Un fósil de capibara de 8,8 millones de años revela que el actual desierto de Atacama tuvo ríos, vegetación y ambientes húmedos. La historia se conecta con los carpinchos de Nordelta.
Por Amparo Lestienne para NLI

Hay animales que parecen hechos para determinados paisajes. El camello parece pertenecer al desierto, el pingüino al hielo y el carpincho a las orillas de un río, una laguna o un humedal. Por eso resulta casi absurdo imaginar uno de estos enormes roedores paseándose hace millones de años por un territorio que hoy conocemos como uno de los lugares más secos del planeta: el desierto de Atacama. Sin embargo, eso es exactamente lo que acaba de revelar un pequeño fragmento de diente fósil. El ejemplar, perteneciente al género extinto Cardiatherium, vivió hace aproximadamente 8,8 millones de años, durante el Mioceno tardío, y constituye el registro más antiguo conocido de un capibara en Chile.
La historia tiene, además, una curiosa conexión con la Argentina contemporánea. Porque si hoy uno quiere observar capibaras en un paisaje urbano transformado por el ser humano, puede encontrarlos en las inmediaciones de Nordelta, donde los carpinchos se convirtieron en uno de los habitantes más conocidos —y discutidos— de los humedales del norte bonaerense. En Barrio Carpinchos, de hecho, hasta el nombre del barrio terminó consagrando esa convivencia. Pero mientras los carpinchos de Tigre nos recuerdan que los humedales todavía sobreviven en medio de una enorme transformación urbana, el fósil chileno cuenta una historia muchísimo más antigua: la del momento en que un paisaje que hoy parece incompatible con la vida acuática era suficientemente húmedo como para sostener a los parientes de los animales que hoy vemos chapoteando en el Delta del Paraná.
Un diente diminuto contra un desierto gigantesco
El fósil no es un esqueleto completo ni una calavera perfectamente conservada. Es apenas una parte del tercer molar superior izquierdo de un Cardiatherium, identificado como MPC-3000. Pero en paleontología un fragmento diminuto puede contener una enorme cantidad de información. La forma y estructura del diente permitieron determinar que pertenecía a los hidroquerinos, el grupo de roedores al que pertenecen los capibaras actuales, y su posición dentro de los estratos geológicos permitió establecer una antigüedad aproximada de 8,8 millones de años, dentro de un intervalo estimado entre 9,6 y 7,9 millones de años.
El lugar donde apareció es lo verdaderamente desconcertante. El ejemplar procede de El Morro, en la Formación Bahía Inglesa, en la región chilena de Atacama. Hoy, ese paisaje es sinónimo de aridez extrema. Pero un capibara no es precisamente un animal que pueda instalarse en cualquier parte. Los actuales necesitan agua superficial, vegetación y ambientes asociados a ríos, lagunas, bañados o humedales. Son herbívoros semiacuáticos y utilizan los ambientes ribereños tanto para alimentarse como para desplazarse y refugiarse.
Por eso, el fósil funciona como una especie de alarma paleontológica: si había un animal de esas características viviendo allí, algo fundamentalmente distinto estaba ocurriendo con el ambiente.
Y los científicos no se quedaron solamente con el carpincho fósil.
El estudio publicado en Scientific Reports combinó paleontología, geología, geoquímica y paleobotánica. Los investigadores analizaron, entre otras evidencias, fitolitos, microscópicas estructuras de sílice producidas por las plantas y capaces de sobrevivir millones de años después de que la vegetación desaparezca. En los sedimentos aparecieron señales compatibles con palmeras y otras plantas propias de ambientes mucho más húmedos que el Atacama actual.
También estudiaron carbonatos de antiguos suelos y sus composiciones isotópicas. Los resultados apuntaron hacia una vegetación dominada por plantas C3, además de condiciones compatibles con una disponibilidad de agua considerablemente mayor. No significa que hace 8,8 millones de años todo el actual desierto fuera una selva tropical, una imagen que sería científicamente exagerada. Lo que sí indican las evidencias es que existían sistemas fluviales, ambientes ribereños y fuentes de agua dulce persistentes capaces de sostener una comunidad de grandes mamíferos semiacuáticos.
De los humedales del Atacama a los carpinchos de Nordelta
Acá aparece la comparación que permite entender mejor el hallazgo.
Quien haya visto un carpincho descansando tranquilamente al borde de una laguna de Nordelta puede comprender rápidamente qué clase de ambiente necesita este animal. No hace falta ser paleontólogo: un carpincho no es una especie diseñada para caminar kilómetros sobre suelo completamente seco buscando desesperadamente una gota de agua. Su anatomía, alimentación y comportamiento están vinculados a ambientes acuáticos y a la vegetación que crece alrededor de ellos.
Los carpinchos actuales (Hydrochoerus hydrochaeris) son los roedores vivientes más grandes del mundo y están estrechamente asociados a ambientes acuáticos de Sudamérica. Pueden desplazarse por tierra, pero el agua forma parte central de su ecología. Allí encuentran alimento, pueden refrescarse y tienen una vía de escape frente a los depredadores. El parentesco evolutivo entre ellos y Cardiatherium no significa que el fósil sea simplemente “un carpincho moderno de hace nueve millones de años”: se trata de un género extinguido dentro del linaje de los hidroquerinos, con diferencias evolutivas propias. Pero la comparación ecológica resulta muy ilustrativa.
Porque si hoy observamos un carpincho en los humedales bonaerenses, estamos viendo a un animal adaptado a un paisaje donde el agua forma parte del ecosistema. Y si encontramos un pariente de esos animales en un sitio que actualmente es hiperárido, la pregunta inevitable es qué ocurrió con aquel paisaje.
La respuesta, según las evidencias reunidas por el equipo científico, es que el Atacama de entonces era mucho más húmedo.
La comparación con Nordelta, sin embargo, tiene un límite importante. La presencia actual de carpinchos en un determinado lugar no permite por sí sola reconstruir el clima de ese ambiente, porque las poblaciones contemporáneas también responden a modificaciones humanas del territorio, disponibilidad artificial o alterada de recursos, desplazamientos y otras variables ecológicas. En el caso del fósil de Atacama, la conclusión sobre las condiciones ambientales surge precisamente porque el capibara aparece acompañado por múltiples líneas independientes de evidencia.
Y ahí está la verdadera potencia científica del descubrimiento.
El Atacama que desapareció
La investigación también plantea una pregunta fascinante: ¿cómo llegó un pariente de los capibaras hasta la costa del Pacífico?
Los capibaras actuales se encuentran principalmente al este de los Andes y no forman parte de la fauna chilena moderna. La enorme cordillera constituye una barrera biogeográfica de primera magnitud. Sin embargo, durante millones de años los animales sudamericanos no permanecieron necesariamente encerrados en los mismos territorios que ocupan hoy.
Los investigadores plantean diferentes posibilidades para explicar la presencia de Cardiatherium en Atacama. Una hipótesis contempla desplazamientos a través de los Andes; otra, considerada más plausible por los autores, propone una dispersión desde sistemas húmedos vinculados con la región amazónica, siguiendo corredores ecológicos y cursos de agua hacia el oeste y luego hacia el sur. La existencia de otros fósiles y señales de antiguos sistemas acuáticos ayuda a sostener la posibilidad de conexiones que hoy ya no existen.
Esto es importante porque el hallazgo no habla solamente de un carpincho prehistórico. Habla de una Sudamérica diferente.
Los Andes estaban allí, pero el continente tenía otra configuración ambiental. Los sistemas fluviales podían extenderse de manera diferente, las comunidades vegetales ocupaban territorios que hoy ya no ocupan y los corredores ecológicos permitían la expansión de animales que actualmente están separados por enormes barreras geográficas.
El clima tampoco permaneció quieto. El paisaje que vemos hoy es el resultado de millones de años de transformaciones geológicas y climáticas. El Atacama actual no es simplemente “el mismo lugar de siempre, pero un poco más seco”. Es el producto final de una historia compleja en la que cambiaron la circulación atmosférica, la disponibilidad de agua, la vegetación, la topografía y las conexiones entre ecosistemas.
El pequeño molar de Cardiatherium es una pieza de esa historia.
Un carpincho como máquina del tiempo
Hay algo particularmente interesante en todo esto. El carpincho de Atacama no nos permite viajar literalmente al pasado, pero su diente funciona como una máquina del tiempo científica.
Un fósil aislado dice poco. Un fósil ubicado en una secuencia geológica fechada dice más. Y ese fósil combinado con restos vegetales, señales isotópicas, sedimentos, otros animales y reconstrucciones paleoclimáticas puede transformar un pequeño fragmento de diente en una fotografía de un ecosistema desaparecido.
Hace aproximadamente 8,8 millones de años, un animal del linaje de los capibaras podía vivir en un territorio que hoy asociamos con una aridez extrema. Había agua dulce suficiente, vegetación suficiente y corredores ecológicos capaces de sostenerlo. Después, las condiciones ambientales cambiaron y aquel paisaje desapareció.
Mientras tanto, millones de años más tarde, los capibaras volvieron a convertirse en protagonistas de otro paisaje sudamericano de humedales. Esta vez no en el antiguo Atacama, sino en lugares como el Delta del Paraná y los humedales bonaerenses.
El carpincho de Nordelta y el carpincho fósil de Atacama no son la misma historia, ni pertenecen al mismo género ni pueden utilizarse como equivalentes climáticos. Pero ambos muestran algo esencial: cuando cambia el ambiente, cambian también los mapas de la vida.
Y pocas cosas pueden resultar más elocuentes que encontrar el diente de un animal amante del agua enterrado en un lugar que hoy parece haber sido construido precisamente para demostrar que el agua allí casi no existe.
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