El Guernica de Pablo Picasso vuelve a estar en el centro de la escena tras el rechazo del gobierno español al pedido del País Vasco para trasladar la obra. Pero detrás de la polémica actual hay una historia atravesada por la guerra, el exilio y una carga política que nunca perdió vigencia.
Por Alina C. Galifante para NLI

El Guernica es, probablemente, una de las obras más potentes del arte del siglo XX. Pintado en 1937 por Picasso, el mural no solo representa el bombardeo de la ciudad vasca que le da nombre, sino que se convirtió en un símbolo universal contra la guerra y la violencia estatal.
Desde su origen hasta la actualidad, la obra no dejó de estar atravesada por disputas políticas. La más reciente reavivó un viejo debate: ¿dónde debe estar el Guernica y quién tiene legitimidad para reclamarlo?
Una obra nacida del horror de la guerra
El 26 de abril de 1937, la ciudad de Guernica fue bombardeada por la aviación alemana e italiana que apoyaba al franquismo en la Guerra Civil Española. La masacre marcó un antes y un después en la percepción internacional del conflicto y tuvo un impacto directo en Picasso, quien decidió transformar un encargo oficial de la República en una denuncia artística sin precedentes.
El resultado fue una obra monumental en blanco y negro, donde figuras humanas y animales aparecen desgarradas, fragmentadas y en pleno sufrimiento. El uso del lenguaje cubista y la ausencia de color intensifican la sensación de tragedia, convirtiendo la pintura en una representación atemporal del horror bélico.
No se trata de una escena literal: el Guernica no muestra bombas ni aviones, pero logra transmitir con una potencia única el impacto de la violencia sobre la población civil.
Exilio, dictadura y regreso: el largo viaje del Guernica
Tras su presentación en la Exposición Internacional de París en 1937, la obra inició un extenso recorrido por distintos países como parte de una campaña de concientización sobre la guerra en España.
Con la llegada de la dictadura de Francisco Franco, Picasso tomó una decisión clave: el Guernica no volvería a territorio español hasta que se restaurara la democracia. Durante décadas, la obra permaneció bajo resguardo del Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Recién en 1981, ya en un contexto democrático, el mural regresó a España. Desde 1992 se exhibe de forma permanente en el Museo Reina Sofía, donde se consolidó como una de las piezas más importantes del patrimonio artístico nacional.
Este regreso no fue solo museográfico: también fue interpretado como un gesto político ligado al fin de la dictadura y la recuperación institucional.
El nuevo conflicto: el reclamo del País Vasco y la negativa oficial
En los últimos días, el gobierno del País Vasco solicitó el traslado temporal del Guernica al Museo Guggenheim Bilbao, con el objetivo de conmemorar el aniversario del bombardeo y reivindicar el vínculo histórico entre la obra y el pueblo vasco.
Sin embargo, el pedido fue rechazado por las autoridades españolas y por el propio Museo Reina Sofía. El argumento oficial es la extrema fragilidad de la obra, que impediría cualquier traslado sin riesgo de daño estructural.
Pero detrás de esa explicación emerge una discusión más profunda: la disputa por la propiedad simbólica del Guernica. Mientras el País Vasco sostiene que forma parte de su memoria histórica, el Estado español lo defiende como patrimonio nacional indivisible.

Más que arte: una disputa por la memoria
El conflicto actual demuestra que el Guernica sigue siendo una obra incómoda. No solo por lo que representa, sino porque obliga a revisar las tensiones históricas aún vigentes en España.
La negativa al traslado deja en evidencia los límites de las políticas de memoria. Reconocer el pasado no siempre implica ceder sus símbolos. En este caso, el cuadro permanece en Madrid, lejos del territorio que le dio origen.
Esa distancia, sin embargo, no borra su significado. Por el contrario, lo refuerza: el Guernica sigue funcionando como un recordatorio de las heridas abiertas de la historia.
Un símbolo que no pierde vigencia
A casi 90 años de su creación, el Guernica mantiene intacta su potencia. En un mundo atravesado por nuevos conflictos bélicos, la obra de Picasso vuelve una y otra vez como advertencia.
Su vigencia no es casual. El mural logró trascender su contexto original para convertirse en un lenguaje universal contra la guerra, la violencia y el sufrimiento de los pueblos.
Por eso, cada intento de apropiación —sea político, territorial o institucional— vuelve a poner en discusión algo más grande: quién tiene derecho a narrar la historia y desde dónde se construye la memoria.
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