por Juan Brasido, José María Luna, Luciano Flores, Manuel Godoy, Felipe Salazar, Manuel González y Pascual Latorre. Se trataba de trabajadores rurales que conocían profundamente el territorio y que estaban armados con los elementos disponibles: facones, boleadoras, armas de fuego y otros instrumentos utilizados en la vida cotidiana de la campaña. El levantamiento terminó en una acción violenta en la que fueron asesinados cinco hombres relacionados con el establecimiento de Puerto Soledad, entre ellos William Dickson y Jean Simon. Después de la rebelión, los sublevados ocuparon las instalaciones principales y arriaron la bandera británica, mientras la tradición argentina sostiene que volvieron a izar la bandera celeste y blanca.[1] El episodio fue posteriormente conocido en fuentes británicas como los “Port Louis murders”, una denominación que pone el acento en las muertes ocurridas durante la rebelión, mientras que en la historiografía argentina el acontecimiento pasó a ser recordado como el alzamiento del gaucho Rivero.
Lo que sucedió después es uno de los elementos que explican la dimensión histórica de la figura de Rivero. Tras la rebelión, los hombres no abandonaron inmediatamente las islas ni huyeron hacia el continente. Permanecieron en territorio malvinense y durante meses evitaron el contacto con las autoridades británicas. En ese período, Puerto Soledad quedó sin una autoridad británica efectiva, hasta que nuevas fuerzas llegaron para restablecer el control. En enero de 1834 arribó el HMS Challenger, con el teniente Henry Smith, quien recibió la misión de asumir el control de las islas y capturar a los sublevados. Smith y sus hombres iniciaron la persecución de Rivero y sus compañeros, que se habían internado en el territorio y utilizaban su conocimiento de la geografía de la isla para evitar ser capturados.[1] La resistencia terminó varios meses después. Algunos integrantes fueron apresados antes y otros se entregaron progresivamente. Rivero fue el último de los principales sublevados en caer, en marzo de 1834.
¿Un rebelde social o un símbolo de soberanía?
Aquí comienza una de las discusiones historiográficas más interesantes alrededor de su figura. Durante buena parte del siglo XX, sectores de la historiografía académica argentina fueron muy críticos con la interpretación patriótica del levantamiento. En 1966, la Academia Nacional de la Historia emitió un dictamen que rechazó la caracterización de Rivero como héroe nacional y consideró que no existían elementos documentales suficientes para afirmar que la rebelión hubiera tenido una motivación patriótica. La discusión tuvo una enorme repercusión en aquel momento y enfrentó a historiadores vinculados con distintas tradiciones intelectuales. La documentación conservada por la Biblioteca Nacional de Maestros permite reconstruir aquella controversia y muestra que el debate no fue solamente sobre un episodio de 1833: también expresaba una disputa más amplia sobre quiénes podían ser considerados protagonistas de la historia argentina y sobre el lugar que debía ocupar la cultura popular en la construcción de la identidad nacional.[4]
La discusión volvió a adquirir intensidad justamente en 1966, cuando se cumplían 133 años del levantamiento y el nacionalismo argentino reivindicó con fuerza la figura de Rivero. Historiadores y militantes revisionistas comenzaron a presentarlo como el hombre del pueblo que había enfrentado a los ocupantes británicos y había vuelto a colocar la bandera argentina en Malvinas. La historiografía posterior estudió esa construcción y mostró que Rivero pasó a convertirse en una figura particularmente potente para el imaginario nacional-popular: un trabajador rural, un gaucho, un hombre proveniente de los sectores populares que aparecía enfrentando a una potencia imperial en un territorio que la Argentina reivindicaba como propio.[5] Esa dimensión cultural explica que su nombre haya trascendido largamente los límites de la historiografía académica y aparezca en canciones, libros, monumentos, instituciones y homenajes vinculados con Malvinas.
Pero reconocer esa construcción histórica no obliga a borrar los interrogantes sobre las causas concretas de la rebelión. Los conflictos laborales existieron y están documentados. Los trabajadores enfrentaban problemas con las remuneraciones y con las nuevas condiciones de vida impuestas después de la ocupación. La historiografía más crítica de la interpretación patriótica sostiene que no existe evidencia contemporánea suficiente para afirmar que Rivero haya organizado el levantamiento con un programa explícito destinado a recuperar la soberanía argentina. Otros investigadores y la tradición revisionista, en cambio, entienden que separar completamente el conflicto social de la cuestión nacional resulta artificial, porque los trabajadores se rebelaron precisamente en el contexto producido por el desplazamiento de las autoridades argentinas y la instalación de una nueva autoridad británica.[3][5]
Lo que Rivero dejó en la historia
El dato que ninguna de esas interpretaciones puede borrar es que la rebelión ocurrió pocos meses después de la ocupación británica de enero de 1833, que los sublevados actuaron contra las nuevas autoridades instaladas en las islas y que durante varios meses impidieron que el Reino Unido ejerciera un control efectivo sobre Puerto Soledad. La acción no recuperó definitivamente las Malvinas para la Argentina y tampoco produjo una modificación permanente del control territorial británico. Pero sí constituyó una resistencia concreta desarrollada dentro del archipiélago después del desplazamiento de las autoridades argentinas. Desde la perspectiva de la memoria nacional, ese hecho adquirió un peso enorme: Rivero quedó asociado a la idea de que la ocupación de 1833 no fue aceptada pacíficamente por todos quienes se encontraban en las islas.
Su historia también tiene un capítulo posterior que durante mucho tiempo fue presentado de maneras diferentes. Después de ser capturados, Rivero y otros integrantes del grupo fueron enviados fuera de las islas y quedaron a disposición de las autoridades británicas. La versión según la cual Rivero habría sido trasladado a Inglaterra para ser juzgado y que finalmente la justicia británica se habría declarado incompetente por considerar que no tenía jurisdicción sobre los hechos ocurridos en Malvinas forma parte de la tradición historiográfica argentina, pero requiere ser presentada con cuidado porque la documentación disponible y las interpretaciones posteriores no son completamente uniformes. Lo que sí está documentado es que los detenidos terminaron regresando al Río de la Plata.[2][5]
La vida de Rivero no terminó en Malvinas. La tradición histórica argentina sostiene que regresó al continente y que posteriormente participó en la Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845, durante la resistencia frente a la intervención anglo-francesa. Allí habría encontrado la muerte. De esta manera, la figura construida alrededor de Rivero terminó vinculando dos episodios separados por doce años pero unidos por una misma lectura nacional: Malvinas y Vuelta de Obligado como expresiones de resistencia frente a la intervención de potencias extranjeras. La documentación sobre su trayectoria posterior es considerablemente más escasa que la correspondiente a los acontecimientos de 1833, por lo que algunos detalles de esa etapa deben ser tratados con prudencia.[2]
El gaucho que quedó en la memoria de Malvinas
La figura de Antonio Rivero no puede reducirse a una estampita patriótica ni tampoco a la descripción de un simple conflicto laboral. Fue un trabajador rural que protagonizó una rebelión violenta en las Malvinas pocos meses después de la ocupación británica de 1833, y alrededor de ese hecho se construyó durante casi dos siglos una disputa sobre su significado. Esa discusión historiográfica es, en sí misma, parte de la historia argentina. La investigación académica contemporánea ha mostrado cómo Rivero fue transformado, especialmente desde la década de 1960, en un personaje central de la narrativa popular sobre Malvinas, mientras sectores de la historiografía tradicional cuestionaron la existencia de una motivación patriótica comprobable.[4][5]
Lo que permanece más allá de esa disputa es la secuencia histórica: el 3 de enero de 1833 las autoridades británicas ocuparon Puerto Soledad y desplazaron a las autoridades argentinas; el 26 de agosto un grupo de ocho trabajadores encabezado por Antonio Rivero se sublevó; durante meses los rebeldes evitaron el restablecimiento efectivo del control británico; y a comienzos de 1834 una nueva expedición británica recuperó el control de la isla.[1][2] La Argentina continuó reclamando la soberanía sobre las islas durante las décadas siguientes y llevó la cuestión a los organismos internacionales en el siglo XX. En 1965, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Resolución 2065, que reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido y llamó a ambos gobiernos a negociar una solución pacífica.[6]
Por eso, cuando el nombre de Rivero vuelve a aparecer en la historia de Malvinas, no se trata solamente de recordar a un gaucho que vivió en Puerto Soledad hace casi dos siglos. Se trata de recuperar la historia de un trabajador de los sectores populares que quedó atrapado en uno de los momentos decisivos de la disputa por el archipiélago, y cuya rebelión terminó convertida en símbolo de resistencia. Rivero murió mucho antes de que existiera la Argentina moderna tal como hoy la conocemos, mucho antes de la guerra de 1982 y mucho antes de que las Naciones Unidas incorporaran la cuestión Malvinas a su agenda de descolonización. Sin embargo, su nombre sobrevivió porque quedó asociado a una imagen poderosa: la de un grupo de hombres que, después de la ocupación de 1833, arriaron la bandera británica y volvieron a hacer flamear la celeste y blanca en las islas.
Citas y bibliografía
[1] Academia Nacional de la Historia, El episodio ocurrido en Puerto de la Soledad de Malvinas el 26 de agosto de 1833. Testimonios documentales, Buenos Aires, 1967. La Academia reunió documentación contemporánea y testimonios sobre el levantamiento y sus protagonistas. Su posición sobre la interpretación del episodio fue posteriormente objeto de una extensa controversia historiográfica. La Biblioteca Nacional de Maestros conserva materiales de aquella discusión.
[2] Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto / Estado argentino, documentación histórica sobre la cuestión Malvinas y los acontecimientos de 1833. La documentación oficial argentina ubica el levantamiento de Rivero en el contexto de la ocupación británica y la expulsión de las autoridades argentinas.
[3] Lorenz, Federico, Todo lo que necesitás saber sobre Malvinas, Buenos Aires, Paidós, 2014. La interpretación de Lorenz resulta particularmente útil para distinguir entre los hechos documentados y las posteriores construcciones patrióticas alrededor de Rivero. La historiografía académica ha señalado los conflictos salariales y laborales como parte importante del contexto de la rebelión.
[4] Biblioteca Nacional de Maestros, “El gaucho Rivero y la historiografía argentina”, dossier Malvinas y su historia. El material reproduce y contextualiza la controversia producida en 1966 entre la Academia Nacional de la Historia y las corrientes revisionistas alrededor de la interpretación del levantamiento.
[5] Novas Lo Coco, Francisco Nicolás, “Malvinas y el gaucho Rivero. Las tensiones entre la cultura letrada y lo popular”, Antigua Matanza, Universidad Nacional de La Matanza. El trabajo analiza específicamente la construcción cultural y política de Rivero como figura popular y la disputa historiográfica sobre su significado.
[6] Naciones Unidas, Resolución 2065 (XX), “Cuestión de las Islas Malvinas (Falkland Islands)”, Asamblea General, 16 de diciembre de 1965. La resolución reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre Argentina y Reino Unido y llamó a ambos gobiernos a encontrar una solución pacífica mediante negociaciones.
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