Una renuncia que duró apenas cinco semanas volvió a dejar al descubierto las internas del Gobierno de Javier Milei. César Oscar Lencina abandonó la Subsecretaría de Ciencia y Tecnología y, en su carta de dimisión, denunció falta de respaldo institucional, problemas de comunicación y situaciones de destrato hacia el personal por parte de su superiora, Adriana Baravalle. La salida se produce en medio del ajuste sobre el sistema científico argentino y de los cuestionamientos que rodean a la conducción del área.
Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

La crisis dentro de la estructura científica del Gobierno nacional sumó un nuevo capítulo. César Oscar Lencina presentó su renuncia indeclinable a la Subsecretaría de Ciencia y Tecnología, con efecto desde el 29 de octubre, después de haber asumido el 22 de septiembre. En poco más de un mes, el funcionario dejó un cargo estratégico y acompañó su salida con una carta que expone problemas de funcionamiento interno y fuertes cuestionamientos a la conducción del organismo.
La nota estuvo dirigida a Adriana Baravalle, secretaria de Innovación, Ciencia y Tecnología, con copia al jefe de Gabinete, Diego Santilli, de cuya órbita depende el área. No se trató de una dimisión presentada como un simple cambio de funciones: Lencina dejó por escrito que las condiciones de trabajo le impedían desarrollar adecuadamente sus responsabilidades y apuntó contra el trato recibido por el personal.
“Las dificultades persistentes que me han impedido llevar a cabo las funciones correspondientes a mi cargo de manera adecuada”, sostuvo el ahora exsubsecretario al fundamentar su decisión. Entre los motivos enumeró la “falta de una comunicación eficiente y soporte institucional”, además de situaciones de “destrato y desconsideración” hacia los trabajadores.
El planteo resulta especialmente significativo porque no se limita a una diferencia de criterios administrativos. Lencina cuestionó las condiciones concretas en las que debía ejercer sus funciones y dejó asentado que las conductas observadas no coincidían con su experiencia en la conducción de organizaciones y equipos de trabajo. La renuncia, de ese modo, se convirtió en una señal pública de las tensiones que atraviesan la gestión científica del oficialismo.
Una conducción bajo cuestionamiento
La salida vuelve a poner en el centro de la escena a Baravalle, cuya designación ya había generado controversias en el ámbito científico y político. Presentada por el Gobierno como especialista en inteligencia artificial, ciberseguridad y ciencia de datos, la funcionaria enfrenta cuestionamientos sobre las credenciales académicas vinculadas con su supuesto doctorado en Inteligencia Artificial.
La diputada nacional Marcela Pagano denunció penalmente presuntas irregularidades relacionadas con ese título y afirmó haber realizado una consulta y una compra de prueba ante la American Andragogy University, institución estadounidense que, según su denuncia, habría ofrecido un doctorado por 400 dólares. De acuerdo con lo informado por Página/12, Pagano sostuvo que recibió documentación en pocos días, sin cursar estudios ni rendir exámenes. Esos señalamientos forman parte de una denuncia y no deben confundirse con una resolución judicial que los haya probado.
La controversia académica y la renuncia de Lencina son episodios diferentes, pero confluyen sobre una misma estructura de conducción: una dependencia encargada de articular políticas públicas de innovación, investigación y desarrollo tecnológico, en un país donde el sistema científico atraviesa una fuerte reducción de recursos y una creciente incertidumbre institucional.
Por el momento, no se conoce una respuesta pública de Baravalle a las acusaciones incluidas en la carta de renuncia. Tampoco se informó oficialmente quién ocupará la Subsecretaría tras la salida de Lencina. La ausencia de explicaciones públicas deja abiertas preguntas sobre el funcionamiento interno del área y sobre las condiciones en las que trabajan sus equipos.
La motosierra también golpea a la ciencia
La crisis no ocurre en el vacío. La gestión de Milei mantiene una política de ajuste que afecta a los organismos científicos, tecnológicos y de investigación, con consecuencias para la continuidad de proyectos, la capacidad de los institutos públicos y las posibilidades de desarrollo productivo del país.
Según los datos publicados por Página/12 a partir de las proyecciones presupuestarias para 2027, los recursos de la función Ciencia y Tecnología acumularían una caída real del 40,3% respecto de 2023. El ajuste proyectado también alcanza a organismos centrales del sistema: el CONICET, la Comisión Nacional de Energía Atómica, el Instituto Nacional de Tecnología Industrial, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria y la Agencia de Investigación y Desarrollo.
Las consecuencias van mucho más allá de una disputa entre funcionarios. Menos presupuesto significa menos capacidad para sostener investigaciones, desarrollar tecnología propia, fortalecer la industria nacional y retener profesionales formados en universidades públicas. La ciencia no es un gasto aislado de la economía: constituye una herramienta estratégica para agregar valor a la producción, mejorar la competitividad y reducir la dependencia tecnológica del exterior.
En ese contexto, los problemas de conducción y la inestabilidad de los cargos jerárquicos agregan incertidumbre a una estructura que necesita continuidad, planificación y equipos capaces de sostener políticas de largo plazo. Una renuncia no demuestra por sí sola el colapso de un organismo, pero cuando llega acompañada de denuncias explícitas sobre falta de respaldo y destrato, el Gobierno tiene la obligación política de dar explicaciones.
La salida de Lencina también deja una pregunta sobre la responsabilidad de la Jefatura de Gabinete. Santilli recibió copia de la carta y quedó formalmente informado de los cuestionamientos. Corresponde ahora saber si habrá una respuesta institucional, si se investigarán las condiciones denunciadas y qué medidas se tomarán para garantizar un ámbito de trabajo adecuado.
En la Argentina de Milei, la ciencia enfrenta el ajuste presupuestario y, ahora, una nueva señal de turbulencia en su conducción. Mientras se recortan recursos para investigar, innovar y producir conocimiento, una subsecretaría vuelve a quedar vacante y un funcionario se va denunciando que no podía trabajar en condiciones adecuadas. La crisis excede el nombre de quien renuncia: pone en discusión las prioridades, la capacidad de gestión y el lugar que el Gobierno le asigna al desarrollo científico nacional.
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