La alucinación táctica

Fractal abstract artwork con patrones en espiral en tonos dorados y azules, con un fondo de estrellas brillantes.

La realidad que no existe. Larisa Volpert, Pushkin, la psicología y el error en la variante perfecta: del lapsus ficcional a la ceguera de los grandes maestros.

Por Silvina Belén y Carolina Príncipe para NLI ·

«La peor ilusión es la que nos priva de ver nuestro propio error».
— Jean-Jacques Rousseau

El tema se había insinuado en uno de los clásicos asados de Domínico, pero quedó trunco, eclipsado por las polémicas sobre si hay que blanquear o no las mollejas y cuáles son los secretos en verdad infalibles de los asadores virtuosos. Pero resurgió en Villa Crespo como punta de iceberg de otro bastante sorprendente.

«Mire, Carolina, que el ajedrez esté de moda no quiere decir que los clubes hayan dejado de estar en peligro de extinción. Sobreviven los que se ponen a la par de los pícaros chapuceros, pero el resto agoniza. Mantener funcionando  una sede social hoy por hoy es magia pura.

Antes, allá lejos y hace tiempo, como diría don Guillermo Enrique si viviera, el garito de baraja francesa en la trastienda del club era una fuente de ingresos que nadie con dos dedos de frente hubiese considerado inmoral.»

El Dr. D hace una pausa para mostrarnos el impecable mazo de cartas españolas que, junto a una bota de Pamplona, le trajo de la península su invitada de honor, Paloma, a la sazón en la cocina preparando natillas que prometió servir con canela fina.

Postre cremoso en un recipiente rojo, decorado con canela en rama y espolvoreado con canela en polvo.

«Bueno, no todo era baraja francesa: hasta un Truco de seis por la consumición he llegado a ver. El mismísimo Joseph, de purrete, se plantaba en la barra del garito a clavarse sus flanes con crema y hasta se sentaba frente al paño verde con la venia protectora de don Luis en esa trastienda que supo ser hospitalaria en el barrio de Constitución.

El club de ajedrez no dependía exclusivamente de las cuotas sociales y lo que pudiese quedarle de magra ganancia en los torneos. Mesa con paño verde, cantina y unos pesitos recaudados para afrontar gastos: comandas que sumaban, apuestas modestas que antes sostenían una institución pero hoy se fagocitan los nubelistas con el juego en línea que potencia ludopatías.

Estaba quien se tomaba una copa o el que pedía un piscolabis, digamos un Criadores, un especial de salame y queso, un Caballito Blanco los más fifí…; la mesita de póker para los que quisieran jugarse algo, y los que no, claro, siempre podían decir lo que repetía aquel personaje de Pushkin, Hermann: «El juego me interesa mucho, pero no estoy en condiciones de sacrificar lo necesario con la esperanza de adquirir lo superfluo».

Portada del libro 'La dama de picas' y 'Dubrovski' de Aleksandr Pushkin, con una ilustración de una reina de corazones en una carta de juego, sobre un fondo verde.

El ajedrez y la baraja, a fin de cuentas, no están tan en las antípodas como parece. Es más, una ajedrecista tres veces Campeona Femenina de la URSS, Larisa Volpert, filóloga graduada cum laude en la Universidad de Leningrado, notable representante de la reconocida escuela filológica de Yuri Lotman y catedrática de literatura en la Universidad de Tartu (Estonia), analizó con filtro ajedrecístico La dama de picas (1834)[i], de Aleksandr Pushkin.

Es que en definitiva, Carolina, el ajedrez de alta competencia y la gran literatura comparten un territorio común: el laberinto y meandros de la mente humana bajo presión extrema. Y fíjese, Silvina ―usted a quien, si hubiese nacido en Rusia o España, también llamaríamos filóloga―, que en el nexo de estas dos disciplinas se yergue la figura de Larisa Volpert, una de las mentes duales más extraordinarias de la era soviética.

Nacida en Leningrado, Volpert aprendió a mover las piezas gracias a su hermano mayor en el célebre Palacio de los Pioneros, forjando después una carrera deportiva brillante[ii]. Sin embargo, en paralelo a su maestría de tablero, Volpert, como les anticipé, se graduó con honores en la Universidad de Leningrado.

Una mujer concentrada jugando al ajedrez, observando el tablero con piezas blancas y negras.
Larisa Volpert

Su mayor contribución teórica al análisis literario, el concepto del juego creativo, consiste en utilizar las herramientas analíticas del tablero para desarmar los mecanismos psicológicos de la literatura. Este enfoque encuentra su encarnación más perfecta en el análisis de una patología que une a ajedrecistas y personajes literarios: la alucinación táctica.

En el tablero, la alucinación táctica no es un simple descuido; es un colapso del sistema cognitivo donde el jugador ve con absoluta nitidez una realidad que no existe. Al aplicar este fenómeno a Hermann, el protagonista de La dama de picas de Aleksandr Pushkin, Volpert demostró que la gran literatura no se rige por el azar o la magia, sino por las leyes implacables de la psicología del cálculo.

En la neuropsicología del ajedrez, la alucinación táctica suele estar ligada a varios mecanismos mentales bien definidos[iii]: El efecto Einstellung (Inercia Mental), El sesgo de confirmación y La fatiga por sobrecálculo.

Retrato de un hombre joven con cabello rizado y barba ligera, usando un abrigo oscuro y una bufanda. Al fondo, hay una estatua de una figura femenina.
Pushkin

En La dama de picas, Hermann es caracterizado como el arquetipo del jugador posicional: un ingeniero militar frío, calculador y extremadamente prudente. Sus mismos compañeros de armas definen su rígida psicología de juego en el primer capítulo: «Hermann es alemán: es calculador, ¡eso es todo!».

Él mismo, como les anticipé, se niega a tocar las cartas bajo una premisa que cualquier ajedrecista pragmático firmaría y, por las dudas, les repito: «El juego me interesa mucho, pero no estoy en condiciones de sacrificar lo necesario con la esperanza de adquirir lo superfluo».

Sin embargo, cuando escucha la historia del secreto místico de las tres cartas infalibles en manos de una anciana condesa, su mente asimila la magia como un algoritmo matemático irrefutable. El cálculo frío se transforma en obsesión, y Hermann redefine sus principios utilizando la misma terminología analítica: «¡No! El cálculo, la moderación y la laboriosidad: estas son mis tres cartas seguras, esto es lo que triplicará, septuplicará mi capital…».

Retrato de una mujer con el cabello negro revestido y vendado sobre los ojos, mostrando un diseño de trébol negro pintado en su mejilla y labios pintados de negro.

Diseña una estrategia perfecta de aproximación social para infiltrarse en la mansión de la condesa, pero la muerte accidental de la anciana altera el ecosistema de su plan. Cuando el espectro de la condesa se le aparece en sueños para dictarle las cartas mágicas (tres, siete, as), Hermann comete el error de todo ajedrecista condenado: calcular variantes complejas sobre una premisa falsa, asumiendo que su oponente (el destino o el azar) cooperará de forma pasiva con su análisis.

Este concepto de obdernutsa (обдернуться)[iv] —entendido por Pushkin como el desliz físico o el acto fallido de sacar una carta equivocada por distracción— no pertenece de forma exclusiva a la ficción.

En el ajedrez real, esta «ceguera de los maestros» o alucinación táctica ha provocado catástrofes idénticas en las mentes más brillantes de la historia, y demuestra que la sobreconfianza o la inercia mental atacan por igual a personajes y a campeones mundiales.

Un ejemplo célebre ocurrió en Bonn en 2006, cuando el entonces campeón del mundo reinante, Vladimir Kramnik, hoy difamador serial, sufrió una auténtica alucinación amaurótica ante la supercomputadora Deep Fritz: tras calcular una compleja variante defensiva y buscar el intercambio de damas, dio por sentada la seguridad de su posición y omitió una elemental amenaza de mate en una de su rival que desmontaba todo su árbol de decisiones en un segundo.

De manera aún más dramática, el pentacampeón mundial Viswanathan Anand sucumbió a este cortocircuito[v] en 1988 ante Alonso Zapata al jugar una línea teórica preconcebida, rindiéndose en apenas seis jugadas tras materializar en el tablero una posición que su cerebro había visualizado de forma errónea como normal en la apertura.

Estos episodios de la élite contemporánea ratifican la tesis de Larissa Volpert: bajo la presión extrema del reloj y el peso psicológico de las propias expectativas, o la confianza ciega, el cerebro humano prefiere inventar un tablero perfecto antes que aceptar la cruda realidad de la jugada que tiene enfrente.

Reloj con un fondo negro y figuras de ajedrez en la carátula, donde las piezas están dispuestas en los marcadores de la hora.

El clímax de la novela de Pushkin funciona precisamente como un apuro de tiempo crónico (zeitnot). Hermann asiste a las mesas de alta competencia de Chekalinsky. Juega la primera noche el tres y gana; la segunda noche juega el siete y doblega la banca.

El exceso de confianza se apodera de él. En la tercera noche, convencido de que la variante está matemáticamente clausurada, apuesta todo su capital al as. El tallador destapa las cartas. Hermann, seguro de su triunfo, anuncia su victoria antes de mirar con detenimiento el tablero: «—Mi as ha ganado —dijo Hermann, destapando su carta.».

Es en ese milisegundo donde ocurre la catástrofe cognitiva. El oponente le corrige con la frialdad de un árbitro que señala una jugada ilegal: «—Su dama ha perdido —dijo Chekalinsky amigablemente.». Pushkin describe la escena de la alucinación con precisión clínica: «Hermann se estremeció: en efecto, en vez del as, ante él había una dama de picas. No daba crédito a sus ojos, no comprendía cómo había podido equivocarse al sacar la carta».

Ilustración surrealista con un rostro humano etéreo y símbolos de picas flotando sobre un fondo de nubes de colores.

Hermann ve el as en el tablero porque necesita que esté ahí para validar su cálculo, pero su subconsciente lo traiciona en la ejecución física de la jugada. Sufrió una alucinación en la última línea de la variante, lo que lo condena a terminar en el psiquiátrico de Obukhov repitiendo mecánicamente enl bucle su error: «¡Troyka, semyorka, tuz! ¡Troyka, semyorka, dama!…»[vi].

Larisa Volpert eleva este tropiezo a la categoría de alucinación táctica o amaurosis ajedrecística. Fiel a los postulados de la psicología profunda, Volpert argumenta que la mente racional de Hermann cargada con la culpa inconsciente de haber causado la muerte de la anciana, sufre un cortocircuito perceptivo en el momento de máxima tensión.

El cruce interdisciplinario que propone Larisa Volpert abre, estimada Silvina, una ventana fascinante para la crítica literaria moderna y la psicología aplicada.»

Mujer concentrada pensando mientras juega al ajedrez.

Aproveché la pausa que hizo el doctor y, con la vana esperanza de lucirme, metí un bocadillo:
―Tradicionalmente, la literatura decimonónica trató la locura de los personajes desde una perspectiva netamente romántica o mística. Volpert, entiendo que con el rigor estructural de la Escuela de Semiótica de Tartu, nos mostró en los personajes de ficción una arquitectura mental simétrica a la del ajedrez: líneas de fuerza, recursos y colapsos cognitivos ante la presión.

El Dr. D aprobó el grandilocuente bocadillo con gesto afirmativo, más de benevolencia que otra cosa, y cerró el tema con una de esa suerte de moralejas científicas que suele pergeñar cuando las venas le exigen no demorar más la ingesta de robusta angoleña:
―Tanto en los tableros como en las páginas de ficción, Silvina, el error más destructivo nunca viene de una fuerza externa mística, sino de la soberbia analítica de nuestra propia mente cuando se cree falsamente dueña de la variante perfecta.

Tetera de cerámica de color verde claro con un diseño agrietado, acompañada de una taza y un plato.

Después sobrevino una pequeña debacle en el  PH. Nos estábamos despidiendo y dándole las gracias al doctor por el ejemplar de la nouvelle de Pushkin que nos había obsequiado, cuando la huésped de honor, la doctora Mas, salió de la cocina con una tetera. “De nada, chicas, hasta la próxima”, nos dijo el Dr D con tono apagado, pero entre dientes agregó: “Y adiós patria angolana”.

Black-and-white sketch of a small bird perched on a branch

Temimos un síndrome de abstinencia, así que pusimos pies en polvorosa empujadas por un inconfundible aroma a té herbal, de balsámica ingravidez, mientras Jeque se agarraba la cabeza con los ojos clavados en la tetera que Paloma ya acercaba a la mesa.

Té seco en un tazón blanco, con hojas oscuras y pétalos de flores de colores como rosa y amarillo.

[i] Para los lectores que deseen cotejar de primera mano las líneas de diálogo analizadas y sumergirse en la atmósfera de la Rusia imperial descrita por Aleksandr Pushkin, el acceso a la obra original, de Dominio Público (Free / Open Access): Biblioteca Digital de Coahuila – PDF de La Dama de Picas. O edición digital La Dama de Picas.

[ii] Larissa Ilinichna Volpert. Campeona Femenina de la URSS en 1954, 1958 y 1959, subcampeona del Torneo de Candidatas al Campeonato Mundial Femenino en 1955, Gran Maestra Femenina (WGM). En el Palacio de los Pioneros de Leningrado, compartió entrenamientos con Boris Spassky. Decidió retirarse de la primera línea competitiva a finales de los años 60 para dedicarse a la filología, dejando los tableros en manos de la generación de Gaprindashvili.

[iii] El efecto Einstellung (Inercia Mental): La tendencia del cerebro a aplicar una solución preconcebida a un problema, ignorando alternativas más simples o sutiles cambios en el entorno. El sesgo de confirmación: Una vez que el jugador «decide» que una línea de juego es ganadora, su mente filtra activamente cualquier refutación, buscando solo los argumentos que sostienen su hipótesis. La fatiga por sobrecálculo: Bajo situaciones de alta tensión (apuros de tiempo o zeitnot), la capacidad de visualización espacial se degrada, provocando «puntos ciegos» temporales.

[iv] En la jerga de los ajedrecistas rusos significa literalmente «cometer un desliz al tocar o mover una pieza de forma apresurada».

[v] Sin embargo, el motivo psicológico detrás de este desastre no fue una alucinación visual o un invento de su mente en el tablero, sino un curioso caso de fe ciega en la teoría escrita en las publicaciones de la época; para el caso, la revista Šahovski Informator o Informador, concretamente. 1. e4 e5 2. Cf3 Cf6 3. Cxe5 d6 4. Cf3 Cxe4 5. Cc3 Af5??  (Biel, 1988).

[vi] «¡Troyka, semyorka, tuz! ¡Troyka, semyorka, dama!» (Tres, siete, as; tres, siete, reina) es una de las frases más famosas de la literatura rusa.


Descubre más desde Noticias La Insuperable

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta