El Mago bajo el parral

Castillo decorativo de hierro sobre una mesa en un viñedo, con copas de vino y un cuaderno a un lado, rodeado de uvas y vegetación.

Algo de lo mucho que pocas veces se dice sobre Mikhail Tal y sus contemporáneos: una singular pero reveladora mirada sobre el Mago de Riga en contexto ajedrecístico e intelectual.

Por Carolina Príncipe para NLI ·

La visita a Domínico que hicimos hace poco con Silvina nos dejó algo más que ficciones de la resistencia: también pudimos registrar algunas conversaciones referidas al ajedrez perenne. Y un casi casi soliloquio del Dr. D sobre Mikhail Tal que, según mi compañera, podría  considerarse digno del teatro anterior al reinado de la ideas de Stanislavski.

En el marco que someramente describimos en “Los conjurados del Gimlet”, la figura del Mago de Riga se hizo presente desde una perspectiva que pocas veces adoptamos para evocarlo. Entre corchetes irá, a modo de didascalias diría Silvina, todo aquello que no forme parte del cuasi soliloquio del doctor.

Escuchemos entonces.

El ajedrez es una de las bellas artes, Jeque, o no es más que un trámite ministerial. Nosotros sabemos que los expedientes arden cuando un romántico se anima a arriesgar la osamenta en una sola jugada. Por eso, en este rincón de Avellaneda, bajo esta parra, el altar mayor le pertenece a Mikhail Tal.

Para entender los laberintos que el «Mago de Riga» construía  sobre el tablero, Alejo, es obligatorio quemar los manuales y abrir la historia de la literatura rusa. En 1958, el mismo año en que se coronaba campeón de la URSS, Tal se recibía en la Facultad de Filología con una tesis sobre la sátira política en la obra de Ilya Ilf y Evgeny Petrov.

Estudiar a los creadores del pícaro Ostap Bender —el «gran combinador»— en la Rusia de la posguerra no era una distracción académica, era un ejercicio de funambulismo conceptual de alto riesgo.

Cubierta del libro 'Las doce sillas' de Ilf y Petrov, con un diseño gráfico que incluye una figura estilizada en morado sobre fondo negro y un título en rojo.

Tal trasladó esa matriz literaria al universo de las sesenta y cuatro casillas. Introdujo el humor gogoliano en la competencia mayor para escandalizar a la escuela científica de Mijaíl Botvínnik. Sus célebres sacrificios de pieza no eran errores de cálculo, eran metáforas, rupturas de la sintaxis posicional, una suerte de homenaje al rey del hipérbato, don Luis de Góngora y Argote; por algo también era hispanista.

Al entregar un caballo por el puro placer del ataque, Tal sembraba el caos para ridiculizar la supuesta infalibilidad del orden establecido, obligando al burócrata de turno a resolver un incendio en una habitación oscura donde solo él tenía los fósforos y el agua.

Recordá el Torneo de Candidatos de 1959. Bobby Fischer era un niño arisco de dieciséis años, solo y desconfiado, rodeado por científicos grises. El Mago, que tenía veintidós y llevaba la ironía en la garganta, lo adoptó con un paternalismo de hermano mayor. Le jugaba con picardía, amagando una Caro-Kann en el aire para clavarle una Defensa Siciliana en la cara mientras le sonreía con el pucho en la boca.

Y cuando Bobby escribía la jugada ganadora en su planilla antes de ejecutarla, Tal no miraba el tablero: se levantaba de la mesa, espiaba la anotación de Fischer, caminaba por el escenario, sonreía, y le guiñaba el ojo a Petrosian, dejando que la paranoia del genio norteamericano hiciera el resto. Fischer, preso del terror a la burla, borraba la línea perfecta por miedo al truco del Mago, elegía una variante inferior y terminaba perdiendo la partida. Después lloraba en los pasillos: “Es que te reíste cuando la escribí”. Y Tal, en lugar de festejar el punto contable, iba a golpearle la puerta de la habitación, le contaba un chiste de gángsters rusos y se lo llevaba a cenar.

Es verdad que después llegó el baño de realidad de Herceg Novi en 1970, y el norteamericano exorcizó sus demonios arrasando en el mundial rápido con diecinueve puntos sobre veintidós. Un  triunfo del fordismo y la línea de montaje sobre la bohemia a ojos de Tal, o algo así.

Por eso el Mago, indomable tras quedar segundo tras la línea de montaje, se acercó al de Chicago y le dio una estocada de filólogo: “Bueno, Bobby, admito que jugás bien. Pero tus estructuras siguen siendo muy aburridas”. La ironía de Tal no era un chiste de café, era una trinchera micropolítica para defender la soberanía de la intuición y el error humanos frente al imperio del cálculo.

[En la pared del fondo, los retratos terminan por acomodar la historia de esta disidencia. Ahí están colgados los rostros que custodian la tertulia: la estampa de Boris Spassky, el caballero indócil a los mandatos de Moscú, ese que en 1971 estuvo a un milímetro de encarnar al mismísimo Ostap Bender en la gran pantalla[i] antes de que la oficina del deporte le prohibiera la ficción cinematográfica para obligarlo a mantenerse real y gris. Spassky y Tal, rivales sin veneno, cómplices en el humor gogoliano que terminaban las partidas del brazo, compartiendo un pucho camino al bodegón.  Y al lado, el retrato de Ding Liren, el chino universal, el centurión silencioso de Wenzhou que un día cruzó el desierto de la élite enlazando invicto cien partidas clásicas, clavando su bandera en la misma frontera de imbatibilidad donde el Mago había edificado sus noventa y cinco noches de leyenda. Ding, graduado en Derecho que se amparó en Camus y en las líneas poéticas de Louise Glück para resistir la tortura mental en Astaná, terminaría habitando en Singapur la condena borgesiana de Asterión. En aquella caída brutal de la partida catorce, preso de sus propios demonios en las galerías de un laberinto infinito, el minotauro entregó la corona con el alivio manso del que se deja vencer para volver a ser, finalmente, un hombre libre. Alejo acomodó el tercer marco en el centro exacto. La fotografía en blanco y negro del propio Mikhail, con sus ojos encendidos de fiebre y la eterna sonrisa del cigarrillo entre los labios.]

Tres retratos enmarcados de ajedrecistas destacados en una pared de ladrillo, con una mesa y libros en primer plano.

Ahora pensemos en Moscú, Jeque, mayo de 1992. La Unión Soviética ya no es más que un gigantesco rompecabezas de estatuas derribadas y archivos secretos rematados al mejor postor, pero en los pasillos del hospital capitalino el aire sigue oliendo a fenol, a burocracia y a sábanas gastadas.

En una de esas camas, conectado a tubos que intentan inútilmente contener una hemorragia esofágica y el colapso definitivo de sus riñones, descansa el octavo campeón del mundo. Tiene cincuenta y cinco años, pero su cuerpo, de una fragilidad extrema debido a décadas de morfina, cigarrillos sin filtro y noches enteras de vodka, parece el de un anciano centenario.

Tiene los ojos cerrados, pero sus dedos —los tres dedos de la mano derecha— tamborilean sobre la colcha un ritmo invisible. No es música. Es una línea táctica.

Afuera, la ciudad se desangra en el mercado libre, pero a pocas cuadras de allí se disputa el Torneo de Ajedrez Relámpago de Moscú. Garry Kasparov, la máquina prepotente de la era moderna, domina el tablero con la suficiencia de quien se cree indestructible. Los burócratas del nuevo orden miope miden los tiempos con cronómetros digitales. Ya no hay lugar para la bohemia.

Es entonces cuando ocurre el último milagro de la disidencia. Tal abre los ojos, arranca las agujas de sus venas con el desprecio de quien abandona una posición perdida y se calza un saco viejo que le queda grande. Con los zapatos mal cordados, burla la guardia de mis colegas y se sube a un taxi. El Mago de Riga está volviendo a la sala de armas.

Cuando su silueta encorvada y febril cruza el umbral del torneo, un silencio espeso cae sobre las mesas de chapa y los relojes. Parece un fantasma parido por la literatura gogoliana, un espectro que viene a reclamar las sesenta y cuatro casillas. Se sienta frente a Kasparov. El campeón mundial lo mira con una mezcla de pavor y reverencia sagrada; sabe que no está enfrentando a un hombre enfermo, sino a la intuición pura, al error humano elevado a la categoría de divinidad.

El Mago juega con los ojos encendidos, arrastrando las piezas con la velocidad de una exhalación. No hay tiempo para calcular variantes, solo hay tiempo para sentir el incendio. Kasparov se enreda en los hilos de una telaraña ominosa. Tras una escaramuza violenta, el Ogro inclina su rey (pierde por tiempo).

El público estalla, pero Tal ya no escucha. Sonríe de costado, con la ironía filológica de quien sabe que Ostap Bender ha logrado imponer su última estafa al destino. Pocas semanas después, el 28 de junio, el corazón del Mago dice basta. Boris Spassky lo llora desde el exilio, sabiendo que se ha quedado solo en la trinchera.

Pero acá, bajo el parral de Avellaneda, sabemos que Misha no murió en esa cama. Se quedó para siempre en la lona que se quema en Domínico cuando un romántico se anima a arriesgar la osamenta en una sola jugada, guiñándole el ojo a su colega Alejo, inspirando a Joseph a tomarse el último Gimlet de la noche a la salud de los que se animan a arriesgarlo todo a todo o nada.

 

[Apéndice Bibliográfico: dos obras contemporáneas que abordan la bio-ficción y la crónica del genio táctico de Riga.
1. El Mago de Riga – José María de Loma (2019). Esta obra se sumerge en la fascinante y contradictoria vida del octavo campeón mundial de ajedrez bajo una estructura dinámica que entrelaza la crónica de viajes, la investigación periodística y la ficción pura. El relato sigue los pasos de un escritor que se topa de forma imprevista con la magnética figura de Mijaíl Tal.  De Loma, José María. El Mago de Riga. Málaga: Ediciones Algorfa, 2019. 2. El Mago de Riga – Giorgio Fontana (2022). A diferencia del anecdotario histórico y andante, la magnífica bio-ficción de Giorgio Fontana opera como un profundo monólogo psicológico y poético que cala de lleno en la mente del ajedrecista. El núcleo del relato arranca con la reconstrucción minuciosa de la última partida oficial en la vida de Misha en mayo de 1992, en la que, ya gravemente enfermo, derrota al maestro Vladímir Akopián. Fontana, Giorgio. Il mago di Riga. Palermo: Sellerio Editore, 2022.]


[i] El aclamado director de cine soviético Leonid Gaidai le ofreció el papel. Spassky llegó a realizar las pruebas de cámara en los estudios de Mosfilm.


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