La receta infalible de Milei: Ajuste y endeudamiento. El FMI prepara un nuevo desembolso

El Fondo Monetario Internacional alcanzó un acuerdo técnico con el Gobierno para aprobar la tercera revisión del programa económico y habilitar cerca de US$ 900 millones. El giro todavía necesita el aval de su Directorio Ejecutivo, mientras la administración libertaria profundiza el ajuste fiscal y mantiene a la Argentina atada al financiamiento externo. La pregunta de fondo es cuánto cuesta sostener este modelo y qué capacidad tiene la economía para crecer sin depender de nuevos préstamos.

Por Celina Fraticiangi para NLI

Una mujer y un hombre posando juntos, ambos sonriendo y mostrando el pulgar hacia arriba. La mujer lleva una chaqueta roja y el hombre un traje negro.

El gobierno de Milei volvió a conseguir el respaldo del Fondo Monetario Internacional (FMI). Este martes, el organismo anunció que su equipo técnico alcanzó un acuerdo con las autoridades argentinas para completar la tercera revisión del programa de financiamiento vigente, un paso que acerca al país a un nuevo desembolso de aproximadamente US$ 900 millones. Sin embargo, el dinero todavía no está disponible: la aprobación definitiva depende del Directorio Ejecutivo del Fondo, cuya intervención está prevista para principios de diciembre.

La noticia representa un alivio financiero para una administración que necesita sostener el esquema económico, afrontar vencimientos y reforzar la disponibilidad de divisas. Pero también vuelve a poner sobre la mesa una contradicción central del modelo libertario: mientras el Gobierno presenta el equilibrio fiscal como la prueba de su éxito, la estabilidad continúa dependiendo, en buena medida, de los dólares que llegan mediante acuerdos con organismos internacionales y de la capacidad de cumplir compromisos financieros cada vez más exigentes.

La receta se repite: ajuste del gasto público, reformas estructurales, condicionamientos del FMI y nuevo endeudamiento. El Gobierno celebra cada revisión superada como una señal de confianza internacional. La discusión que queda relegada es si esa confianza se traduce en una mejora sostenible de las condiciones de vida, en más producción nacional y en empleo de calidad, o si el país vuelve a postergar sus problemas estructurales a cambio de oxígeno financiero de corto plazo.

El Fondo aprueba el rumbo y Milei profundiza el ajuste

En su comunicado, el FMI destacó las políticas macroeconómicas que definió como disciplinadas y las reformas orientadas al mercado impulsadas por la administración libertaria. Según el organismo, esas medidas contribuyen al proceso de desinflación, a la mejora de la posición externa argentina y a la acumulación de reservas, que —afirmó— supera los compromisos establecidos en el programa.

El respaldo no es neutral. El Fondo no se limita a revisar planillas contables: avala una orientación económica que coloca el equilibrio de las cuentas públicas, la reducción del gasto y las reformas promercado en el centro de las decisiones estatales. Para el Gobierno, ese reconocimiento constituye un argumento político con el que defender su programa. Para sus críticos, en cambio, el interrogante es qué sectores absorben el costo de alcanzar las metas y qué ocurre con la capacidad del Estado para sostener la infraestructura, la educación, la ciencia, la salud y las políticas sociales.

El superávit fiscal puede ser una herramienta para ordenar las cuentas públicas, pero no alcanza por sí solo para demostrar que una economía funciona bien. Importa cómo se consigue, qué ingresos lo sostienen, qué gastos se recortan y qué consecuencias tiene sobre la actividad. No es lo mismo equilibrar las cuentas mediante una expansión de la producción y del empleo que hacerlo comprimiendo partidas públicas y debilitando el consumo interno.

En el esquema de Milei, el ajuste se convirtió en una de las principales herramientas de política económica. La contracción del gasto permite exhibir resultados fiscales, pero también plantea una tensión persistente: si los ingresos de los hogares pierden capacidad de compra, las empresas venden menos y la actividad se enfría, la reducción del déficit puede convivir con dificultades económicas y sociales que las estadísticas fiscales no reflejan por sí solas.

El aval del Fondo fortalece al Gobierno en el plano financiero y político, pero no resuelve automáticamente esa tensión. La aprobación de una revisión técnica mide el cumplimiento de compromisos pactados con el organismo; no equivale a una certificación de que todos los sectores de la sociedad se benefician con el programa.

US$ 900 millones para una economía condicionada por la deuda

El nuevo desembolso forma parte del acuerdo de facilidades extendidas por US$ 20.000 millones, firmado en abril de 2025. La tercera revisión es una instancia dentro de ese programa de 48 meses y su aprobación final habilitaría otro giro de fondos.

El monto, cercano a los US$ 900 millones, resulta significativo para las cuentas externas argentinas, pero es necesario ponerlo en perspectiva. No se trata de una inversión productiva que genere por sí misma nuevas fábricas, empleos o exportaciones, sino de financiamiento sujeto a las condiciones del acuerdo. Su impacto concreto depende del destino de los recursos, de los compromisos que deban atenderse y de la capacidad del país para generar divisas genuinas en el futuro.

La Argentina arrastra una larga historia de dependencia del financiamiento externo. El endeudamiento puede ofrecer margen para atravesar una emergencia o cubrir necesidades temporales, pero se convierte en un problema cuando los nuevos recursos sirven principalmente para afrontar obligaciones anteriores y la economía no desarrolla una fuente suficiente de dólares propios. En ese escenario, cada desembolso compra tiempo, pero también deja compromisos que deberán pagarse más adelante.

La relación con el FMI adquiere, por eso, una dimensión que excede la contabilidad del Tesoro. Las revisiones periódicas y las metas pactadas condicionan las decisiones económicas, desde el resultado fiscal hasta la política de reservas. El Gobierno conserva la responsabilidad de definir sus prioridades, pero lo hace dentro de un marco financiero en el que el acceso a nuevos fondos depende del cumplimiento de condiciones acordadas con el organismo.

La pregunta no es si la Argentina necesita estabilidad financiera, sino qué modelo de desarrollo se construye mientras se busca esa estabilidad. Si los dólares que ingresan no contribuyen a ampliar la capacidad productiva, fortalecer las exportaciones y reducir la vulnerabilidad externa, la dependencia del crédito puede prolongarse incluso después de varios años de superávit fiscal.

Las metas financieras frente a la economía real

La tercera revisión también se desarrolla en un contexto de dificultades para consolidar una recuperación económica sostenida. La evolución de la actividad, el empleo, los ingresos y el consumo resulta tan relevante como el cumplimiento de las metas fiscales y monetarias, porque de esas variables depende que el ordenamiento de las cuentas pueda sostenerse a lo largo del tiempo.

El programa contempla compromisos vinculados con el resultado fiscal y la acumulación de reservas. Según la información publicada sobre la revisión, el Gobierno había quedado por debajo de la meta de superávit primario correspondiente al primer semestre, mientras que la evolución de las reservas mostró un desempeño favorable tras la flexibilización de las exigencias del Fondo.

Esa diferencia importa. Las metas no son un bloque uniforme: hay objetivos que el Gobierno cumple, otros que requieren ajustes o dispensas y otros cuya evaluación depende de decisiones del propio organismo. Por eso, la aprobación técnica no debería interpretarse como la desaparición de los desequilibrios, sino como el resultado de una negociación en la que ambas partes evalúan el cumplimiento del programa y acuerdan cómo continuar.

También queda pendiente una discusión decisiva para el desarrollo argentino: cómo recuperar la inversión productiva, sostener el mercado interno y ampliar la capacidad exportadora sin convertir la reducción del gasto en un objetivo que se imponga sobre cualquier otra necesidad. Una economía puede mostrar mejoras en determinados indicadores financieros y, al mismo tiempo, enfrentar dificultades para traducirlas en bienestar general.

El Gobierno apuesta a que la desinflación, el equilibrio fiscal y las reformas promercado terminen generando condiciones para el crecimiento. Pero ese resultado no está garantizado por el solo hecho de obtener el respaldo del FMI. Requiere inversión, crédito para producir, demanda, infraestructura y una estrategia que permita transformar los recursos del país en más actividad económica y mejores ingresos.

La receta de Milei vuelve a recibir la aprobación del Fondo: ajuste para cumplir las metas y financiamiento externo para sostener el programa. El desembolso todavía necesita el visto bueno definitivo del Directorio Ejecutivo, pero el acuerdo técnico ya le permite al Gobierno exhibir un nuevo respaldo internacional.

El verdadero examen, sin embargo, no se rendirá en las oficinas del FMI. Se jugará en la economía cotidiana: en los salarios, las jubilaciones, las fábricas, los comercios, el empleo y la capacidad de la Argentina para generar los dólares que necesita sin depender indefinidamente de nuevos préstamos. Porque un programa económico no puede evaluarse solamente por la aprobación de sus acreedores, sino también por sus resultados para el país que deberá pagar la cuenta.


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