
Hubo tiempos en los que hubo que defender a muerte la pastasciutta y dar la espalda a fascistas y esnobs.
Por Jorge G. Andreadis para NLI
La pasta se nos hizo carne. Cuando hasta el cuadril y la paleta se vuelven sueños de paladar, la modesta pero rendidora pasta seca se yergue en salvavidas de bolsillo y mesa. El fideo fino, grueso o mediano se ha convertido en la cinta que une economías domésticas desfallecientes en progresión geométrica.
Para los que creen ver en la Argentina libertariana, además de miseria planificada e inclemente corrupción ornamental, un fascismo recargado o un neofascismo que reduce al Duce a inocente doncella histórica, podría llegar a ser un consuelo saber que alguna vez la pastasciutta[i] que hoy impone la carestía fue símbolo de antifascismo.
Consuelo ínfimo o dato de color, lo cierto es que un tanito castigador, excéntrico de vanguardia pero facho perdido, Filippo Tommaso Marinetti, entre copa y bocado eructó una idea «para renovar por completo la forma de comer italiana y adaptarla cuanto antes a la creación de nuevas y heroicas fortalezas para la raza». Y en 1930 publicó, en colaboración con Luigi Colombo, El manifiesto de la Cocina Futurista.

«La cocina futurista se liberará de la antigua obsesión por el volumen y el peso, y tendrá como uno de sus principios la abolición de la pasta». Iba directamente « ¡Contra la pasta!», que consideraba «una absurda religión gastronómica italiana».
Marinetti y Colombo, hay que decirlo, tuvieron visión de futuro –y, sí, eran “futuristas”-: la moda gourmet, la cocina molecular, científica y otras yerbas hicieron la pata ancha a partir de las últimas décadas del siglo XX. Ellos, además, defendían la inclusión de un «conjunto de instrumentos científicos en la cocina» y una «reducción constante del peso y del volumen de los alimentos».
También decían que «Dado que todo en la civilización moderna tiende a la reducción de peso y al aumento de la velocidad, la cocina del futuro debe ajustarse a los fines de la evolución», y la «abolición de las mezclas tradicionales en favor de la experimentación con nuevas mezclas, aparentemente absurdas».

Los italianos, que no comen vidrio pero sí pastas, no les dieron ni la hora, tampoco en esto a Benito Mussolini: siguieron con sus fideos y salsas y a Filippo Tommaso Marinetti lo ubicaron en el podio de los delirantes junto a Colombo. Algo parecido a lo que hacemos hoy, aunque para nosotros da la impresión de que pesa más la necesidad que las convicciones y el gusto. La pastasciutta del domingo copó también martes, jueves y sábados.
Mientras Manolo acapara bifes de lomo y chorizo, entraña, asado y vacío, todo para su remozado quincho –dijo un comentarista inclemente que el ex vocero simplemente tenía «consumos postergados»-, en el súper o en el chino aparecen marcas ignotas de pasta seca que hubieran soliviantado a Filippo, le ponen alarma a los De Cecco y guardan en el tesoro refrigerado hasta la carnaza.
Pero bueno, muy en el fondo, quizá contra los deseos del paladar, fagocitarse unos fideos tiene algo de antifascismo. Y mucho de hartazgo, aburrimiento y desnutrición en el horizonte.
[i] La pastasciutta antifascista: celebra la caída de Benito Mussolini el 25 de julio de 1943; Il Duce había intentado prohibir la pasta para promover el arroz.
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